Jesús Maestro sobre Rusia

Cúpulas doradas de una iglesia ortodoxa rusa bajo un cielo gris, símbolo del cesaropapismo y el misticismo bizantino
RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

Jesús Maestro y la estepa: por qué el alma rusa no es la alternativa ¿De verdad hace falta elegir entre la farsa anglogermánica y el misticismo eslavo? Esa es la trampa que se tiende cuando uno impugna el relato occidental y, en vez de quedarse con la razón crítica, busca un altar exótico donde arrodillarse.

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Happy Mask Salesman

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Partir de la premisa de que por impugnar la farsa anglogermánica uno tiene que arrojarse en brazos de la estepa eslava es un síntoma de pensamiento binario, propio de quien necesita sustituir un ídolo caído por otro altar exótico. En el análisis materialista de la historia no hay bandos salvíficos ni simpatías gratuitas: lo que hay son formaciones políticas concretas, instituciones imperiales y mitologías que deben ser trituradas sin contemplaciones.
Rusia no es ningún remanso de racionalidad frente a la bancarrota sarracena de Occidente. Lo que allí encuentra el observador riguroso es un imperio continental edificado sobre una anomalía histórica: la fusión del absolutismo autocrático con la teología mística bizantina. El cristianismo ortodoxo no conoció la formidable revolución escolástica que en el ámbito católico occidental —con Santo Tomás, la Escuela de Salamanca o el redescubrimiento de Aristóteles— construyó los andamios del derecho civil, la fruta dialéctica y el pensamiento científico secular. Mientras la Roma hispánica y mediterránea formalizaba tratados jurídicos, fundaba universidades y cartografiaba el planeta con una precisión empírica aplastante, la ortodoxia oriental se quedó fosilizada en el hesicasmo, la contemplación estática de los iconos y la búsqueda de la «luz increada» mirando fijamente hacia el propio ombligo. Es una teología apofática, oscura, que renuncia al razonamiento demostrativo para instalarse en una experiencia nebulosa de sumisión.
A eso se suma el vicio de origen de su estructura política: el cesaropapismo. En el mundo ortodoxo jamás existió una verdadera dialéctica de contrapeso entre el poder terrenal y la esfera civil o religiosa. La Iglesia rusa fue, desde Iván el Terrible hasta los Romanov, y lo sigue siendo hoy con el patriarcado moscovita, un simple departamento administrativo del poder central, una capellanía castrense encargada de santificar los decretos del autócrata de turno a cambio de privilegios corporativos. Al pueblo se le administró durante siglos la resignación fatalista como virtud suprema: arrodillarse, aguantar la bofetada del señor feudal, beber vodka para no congelarse y consolarse pensando que el sufrimiento terrenal garantiza la bienaventuranza en el más allá.
