El Corte Inglés de Méndez Álvaro cierra con 25.300 m² de más
El Corte Inglés de Méndez Álvaro afronta el derribo y la cifra que lo explica no tiene nada que ver con el comercio electrónico:
25.300 metros cuadrados de edificabilidad lucrativa comercial construidos por encima de lo permitido, según las informaciones que se citan. La segunda cifra es menos técnica y bastante más incómoda:
veinte años en pie de un edificio que, si la denuncia era correcta, nunca debería haberse levantado así.
Las estampas que acompañan al cierre —pasillos vacíos, aparcamientos con cuatro coches, empleados cumpliendo el turno con la mirada puesta en la puerta— se han leído como el retrato de una época que se apaga. Debajo del aroma nostálgico hay un expediente urbanístico, un pleito de más de una década y una operación inmobiliaria que nadie ha anunciado en voz alta.
Qué pasó con la licencia del centro de Méndez Álvaro
En 2012 arrancaba una batalla legal por una supuesta irregularidad en la construcción de tres centros:
Serrano 47, Campo de las Naciones y Méndez Álvaro. El vicio consistía, en concreto, en haber sumado superficie comercial lucrativa por encima de lo autorizado. Todo ello en un inmueble que durante dos décadas funcionó sin que nadie lo tocara.
El asunto llegó hasta el Tribunal Supremo empujado por un particular que se dejó el dinero en el camino, según el relato que circula. Un ciudadano con recursos y tozudez para pleitear contra una de las mayores compañías del país. Que un solo demandante haya podido desencadenar el final de un centro comercial dice poco del sistema y bastante de la parálisis administrativa.
No hay unanimidad. Hay quien sostiene que el edificio es
«100% legal» y que lo irregular fueron unas ampliaciones en las dos últimas plantas, hechas a costa de reducir aparcamiento. La distancia jurídica entre un inmueble ilegal de arriba abajo y unas plantas mal rematadas es enorme, y de ella depende quién queda retratado.
¿Por qué cae Méndez Álvaro y no Serrano o Campo de las Naciones?
El expediente afectaba a tres emplazamientos. Solo uno se derriba. La explicación que más se repite no es urbanística, es aritmética: en los otros dos suelos no habría una operación comparable a la que permite un solar liberado en el sur de Madrid.
La palabra que se repite es
pelotazo. Según esta lectura, aquí no se cerraría una tienda, se cerraría una compraventa: el terreno, recalificado, valdría más que décadas de ventas de sábanas y mantelerías. Se apunta a que el plan previsto incluye torre de oficinas, zonas verdes y equipamientos públicos, aunque eso es lo que figura sobre el papel, no lo que está firmado.
La tesis contraria es más prosaica: el centro llevaba años sin ser rentable y el pleito solo aceleró un desenlace que ya estaba escrito en la cuenta de resultados. Una demolición por sentencia y otra por balance acaban en el mismo montón de escombros.
La doble vara del urbanismo frente al particular
Aquí es donde la conversación se calienta de verdad. Quien quiere abrir una terraza en Madrid pelea centímetro a centímetro contra la ordenanza, con inspección y multa si se pasa. Quien construye de más al lado recibe al consistorio personado en el juzgado defendiendo la licencia que no cumplía la norma. El ejemplo que se cita es concreto: el Ayuntamiento de Madrid multó a
65 terrazas de bares de Chamberí por incumplir la nueva ordenanza.
El argumento de
«damos empleo» funciona como escudo cuando interesa y se desvanece cuando el negocio cambia de signo. Es la misma lógica que convierte en excepción al gran operador y en sospechoso al pequeño. Explica también por qué el enfado no apunta tanto a una empresa como a la regla que se aplica según el tamaño de quien la incumple.
Amazon, Mercadona y el relevo del consumo
Hay un segundo entierro solapado al urbanístico: el del modelo comercial. El gran almacén competía en precio con las cadenas de alimentación y en logística con las plataformas digitales, y perdía en las dos. Un usuario sostiene que sus supermercados propios eran el doble de caros que Mercadona y de calidad idéntica, en su opinión.
Sus defensores no apelan al precio, apelan a la bandera: que la empresa es, por lo menos, de aquí. El dinero acaba yéndose igualmente a plataformas digitales extranjeras, pero el componente sentimental aguanta. Es una defensa emocional y, precisamente por eso, no sirve para cuadrar balances.
Lo que se apaga con las rebajas
Por debajo del análisis queda una capa que no se mide en metros cuadrados. Cerrar Méndez Álvaro es cerrar el sitio donde una generación compró el uniforme del colegio, probó su primera consola o acompañó a una abuela de paseo hasta el escaparate. Hay quien describe este cierre como el ensayo general de otro: el día en que esa misma generación descubra cómo queda su pensión después de tantos años cotizando.
Serrano y Campo de las Naciones siguen abiertos. Hipercor ya no está. Y el solar del sur espera su próxima vida con la persiana echada.
Si el suelo acaba recalificado y vendido, el cierre habrá sido una operación inmobiliaria disfrazada de derrota comercial. Si no se vende, habremos tirado un centro comercial para dejar un descampado. En los dos escenarios pierde el mismo: el que compraba allí cada viernes. Cuál de los dos se cumple depende de un papel que todavía no se ha hecho público.