Montero propone bajar la vivienda construyendo menos
¿Cómo se abarata algo construyendo menos de ese algo? La pregunta se la hizo media España cuando Irene Montero anunció un comité de expertos para atajar el precio de la vivienda y, según un mensaje que circuló con sorna, dejó caer que el problema es que se construye demasiado. La tesis, resumida en ese mensaje, es tan contraintuitiva que hasta sus defensores dudan de que la eurodiputada sepa explicarla. Porque el diagnóstico tiene un fondo real —el suelo no es infinito y la vivienda se ha convertido en un activo especulativo— pero el titular que se ha instalado es otro: menos ladrillo, precios más bajos.
Qué plantea el comité de expertos sobre la vivienda
El punto de partida es una paradoja que el mercado lleva años sin resolver. Hay quien sostiene que cada nuevo desarrollo inmobiliario eleva antes el precio del suelo que el de la vivienda final: cesiones obligatorias, reservas de vivienda pública, equipamientos, costes de materiales y mano de obra disparados. Bajo esa lógica, construir más no abarata nada, solo engorda el coste de partida.
El argumento tiene partidarios incluso entre quienes rechazan de plano la propuesta.
El problema es que ese razonamiento, llevado al extremo de «no construir», choca con un dato incómodo: existe un déficit declarado de
600.000 viviendas y creciendo, una cifra que no sale de ningún think tank sospechoso sino del propio Banco de España. Si la demanda sigue subiendo y la oferta se frena, el resultado previsible no es un abaratamiento, sino todo lo contrario. La conclusión más repetida es que el diagnóstico acierta en el síntoma y falla en la medicina.
Por qué el precio sube aunque se construya más
La explicación que más terreno gana es la del uso del suelo. Si el promotor construye para que sea el mercado quien decida si ese inmueble acaba en
alquiler residencial, turístico o vacacional, el precio no baja: se recoloca. La vivienda deja de ser un lugar donde vivir y pasa a ser un activo financiero más, y ahí el comprador con más músculo siempre gana la puja.
De ahí sale la propuesta que más consenso genera entre los críticos:
sacar la primera vivienda del circuito especulativo. Vivienda pública de alquiler a precio tasado, en volumen suficiente para que los tenedores de inmuebles pierdan el incentivo de acaparar, y límites al número de propiedades por persona física o jurídica. El argumento es que, si los especuladores sueltan lastre, el precio cae solo y entonces se ve cuánto hace falta construir de verdad y dónde. Antes de levantar bloques y bloques de hormigón, dicen, conviene saber qué valor tienen.
El factor que casi nadie discute: quién demanda
La comparación geográfica es la que mejor resiste el escrutinio. Madrid y Barcelona tienen precios muy superiores a los de Soria, Zamora o Ciudad Real, y la diferencia se explica por demanda real de gente que quiere vivir allí, no solo por especulación. Donde no hay demanda de vida, no hay burbuja que aguante: por mucho que se invierta, el precio no sube.
Eso lleva el foco a los flujos de población.
Un país que recibe cientos de miles de personas al año y decenas de millones de turistas tiene difícil que la vivienda se abarate, sostienen algunos. Otros añaden el peso del comprador extranjero y de las políticas que han facilitado la compra de inmuebles por capital foráneo. La discusión se encona cuando se cruza con inmigración, y ahí conviene separar el fenómeno económico de la soflama: la presión demográfica sobre el suelo urbano es un hecho medible; las conclusiones políticas que cada cual extrae, no.
La escasez como resultado del sistema, no del mercado
En el trasfondo del asunto aparece una referencia clásica: la economía de escasez que describió el economista János Kornai al analizar los sistemas comunistas de Europa del Este. Su tesis era que la escasez no era un fallo accidental, sino producto de las imperfecciones del propio sistema. Trasladado al ladrillo, el paralelismo que se maneja es que intervenir la oferta sin tocar la demanda puede fabricar precisamente lo que se pretende combatir.
La otra cara de la moneda la pone la memoria histórica del urbanismo español. En la posguerra se levantaron barrios enteros de viviendas baratas, de 60 metros, sin lujos pero dignas, en el extrarradio de las ciudades. Allí empezó su proyecto familiar media España. Hoy no se hace nada parecido, y no por falta de suelo alrededor de las ciudades, sino por falta de licencia política.
Con estos mimbres, la propuesta de Montero tiene un problema de comunicación que ella misma alimenta: si el diagnóstico es que el mercado trata la casa como activo, la solución no puede ser frenar la oferta. Y si el problema es que se construye mucho, que alguien explique por qué el déficit sigue creciendo.