Y cuando esa cosmovisión se traslada a la literatura, el resultado es fascinante como síntoma, pero peligroso si se toma como guía vital. Coja usted a Fiódor Dostoievski. Como artífice literario tiene una potencia fuera de duda: sus novelas no presentan personajes planos, sino auténticas ideas personificadas que se despedazan en el fango de San Petersburgo. Ahora bien, examine la solución ideológica que propone el autor de Los malos o Crimen y castigo: es de un reaccionarismo asfixiante. Tras mostrar la podredumbre del ser humano, Dostoievski no propone la ley, el fortalecimiento de las instituciones o el pogre técnico; propone arrojarse a los pies del siervo analfabeto, abrazar a Cristo con lágrimas en los ojos y someterse a la fe de la Santa Progenitora Rusia contra la perversión del racionalismo europeo. Es el eslavofilismo llevado al paroxismo: el mito del «alma rusa», esa famosa dushá que no es más que un artefacto literario para justificar la inercia, la melancolía y el atraso cívico.
¿Y León Tolstói? Un aristócrata con mala conciencia que terminó disfrazándose de mujik, renegando del arte civilizado y fundando una secta de pacifismo vegetariano y sarracena evangélico que no resiste el menor choque contra la realidad de un Estado. Un imperio no se defiende con sermones dominicales ni poniendo la otra mejilla frente a las bayonetas enemigas.
Rusia ha sido siempre un coloso geopolítico desgarrado por una contradicción irresoluble: o imita a Europa para no ser conquistada, como intentó Pedro el Grande a golpes de hacha, o se repliega en su mesianismo asiático convenciéndose de que es la «Tercera Roma» destinada a redimir a una humanidad corrompida. El experimento soviético fue el único momento en que rompieron con el misticismo clerical para levantar una maquinaria titánica basada en la técnica, la industria pesada y la ciencia material, pero en cuanto el armazón institucional colapsó bajo el peso de su propia burocracia, los mismos burócratas volvieron corriendo a los templos dorados a encender velas y a besar la mano del patriarca.
De modo que no se haga ilusiones piadosas. Si el modelo anglosajón reduce la existencia al saqueo mercantil de la contabilidad privada y el mundo germánico camufla su pulsión telúrica bajo una técnica formidable, el universo ruso le exige que entregue la libertad de juicio a cambio de un trance místico y de una bota militar sobre la nuca. La única tradición que enseña a un hombre a mantenerse en pie, con la cabeza despejada y la espada ceñida sin necesidad de dioses protectores ni de patrias celestiales, es la razón crítica clásica. Todo lo demás son variantes de la misma servid
umbre.
 
