El BCE decide tipos con el crudo cerca de 100 dólares y el euro en juego
La reunión de política monetaria del BCE de septiembre llega con la facilidad de depósito en el
3,75%, la marginal de crédito en el
4,50% y el tipo principal de financiación en el
4,25%. Sobre la mesa, la decisión que algunos califican sin sonrojo como la más importante del siglo: subir un cuarto de punto, doblar la apuesta con medio punto o congelar y pasar la pelota a octubre. La votación no es un trámite. Es, según cómo se mire, el momento en que Europa decide si aprieta la soga o levanta el pie.
El planteamiento que sobrevuela el análisis no es inflación contra crecimiento, sino algo bastante más incómodo: combatir la estanflación o darle rienda suelta. Quien espera una subida de 0,25 puntos sostiene que el BCE busca una medida de alto impacto simbólico y que los rumores de congelación sirven justo para amplificar ese efecto cuando llegue. Quien apuesta por no tocar nada recuerda que la cita de octubre está a la vuelta de la esquina y que ahí se corrige sin desgaste. Ninguna de las dos lecturas se sostiene sola.
¿Se suben los tipos 0,25 puntos o se congelan hasta octubre?
La lectura dominante apunta a una subida de un cuarto de punto. Se argumenta que el BCE lleva semanas dejando la puerta abierta y que mover ahora cuesta menos que explicar después por qué no se hizo nada. Frente a eso, una corriente ve la congelación como la salida probable, y no por prudencia: una
patada adelante hasta octubre, con la siguiente reunión muy cercana en el calendario, permitiría rehacer la jugada con más información sobre la mesa.
Y luego está el escenario incómodo. Un tramo del análisis no descarta un movimiento de medio punto, un escenario que obligaría a
agarrarse fuerte. Si ocurriera, los depósitos seguirían sin remunerarse en la mayoría de las entidades y el golpe recaería otra vez sobre hipotecados y ahorradores, con la inflación comiéndose el poder de compra por detrás. Subir medio punto puede leerse como valentía o como atropello, y no hay forma de salir del empate.
El petróleo que rompe el manual del banco central
Lo que ha cambiado el tablero no es el cuadro macro, sino el crudo. Se apunta a que los inventarios del trimestre serán muy bajos y a que algunos ya barajan el barril en
100 dólares. En ese contexto, congelar deja de ser una decisión neutra: hay quien sostiene que mantener hace más daño que subir, porque una pérdida de soporte del euro con el petróleo disparado se convierte en un problema de precios importados que acaba pagando el consumidor.
El argumento tiene miga. Con el nivel actual del crudo, una caída del euro tendría un efecto directo sobre la factura energética, y el daño podría acumularse en cuestión de semanas. Mover un cuarto de punto no arregla la inflación por sí solo, pero envía la señal de que el banco central no está dispuesto a mirar hacia otro lado mientras el combustible marca el paso. La duda es si esa señal llega a tiempo o llega tarde.
Depósitos al 0% y una estanflación de libro
El punto donde coinciden casi todas las lecturas es el de los depósitos. Suba medio punto o no mueva ficha, el pasivo sigue remunerado a cero en la mayoría de los bancos. Se penaliza al que tiene
hipoteca y al que ahorra, mientras la inflación hace el resto. La etiqueta que se repite es la de
estanflación de libro: el que tiene dinero en el banco también se empobrece, porque sus ahorros valen menos cada mes que pasa.
El otro flanco es el de los tipos reales. Hay quien calcula que el nivel actual debería incorporar un diferencial de riesgo en torno al 0,75%, lo que llevaría la referencia algo por encima del
5,25%. Si el mercado no lo refleja, se sostiene, es porque hay bancos con liquidez de sobra, depósitos sin remunerar y un euríbor intervenido para frenar la morosidad. Pura coreografía, vienen a decir.
La deuda española al 4,5% y la sombra de 2008
Donde el análisis se pone serio es en la deuda. España contrajo buena parte de su pasivo cuando los tipos estaban a cero y ahora toca refinanciarlo a tipos que rondan el
4,5%. Hay quien pronostica que el ejercicio se cierre con la referencia en el 5%. Con la deuda pública en el
115% del PIB, el margen para aplicar políticas de reactivación cuando llegue la recesión es prácticamente nulo: el Estado que tendría que gastar es justo el que está endeudado
hasta las cejas.
La comparación con 2008 no tarda en aparecer. Se describe un goteo de desahucios muy por encima de lo habitual, con los hipotecarios duros todavía por llegar. La réplica es histórica: en las décadas de los 70 y 80 hubo hipotecas al
15% y se pagaron, pero porque los salarios subían a doble dígito cada año y la vivienda costaba pocos años de sueldo. Hoy, con subidas salariales mínimas, el mismo tipo no se sostiene.
¿Quién provoca la inflación, el BCE o los gobiernos?
La respuesta corta es que hay desacuerdo. Una parte del análisis sostiene que la inflación tiene dos componentes, uno privado y otro público, y que el banco central solo puede atacar el primero subiendo tipos o dejando de comprar bonos. Los déficits de los Estados, las restricciones a la producción agraria o los impuestos medioambientales quedarían fuera de su alcance. La otra parte responde que culpar al Gobierno de turno es cómodo y que las decisiones del BCE también tienen coste social.
Ahí es donde el análisis se atasca. Con la reunión de octubre a la vuelta de la esquina y el crudo marcando cada titular, la única certeza compartida es que los depósitos seguirán a cero y que alguien acabará pagando la factura. Quién, y cuánto, es la parte del guion que nadie firma.