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Hoy se cumplen 2012 años de la gloria de Augusto, el primer emperador de Roma, fallecido el 19 de agosto del año 14 d. C.
Gobernó entre el 27 a. C. y el 14 d. C., y su figura marcó un antes y un después en la historia del mundo romano. Su vida fue la de un hombre aparentemente débil y enfermizo que, gracias a una estrategia política magistral, logró lo que Julio César no consiguió: instaurar un régimen estable sin destruir las estructuras republicanas.
Augusto era un hombre de creencias profundas. Se identificaba con Capricornio y lo usaba como símbolo protector, incluso en monedas. Físicamente era bajo, delgado, rubio y friolero; en invierno se abrigaba con varias capas de ropa, incluyendo una pechera de lana. A pesar de su apariencia descuidada en privado, siempre se hizo representar en público como el líder fuerte que Roma necesitaba.
Fue paciente, meticuloso y trabajador. Pasaba largas horas en su biblioteca y supo rodearse de personas más capaces que él en ciertas áreas: Agripa en lo militar, Mecenas en lo cultural. Su poder creció sin rupturas, gracias a que todos sus honores le fueron propuestos por el Senado, no tomados por la fuerza.
En su última etapa, debilitado por la enfermedad, viajó a Capri para recuperarse. Desde allí volvió a Nola, a la casa de su familia, donde moriría en la misma habitación que su padre. Antes de morir, preguntó a sus amigos si había interpretado bien su papel en la vida, y citó en griego:
“Como he interpretado bien mi papel, mientras bajo del escenario, aplaudid.”
De esta escena ha quedado una versión más breve que ha pasado a la posteridad: Acta est fabula, plaudite!
Las últimas palabras que dirigió a su esposa Livia fueron: “Livia, nostri coniugii memor vive, ac vale” –“Livia, vive recordando nuestro matrimonio, y adiós”.
Algunos rumores posteriores, como el supuesto envenenamiento por parte de Livia, han sido descartados por la historiografía actual.
Su gloria fue minuciosamente registrada: ocurrió el mismo día que accedió a su primer consulado, a la hora nona. Su cuerpo fue trasladado de noche desde Nola a Roma, haciendo parada en distintas ciudades. La última fue Alba Longa, y desde allí se dirigió al Palatino.
Tras una fastuosa procesión presidida por la Victoria, fue incinerado y sus cenizas depositadas en el mausoleo que había mandado construir décadas antes en el Campo de Marte. Allí se grabaron también en bronce las Res Gestae Divi Augusti, el texto que él mismo escribió para contar su vida y sus logros.
Tras su gloria, fue divinizado como Divus Augustus y se construyeron templos en su honor. Legó al pueblo 40 millones de sestercios de su fortuna personal, y aunque sus memorias políticas se conservaron, su testamento personal y su evaluación del estado del Imperio se perdieron con el tiempo.
Hoy, como entonces, el 19 de agosto se recuerda como un dies tristissimus, un “día tristísimo”. Augusto fue un político visionario, un propagandista experto, y también un gobernante implacable. Su legado sigue presente en la historia de Roma… y en la del mundo.
Hoy se cumplen 2012 años de la gloria de Augusto, el primer emperador de Roma, fallecido el 19 de agosto del año 14 d. C.
Gobernó entre el 27 a. C. y el 14 d. C., y su figura marcó un antes y un después en la historia del mundo romano. Su vida fue la de un hombre aparentemente débil y enfermizo que, gracias a una estrategia política magistral, logró lo que Julio César no consiguió: instaurar un régimen estable sin destruir las estructuras republicanas.
Augusto era un hombre de creencias profundas. Se identificaba con Capricornio y lo usaba como símbolo protector, incluso en monedas. Físicamente era bajo, delgado, rubio y friolero; en invierno se abrigaba con varias capas de ropa, incluyendo una pechera de lana. A pesar de su apariencia descuidada en privado, siempre se hizo representar en público como el líder fuerte que Roma necesitaba.
Fue paciente, meticuloso y trabajador. Pasaba largas horas en su biblioteca y supo rodearse de personas más capaces que él en ciertas áreas: Agripa en lo militar, Mecenas en lo cultural. Su poder creció sin rupturas, gracias a que todos sus honores le fueron propuestos por el Senado, no tomados por la fuerza.
En su última etapa, debilitado por la enfermedad, viajó a Capri para recuperarse. Desde allí volvió a Nola, a la casa de su familia, donde moriría en la misma habitación que su padre. Antes de morir, preguntó a sus amigos si había interpretado bien su papel en la vida, y citó en griego:
“Como he interpretado bien mi papel, mientras bajo del escenario, aplaudid.”
De esta escena ha quedado una versión más breve que ha pasado a la posteridad: Acta est fabula, plaudite!
Las últimas palabras que dirigió a su esposa Livia fueron: “Livia, nostri coniugii memor vive, ac vale” –“Livia, vive recordando nuestro matrimonio, y adiós”.
Algunos rumores posteriores, como el supuesto envenenamiento por parte de Livia, han sido descartados por la historiografía actual.
Su gloria fue minuciosamente registrada: ocurrió el mismo día que accedió a su primer consulado, a la hora nona. Su cuerpo fue trasladado de noche desde Nola a Roma, haciendo parada en distintas ciudades. La última fue Alba Longa, y desde allí se dirigió al Palatino.
Tras una fastuosa procesión presidida por la Victoria, fue incinerado y sus cenizas depositadas en el mausoleo que había mandado construir décadas antes en el Campo de Marte. Allí se grabaron también en bronce las Res Gestae Divi Augusti, el texto que él mismo escribió para contar su vida y sus logros.
Tras su gloria, fue divinizado como Divus Augustus y se construyeron templos en su honor. Legó al pueblo 40 millones de sestercios de su fortuna personal, y aunque sus memorias políticas se conservaron, su testamento personal y su evaluación del estado del Imperio se perdieron con el tiempo.
Hoy, como entonces, el 19 de agosto se recuerda como un dies tristissimus, un “día tristísimo”. Augusto fue un político visionario, un propagandista experto, y también un gobernante implacable. Su legado sigue presente en la historia de Roma… y en la del mundo.
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