Más sobre: Religión · Rusia
Partir de la premisa de que por impugnar la farsa anglogermánica uno tiene que arrojarse en brazos de la estepa eslava es un síntoma de pensamiento binario, propio de quien necesita sustituir un ídolo caído por otro altar exótico. En el análisis materialista de la historia no hay bandos salvíficos ni simpatías gratuitas: lo que hay son formaciones políticas concretas, instituciones imperiales y mitologías que deben ser trituradas sin contemplaciones.
Rusia no es ningún remanso de racionalidad frente a la bancarrota sarracena de Occidente. Lo que allí encuentra el observador riguroso es un imperio continental edificado sobre una anomalía histórica: la fusión del absolutismo autocrático con la teología mística bizantina. El cristianismo ortodoxo no conoció la formidable revolución escolástica que en el ámbito católico occidental —con Santo Tomás, la Escuela de Salamanca o el redescubrimiento de Aristóteles— construyó los andamios del derecho civil, la fruta dialéctica y el pensamiento científico secular. Mientras la Roma hispánica y mediterránea formalizaba tratados jurídicos, fundaba universidades y cartografiaba el planeta con una precisión empírica aplastante, la ortodoxia oriental se quedó fosilizada en el hesicasmo, la contemplación estática de los iconos y la búsqueda de la «luz increada» mirando fijamente hacia el propio ombligo. Es una teología apofática, oscura, que renuncia al razonamiento demostrativo para instalarse en una experiencia nebulosa de sumisión.
A eso se suma el vicio de origen de su estructura política: el cesaropapismo. En el mundo ortodoxo jamás existió una verdadera dialéctica de contrapeso entre el poder terrenal y la esfera civil o religiosa. La Iglesia rusa fue, desde Iván el Terrible hasta los Romanov, y lo sigue siendo hoy con el patriarcado moscovita, un simple departamento administrativo del poder central, una capellanía castrense encargada de santificar los decretos del autócrata de turno a cambio de privilegios corporativos. Al pueblo se le administró durante siglos la resignación fatalista como virtud suprema: arrodillarse, aguantar la bofetada del señor feudal, beber vodka para no congelarse y consolarse pensando que el sufrimiento terrenal garantiza la bienaventuranza en el más allá.
Y cuando esa cosmovisión se traslada a la literatura, el resultado es fascinante como síntoma, pero peligroso si se toma como guía vital. Coja usted a Fiódor Dostoievski. Como artífice literario tiene una potencia fuera de duda: sus novelas no presentan personajes planos, sino auténticas ideas personificadas que se despedazan en el fango de San Petersburgo. Ahora bien, examine la solución ideológica que propone el autor de Los malos o Crimen y castigo: es de un reaccionarismo asfixiante. Tras mostrar la podredumbre del ser humano, Dostoievski no propone la ley, el fortalecimiento de las instituciones o el pogre técnico; propone arrojarse a los pies del siervo analfabeto, abrazar a Cristo con lágrimas en los ojos y someterse a la fe de la Santa Progenitora Rusia contra la perversión del racionalismo europeo. Es el eslavofilismo llevado al paroxismo: el mito del «alma rusa», esa famosa dushá que no es más que un artefacto literario para justificar la inercia, la melancolía y el atraso cívico.
¿Y León Tolstói? Un aristócrata con mala conciencia que terminó disfrazándose de mujik, renegando del arte civilizado y fundando una secta de pacifismo vegetariano y sarracena evangélico que no resiste el menor choque contra la realidad de un Estado. Un imperio no se defiende con sermones dominicales ni poniendo la otra mejilla frente a las bayonetas enemigas.
Rusia ha sido siempre un coloso geopolítico desgarrado por una contradicción irresoluble: o imita a Europa para no ser conquistada, como intentó Pedro el Grande a golpes de hacha, o se repliega en su mesianismo asiático convenciéndose de que es la «Tercera Roma» destinada a redimir a una humanidad corrompida. El experimento soviético fue el único momento en que rompieron con el misticismo clerical para levantar una maquinaria titánica basada en la técnica, la industria pesada y la ciencia material, pero en cuanto el armazón institucional colapsó bajo el peso de su propia burocracia, los mismos burócratas volvieron corriendo a los templos dorados a encender velas y a besar la mano del patriarca.
De modo que no se haga ilusiones piadosas. Si el modelo anglosajón reduce la existencia al saqueo mercantil de la contabilidad privada y el mundo germánico camufla su pulsión telúrica bajo una técnica formidable, el universo ruso le exige que entregue la libertad de juicio a cambio de un trance místico y de una bota militar sobre la nuca. La única tradición que enseña a un hombre a mantenerse en pie, con la cabeza despejada y la espada ceñida sin necesidad de dioses protectores ni de patrias celestiales, es la razón crítica clásica. Todo lo demás son variantes de la misma servid
umbre.
 
