Un tuit contra el voto de los hombres blancos cisheteros reabre el delito de odio
Negar el sufragio por sexo, raza o renta fue durante décadas la firma de los regímenes que se decían demócratas y no lo eran. Ahora esa misma idea circula como guiño en boca de una militante feminista: «Lo de prohibirles el voto a los hombres blancos cisheteros igual lo empiezo a ver, eh?», escribió Irantzu Varela en su cuenta de una red social, según el mensaje reproducido que da pie a esta discusión. Tiene toda la pinta de ser una provocación. Alrededor de una provocación, sin embargo, se ha montado un pleito bastante serio: qué se persigue como
delito de odio y qué se deja pasar como ironía.
Sobre la autora, el intercambio recuerda su perfil público:
periodista y militante feminista, coordinadora y una de las fundadoras de Faktoria Lila, y creadora de un microespacio feminista emitido primero en La Tuerka y después en Público TV. Conviene decirlo pronto: un tuit no cambia la ley electoral y aquí nadie ha presentado una reforma real. Lo que se discute es el marco. Por qué una frase así no abre diligencias y otra parecida, con otros protagonistas, las abre en cuestión de horas.
¿Es delito de odio proponer que no voten los hombres blancos cisheteros?
La respuesta que domina el intercambio es que, tal cual está redactada, debería serlo. El razonamiento se apoya en una sustitución: si en la misma frase se cambia «hombre blanco cishetero» por la etiqueta de cualquier otro colectivo, sostienen, la Fiscalía ya habría movido ficha. La formulación más dura de esa tesis asegura que bastaría con que hubiera un fiscal o un juez dispuesto a aplicar el Código Penal sin mirar el carné del autor. Enfrente hay un argumento distinto y bastante más incómodo: la investigación policial no iría contra la frase, sino contra quienes están atacando a la autora por haberla publicado. Dos maneras de leer el mismo expediente, y ninguna de las dos se puede dar por cerrada con el material disponible.
El doble estándar: la queja que recorre todo el debate
El eje real no es el tuit. Es la sospecha de que la ley se aplica a distinta velocidad según quién firme el mensaje. Se sostiene que hay una democracia de dos velocidades, con manga ancha para unos y mano dura para otros, y el reproche se dirige también al instituto armado y a los funcionarios encargados de perseguir el discurso de odio. La cosa llega al extremo de proponer usar el propio mecanismo de denuncia por incitación al odio contra el mensaje, con instrucciones incluidas para rellenar el formulario de la red social. Enfrente está la corriente que pide no entrar al trapo: dejar a la autora en el
ostracismo antes que amplificar su frase. Cualquiera de las dos estrategias acaba dando de comer al mismo monstruo.
De la democracia censitaria al término «cishetero»
Un tramo del intercambio se va al origen histórico del voto restringido: en la democracia antigua y en el sufragio censitario votaban los varones libres y propietarios, con las mujeres y los esclavos fuera del recinto. El dato se usa aquí, curiosamente, para atacar la extensión del sufragio y no para defenderla. Otro bloque se detiene en el vocabulario. Hay quien señala que lo normal heterosexual se ha rebautizado como «cishetero» y que renombrar la mayoría con un término más extraño tiene un efecto lateral: convierte lo común en una etiqueta sospechosa, casi en un hallazgo botánico. El lenguaje, otra vez, como campo de batalla.
Dos países, un experimento y la respuesta identitaria
Para zanjar discusiones, alguien propone un experimento: un país donde solo voten los hombres blancos cisheteros, otro donde vote el resto de la gente, y comparar resultados dentro de unos años. Es una provocación simétrica y funciona como tal. Buena parte de las respuestas van por ahí, con bromas sobre autodefinirse con otra identidad para sortear el criterio, o directamente con la idea de que el voto, tal y como está, sirve para más bien poco. El debate se enfría en la burla y en la burla sigue instalado.
¿Y si el criterio real para abrir diligencias no fuera la gravedad de la frase, sino quién la firma y a qué lado del pasillo se sienta? Nadie en el intercambio ha conseguido responderlo.