Israel sigue en Eurovisión y España se retira del festival
La paradoja es de manual: un festival de canciones decide quién canta en Europa y termina midiendo la política exterior de media Unión. La Asamblea General de la Unión Europea de Radiodifusión (UER) aprobó mantener a Israel en Eurovisión 2026 y, en respuesta, RTVE anunció su retirada del certamen. Le siguieron Países Bajos, Eslovenia e Irlanda. El ministro israelí de Exteriores, Gideon Saar, celebró la votación y dedicó un mensaje en X a los países que se bajan: «Que la desgracia recaiga sobre ellos».
El detonante no fue una canción. Fue una votación: las reformas de la UER salieron adelante con
738 votos a favor, 264 en contra y 120 abstenciones. Las medidas reducen los televotos, reinstauran jurados de expertos en semifinales y refuerzan la seguridad técnica contra el fraude. Sobre el papel, un ajuste de reglamento. En la práctica, el aval que Israel necesitaba para seguir en el cartel.
Qué cambió en la UER y por qué España se va
El Consejo de Administración de RTVE ya había acordado en septiembre que España se retiraría si Israel participaba. La decisión de la UER activó el resorte. La corporación pública no emitirá ni la final del 16 de mayo ni las semifinales del 12 y el 14. Tampoco lo harán las televisiones públicas de los países que se retiran, lo que anticipa un agujero de audiencia difícil de disimular.
La vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz, celebró la salida junto a otros cuatro ministros de Sumar: «Orgullosa de que RTVE anteponga los derechos humanos», escribió, apelando a no blanquear lo que calificó como genocidio en Gaza. La eurodiputada Irene Montero fue más lejos y pidió al Ejecutivo que sea «igual de valiente»: romper relaciones con Israel y presionar «hasta parar el genocidio».
En el flanco contrario, la televisión pública austríaca ORF —anfitriona del festival en Viena— defendió la permanencia israelí. Su director general, Roland Weissmann, dijo haber abogado personalmente por la participación de la radiotelevisión israelí KAN y subrayó que «era importante fomentar el diálogo cultural». El presidente israelí, Isaac Herzog, lo celebró con una frase de manual: «Israel merece estar representado en todos los escenarios del mundo».
La maldición como argumento económico
El mensaje de Saar encendió la conversación. Hay quien lee en el episodio una advertencia diplomática de fondo y quien lo despacha como teatro. Una corriente sostiene que el castigo real no vendrá por vía cultural sino comercial, y que el país tiene capacidad de sobra para mover hilos en la sombra. Otra lo reduce a postureo: si Israel quisiera perjudicar a España, argumentan, ya lo habría hecho.
El cálculo que más circula no es geopolítico, es de caja. Eurovisión cuesta a RTVE millones cada año entre cuota, producción y despliegue. Retirarse del festival es, para una parte del análisis, la única forma de que un boicot político salga gratis: se ahorra el canon y se cobra el rédito moral. La paradoja es que el mismo certamen que muchos llevaban años tildando de inmoral y decadente pasa a defenderse con ardor cuando lo que está en juego es no perderlo.
Alemania añadió presión desde el otro lado. La ARD respaldó expresamente la decisión de la UER y los cambios aprobados. Su ministro de Cultura, Wolfram Weimer, advirtió que Alemania tampoco habría participado si Israel quedaba fuera. Bélgica sigue sin decidir y Bélgica promete pronunciarse en los próximos días. Islandia, otro de los países críticos, aún no ha movido ficha.
Quién gana y quién pierde con el boicot
El pulso deja tres ganadores incómodos. Israel, que mantiene su plaza y convierte la votación en un aval internacional. La UER, que aprueba su reforma con mayoría holgada y sale reforzada en su papel de árbitro. Y las televisiones que se quedan, que se reparten la audiencia de los que se van.
Los perdedores son más difíciles de cuantificar. Los países que se retiran renuncian a cuota de pantalla y a un escaparate barato. España pierde presencia en un formato que emite a decenas de millones de espectadores y gana un titular de política exterior que sus socios de coalición ya estaban reclamando. El coste de oportunidad, en términos de marca país, no aparece en ningún presupuesto.
Queda la pregunta que nadie responde con números: si el boicot cultural sirve para algo o solo para que cada gobierno cobre su relato. Porque la UER ya ha votado, Israel ya ha celebrado y España ya se ha ido. Lo único que falta por saber es cuánta audiencia se llevará el festival sin los que se bajaron del autobús.