Partir de la premisa de que por impugnar la farsa anglogermánica uno tiene que arrojarse en brazos de la estepa eslava es un síntoma de pensamiento binario, propio de quien necesita sustituir un ídolo caído por otro altar exótico. En el análisis materialista de la historia no hay bandos salvíficos ni simpatías gratuitas: lo que hay son formaciones políticas concretas, instituciones imperiales y mitologías que deben ser trituradas sin contemplaciones.
Rusia no es ningún remanso de racionalidad frente a la bancarrota sarracena de Occidente. Lo que allí encuentra el observador riguroso es un imperio continental edificado sobre una anomalía histórica: la fusión del absolutismo autocrático con la teología mística bizantina. El cristianismo ortodoxo no conoció la formidable revolución escolástica que en el ámbito católico occidental —con Santo Tomás, la Escuela de Salamanca o el redescubrimiento de Aristóteles— construyó los andamios del derecho civil, la fruta dialéctica y el pensamiento científico secular. Mientras la Roma hispánica y mediterránea formalizaba tratados jurídicos, fundaba universidades y cartografiaba el planeta con una precisión empírica aplastante, la ortodoxia oriental se quedó fosilizada en el hesicasmo, la contemplación estática de los iconos y la búsqueda de la «luz increada» mirando fijamente hacia el propio ombligo. Es una teología apofática, oscura, que renuncia al razonamiento demostrativo para instalarse en una experiencia nebulosa de sumisión.
A eso se suma el vicio de origen de su estructura política: el cesaropapismo. En el mundo ortodoxo jamás existió una verdadera dialéctica de contrapeso entre el poder terrenal y la esfera civil o religiosa. La Iglesia rusa fue, desde Iván el Terrible hasta los Romanov, y lo sigue siendo hoy con el patriarcado moscovita, un simple departamento administrativo del poder central, una capellanía castrense encargada de santificar los decretos del autócrata de turno a cambio de privilegios corporativos. Al pueblo se le administró durante siglos la resignación fatalista como virtud suprema: arrodillarse, aguantar la bofetada del señor feudal, beber vodka para no congelarse y consolarse pensando que el sufrimiento terrenal garantiza la bienaventuranza en el más allá.
Y cuando esa cosmovisión se traslada a la literatura, el resultado es fascinante como síntoma, pero peligroso si se toma como guía vital. Coja usted a Fiódor Dostoievski. Como artífice literario tiene una potencia fuera de duda: sus novelas no presentan personajes planos, sino auténticas ideas personificadas que se despedazan en el fango de San Petersburgo. Ahora bien, examine la solución ideológica que propone el autor de Los malos o Crimen y castigo: es de un reaccionarismo asfixiante. Tras mostrar la podredumbre del ser humano, Dostoievski no propone la ley, el fortalecimiento de las instituciones o el pogre técnico; propone arrojarse a los pies del siervo analfabeto, abrazar a Cristo con lágrimas en los ojos y someterse a la fe de la Santa Progenitora Rusia contra la perversión del racionalismo europeo. Es el eslavofilismo llevado al paroxismo: el mito del «alma rusa», esa famosa dushá que no es más que un artefacto literario para justificar la inercia, la melancolía y el atraso cívico.
¿Y León Tolstói? Un aristócrata con mala conciencia que terminó disfrazándose de mujik, renegando del arte civilizado y fundando una secta de pacifismo vegetariano y sarracena evangélico que no resiste el menor choque contra la realidad de un Estado. Un imperio no se defiende con sermones dominicales ni poniendo la otra mejilla frente a las bayonetas enemigas.
Rusia ha sido siempre un coloso geopolítico desgarrado por una contradicción irresoluble: o imita a Europa para no ser conquistada, como intentó Pedro el Grande a golpes de hacha, o se repliega en su mesianismo asiático convenciéndose de que es la «Tercera Roma» destinada a redimir a una humanidad corrompida. El experimento soviético fue el único momento en que rompieron con el misticismo clerical para levantar una maquinaria titánica basada en la técnica, la industria pesada y la ciencia material, pero en cuanto el armazón institucional colapsó bajo el peso de su propia burocracia, los mismos burócratas volvieron corriendo a los templos dorados a encender velas y a besar la mano del patriarca.
De modo que no se haga ilusiones piadosas. Si el modelo anglosajón reduce la existencia al saqueo mercantil de la contabilidad privada y el mundo germánico camufla su pulsión telúrica bajo una técnica formidable, el universo ruso le exige que entregue la libertad de juicio a cambio de un trance místico y de una bota militar sobre la nuca. La única tradición que enseña a un hombre a mantenerse en pie, con la cabeza despejada y la espada ceñida sin necesidad de dioses protectores ni de patrias celestiales, es la razón crítica clásica. Todo lo demás son variantes de la misma servid
umbre.
Me divides esto en párrafos con sangrados y dobles espacios. Antes no pienso leerlo. No me apetece dejarme media dioptria.
 
Partir de la premisa de que por impugnar la farsa anglogermánica uno tiene que arrojarse en brazos de la estepa eslava es un síntoma de pensamiento binario, propio de quien necesita sustituir un ídolo caído por otro altar exótico. En el análisis materialista de la historia no hay bandos salvíficos ni simpatías gratuitas: lo que hay son formaciones políticas concretas, instituciones imperiales y mitologías que deben ser trituradas sin contemplaciones.
Rusia no es ningún remanso de racionalidad frente a la bancarrota sarracena de Occidente. Lo que allí encuentra el observador riguroso es un imperio continental edificado sobre una anomalía histórica: la fusión del absolutismo autocrático con la teología mística bizantina. El cristianismo ortodoxo no conoció la formidable revolución escolástica que en el ámbito católico occidental —con Santo Tomás, la Escuela de Salamanca o el redescubrimiento de Aristóteles— construyó los andamios del derecho civil, la fruta dialéctica y el pensamiento científico secular. Mientras la Roma hispánica y mediterránea formalizaba tratados jurídicos, fundaba universidades y cartografiaba el planeta con una precisión empírica aplastante, la ortodoxia oriental se quedó fosilizada en el hesicasmo, la contemplación estática de los iconos y la búsqueda de la «luz increada» mirando fijamente hacia el propio ombligo. Es una teología apofática, oscura, que renuncia al razonamiento demostrativo para instalarse en una experiencia nebulosa de sumisión.
A eso se suma el vicio de origen de su estructura política: el cesaropapismo. En el mundo ortodoxo jamás existió una verdadera dialéctica de contrapeso entre el poder terrenal y la esfera civil o religiosa. La Iglesia rusa fue, desde Iván el Terrible hasta los Romanov, y lo sigue siendo hoy con el patriarcado moscovita, un simple departamento administrativo del poder central, una capellanía castrense encargada de santificar los decretos del autócrata de turno a cambio de privilegios corporativos. Al pueblo se le administró durante siglos la resignación fatalista como virtud suprema: arrodillarse, aguantar la bofetada del señor feudal, beber vodka para no congelarse y consolarse pensando que el sufrimiento terrenal garantiza la bienaventuranza en el más allá.
Y cuando esa cosmovisión se traslada a la literatura, el resultado es fascinante como síntoma, pero peligroso si se toma como guía vital. Coja usted a Fiódor Dostoievski. Como artífice literario tiene una potencia fuera de duda: sus novelas no presentan personajes planos, sino auténticas ideas personificadas que se despedazan en el fango de San Petersburgo. Ahora bien, examine la solución ideológica que propone el autor de Los malos o Crimen y castigo: es de un reaccionarismo asfixiante. Tras mostrar la podredumbre del ser humano, Dostoievski no propone la ley, el fortalecimiento de las instituciones o el pogre técnico; propone arrojarse a los pies del siervo analfabeto, abrazar a Cristo con lágrimas en los ojos y someterse a la fe de la Santa Progenitora Rusia contra la perversión del racionalismo europeo. Es el eslavofilismo llevado al paroxismo: el mito del «alma rusa», esa famosa dushá que no es más que un artefacto literario para justificar la inercia, la melancolía y el atraso cívico.
¿Y León Tolstói? Un aristócrata con mala conciencia que terminó disfrazándose de mujik, renegando del arte civilizado y fundando una secta de pacifismo vegetariano y sarracena evangélico que no resiste el menor choque contra la realidad de un Estado. Un imperio no se defiende con sermones dominicales ni poniendo la otra mejilla frente a las bayonetas enemigas.
Rusia ha sido siempre un coloso geopolítico desgarrado por una contradicción irresoluble: o imita a Europa para no ser conquistada, como intentó Pedro el Grande a golpes de hacha, o se repliega en su mesianismo asiático convenciéndose de que es la «Tercera Roma» destinada a redimir a una humanidad corrompida. El experimento soviético fue el único momento en que rompieron con el misticismo clerical para levantar una maquinaria titánica basada en la técnica, la industria pesada y la ciencia material, pero en cuanto el armazón institucional colapsó bajo el peso de su propia burocracia, los mismos burócratas volvieron corriendo a los templos dorados a encender velas y a besar la mano del patriarca.
De modo que no se haga ilusiones piadosas. Si el modelo anglosajón reduce la existencia al saqueo mercantil de la contabilidad privada y el mundo germánico camufla su pulsión telúrica bajo una técnica formidable, el universo ruso le exige que entregue la libertad de juicio a cambio de un trance místico y de una bota militar sobre la nuca. La única tradición que enseña a un hombre a mantenerse en pie, con la cabeza despejada y la espada ceñida sin necesidad de dioses protectores ni de patrias celestiales, es la razón crítica clásica. Todo lo demás son variantes de la misma servid
umbre.
Muy buen texto. Mejor que sus vídeos.
 
La Rusia de Dostoievski tenía una relación jurídica con la propiedad de la tierra más ineficiente que las 12 tablas romanas de dos milenios atrás. Maestro debería por una vez darle la razón a Escohotado y sus enemigos del comercio, y ver cuánto debe ese escasez de pequeños propietarios al desarraigo, el primitivismo se sus instituciones y la histórica falta de dignidad y autonomía del individuo ruso.

Por otra parte, ¿Qué tiene de malo buscar la dignidad humana desde la introspección, la conciencia y la sarracena? Vale lo de la superioridad intelectual del histórico legado español frente al erial ruso, pero ¿Por qué Dostoievski tenía que hacer de Turgenev?
 
La Rusia de Dostoievski tenía una relación jurídica con la propiedad de la tierra más ineficiente que las 12 tablas romanas de dos milenios atrás. Maestro debería por una vez darle la razón a Escohotado y sus enemigos del comercio, y ver cuánto debe ese escasez de pequeños propietarios al desarraigo, el primitivismo se sus instituciones y la histórica falta de dignidad y autonomía del individuo ruso.

Por otra parte, ¿Qué tiene de malo buscar la dignidad humana desde la introspección, la conciencia y la sarracena? Vale lo de la superioridad intelectual del histórico legado español frente al erial ruso, pero ¿Por qué Dostoievski tenía que hacer de Turgenev?
Normalmente Jesús G. Maestro no me convence. Pero este ensayo es un ejemplo de que hasta los relojes parados dan la hora bien dos veces al día.

Justo ayer leí el artículo y pensé en ti. Estoy de acuerdo, el artículo lleva bastante razón, y creo que es un tema que además ya hemos tratado muchas veces por aquí.

El problema con Maestro sigue siendo el mismo, le falta una teología y una visión de lo sagrado, además de que reinterpreta nuestro ethos literario desde una perspectiva pseudomarxista que, a mi juicio, no se ajusta a la realidad.

Decir que Don Juan Manuel, Jorge Manrique, Ramón Llull o Cervantes son ejemplos de una literatura realista y del desengaño me parece forzar el argumento frente a la tradición española.

Por otro lado, hay literatura que él llamaría "nórdica" y protestantizada que a mí me parece plenamente aplicable al canon occidental/clásico del que habla Maestro —no confundir con el "canon occidental" de Bloom (*)—; se me ocurren, por ejemplo, antes y después de la reforma: Los cuentos de Canterbury, Simplicissimus, Tristram Shandy, La Conjura de los Necios, etc.

En lo que acierta Maestro sobre lo ruso no es en el misticismo y la religiosidad —que en el mundo eslavo en buena medida es superstición pseudopagana y pose— sino en todo lo demás, que pongo abajo.

(*) El falso "canon occidental" que critica Maestro, el creado por la academia anglosajona y que orbita en torno al sonetista Shakespeare al que hay que colgarle todos los laureles.
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La Rusia de Dostoievski tenía una relación jurídica con la propiedad de la tierra más ineficiente que las 12 tablas romanas de dos milenios atrás. Maestro debería por una vez darle la razón a Escohotado y sus enemigos del comercio, y ver cuánto debe ese escasez de pequeños propietarios al desarraigo, el primitivismo se sus instituciones y la histórica falta de dignidad y autonomía del individuo ruso.

Por otra parte, ¿Qué tiene de malo buscar la dignidad humana desde la introspección, la conciencia y la sarracena? Vale lo de la superioridad intelectual del histórico legado español frente al erial ruso, pero ¿Por qué Dostoievski tenía que hacer de Turgenev?

Nada, son cosas de según qué ideologías, como es el caso del subforo que nos ocupa.

Y sobre la primera parte de tu mensaje no puedes tener más razón, es curioso, porque todos estos critican el mundo anglogermánico de la técnica y el mercadeo pero en el fondo no quieren vivir en absolutamente ninguna de las alternativas a ese dominio anglo, ni en la Rusia de Pilingui, ni en el comunismo, ni en el modelo Chino ni en el mundo islámico.

Es puro resentimiento, contra los anglos y contra Europa, por llevar la contraria como hacen todos, pero en el fondo parece que el modelo de esta persona termina siendo "la ley, el fortalecimiento de las instituciones o el pogre técnico", es decir el modelo clásico angloamericano PURO. Está bien que en el fondo fondo lo acepte. Lo que pasa es que se tiene que inventar ese mundo católico cultural de la racionalidad aristotélica frente a la barbarie del idealismo para darle cancha a su mala conciencia.
 
En Los Hermanos Karamazov también ridiculiza a esos santeros que pululaban por Rusia y la absurda religiosidad de sus seguidores, starets creo que se llamaban.

Tampoco se le puede echar en cara al joven Dostoievski haber sido un poco pogre en un país sin instituciones intermedias desarrolladas, de autócratas y siervos, donde la Rusia zarista restringe la propiedad del pequeño propietario, en el que puedes estar 20 años haciendo la mili o te pueden mandar a Siberia por hacer un panfleto. El círculo de Petrashevski eran cuatro personas que no tiraron ni una piedra.

En cuanto a Maestro y su visión espiritual, creo que su famosa frase de que "El Quijote no es soluble en agua bendita" me parece una interpretación errónea y el tío la estira hasta la náusea, es muy aburrido.
 
Correcto en general, y aún así, como dijo un sabio, ante la duda, Rusia.

Si nuestro sino es reconstituir el Imperio romano, lo griego, que es nuestro Oriente, y ahí andan los eslavos como bárbaros helenizados, ha de estar ahí, al lado o ligeramente por debajo, como antaño, pero no enfrente.

Las fruta entre el mundo ortodoxo y católico son trifulcas de tipo medieval, localista o regional, feudales, pero no una catástrofe interreligiosa o intertemporal (pues cada civilización comanda una Edad) como la que pueda haber contra la Europa protestante, el Sarracin o el judaísmo. Así que en el orden de cosas, el peligro ruso nunca estará al mismo nivel, y todo ejercicio de equidistancia es, al final, un apoyo de aquel bloque que gana con el enfrentamiento de los cristianos.

Más valdría imaginar una vuelta y reencuadre de los monjes-guerreros eslavos y helénicos a un Orden panromano, donde la industria pesada y la alta tecnología acompañen, como no puede ser de otra forma en las potencias, mientras se las quitamos a otros.
 
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Justo ayer leí el artículo y pensé en ti. Estoy de acuerdo, el artículo lleva bastante razón, y creo que es un tema que además ya hemos tratado muchas veces por aquí.

El problema con Maestro sigue siendo el mismo, le falta una teología y una visión de lo sagrado, además de que reinterpreta nuestro ethos literario desde una perspectiva pseudomarxista que, a mi juicio, no se ajusta a la realidad.

Decir que Don Juan Manuel, Jorge Manrique, Ramón Llull o Cervantes son ejemplos de una literatura realista y del desengaño me parece forzar el argumento frente a la tradición española.

Por otro lado, hay literatura que él llamaría "nórdica" y protestantizada que a mí me parece plenamente aplicable al canon occidental/clásico del que habla Maestro —no confundir con el "canon occidental" de Bloom (*)—; se me ocurren, por ejemplo, antes y después de la reforma: Los cuentos de Canterbury, Simplicissimus, Tristram Shandy, La Conjura de los Necios, etc.

En lo que acierta Maestro sobre lo ruso no es en el misticismo y la religiosidad —que en el mundo eslavo en buena medida es superstición pseudopagana y pose— sino en todo lo demás, que pongo abajo.

(*) El falso "canon occidental" que critica Maestro, el creado por la academia anglosajona y que orbita en torno al sonetista Shakespeare al que hay que colgarle todos los laureles.
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A Jesús G. Maestro le pasa lo mismo que a Reverte y a otros autores modernos. Admiran a unos personajes de hace 4-5 siglos pero, al no compartir la Doctrina Católica, no pueden admitir que sus referentes creyeran realmente en lo que ellos consideran infantil o fanático.

De ahí se tienen que inventar que el que se pudo escaquear de Lepanto o mejorar su situación de cautivo en Argel no lo hizo por honor sino por materialismo, que Carlos I o Felipe II eran de mentalidad pagana por haberse enfrentado puntualmente a Roma, o que los Tercios tenían un código de honor pagano y realmente no creían en Dios.

La realidad es que aquella España tenía un sentir religioso muy distinto al que nosotros hemos conocido. Y por eso una regía el mundo y la otra solo nos da disgustos y sensación de decadencia y de no hacerse respetar.
 
Rusia tiene el mismo complejo de inferioridad que Hispanoamérica. Sacan orgullo de europeos en continente ajeno pero demonizan a Euros y se creen superiores por una mezcla de decir que los europeos son racistas/facinerosos pero también modernos/pogre/blandos. Es decir, cabalgan contradicciones brutales y no se soportan ni su existencia a la cual todavía no han dado un sentido histórico.

En internet en cualquier discusión sobre España vas a ver a la "hispanidad" americana diciendo que nuestros antepasados eran violentos y saqueadores y que sufrimos barbarie por karma histórico pero al mismo tiempo que nosotros somos blandos y poco racistas. Al final solo demuestran un quiero y no puedo que no veas.
 
A Jesús G. Maestro le pasa lo mismo que a Reverte y a otros autores modernos. Admiran a unos personajes de hace 4-5 siglos pero, al no compartir la Doctrina Católica, no pueden admitir que sus referentes creyeran realmente en lo que ellos consideran infantil o fanático.

De ahí se tienen que inventar que el que se pudo escaquear de Lepanto o mejorar su situación de cautivo en Argel no lo hizo por honor sino por materialismo, que Carlos I o Felipe II eran de mentalidad pagana por haberse enfrentado puntualmente a Roma, o que los Tercios tenían un código de honor pagano y realmente no creían en Dios.

La realidad es que aquella España tenía un sentir religioso muy distinto al que nosotros hemos conocido. Y por eso una regía el mundo y la otra solo nos da disgustos y sensación de decadencia y de no hacerse respetar.
Es habitual para un sector de la intelectualidad que por serlo debe ser necesariamente materialista y realista sin que acepten otra realidad que la que pueda explicar la ciencia y la razón atada al suelo, ofrecer el contexto imaginario a unos personajes que fueron lo que fueron no por ser cristianos y probablemente muy creyentes sino a pesar de ello. Es descubrir el diamante en bruto, el auténtico, bajo capas que ellos detestan y como las detestan también debieron detestarlas aquellos. Es encontrar en el disciplinado la chispa del rebelde; en el místico la apariencia conveniente de serlo y en el defensor de aquel mundo la sombra amenazante de la inquisición...

La grandeza de esos personajes la interpretan lejos de la simpleza de lo aparente, como ir a la guerra con la idea de la salvación o doblar la rodilla ante un crucifijo. Como no creen en semejantes enajenaciones propias de un mundo que dejaba atrás la superstición y ya tenía delante una ola distinta de claridad y luminosidad... aquellos personajes los quieren entender como los héroes que anunciaban la modernidad prometeica a pesar de darlo todo en la defensa del viejo mundo. Combaten mitos pero crean otros nuevos de los que toman "su verdadera alma" mientras desprecian la voluntad detrás de sus obras y gestas que entiende como la servidumbre propia de quienes nacieron antes de tiempo.

Yo, como soy muy simple, siempre he asociado que la verdadera fuerza ante la realidad radica en una fuerza superior e interior y ambas están dirigidas a los mismos objetivos. De otro modo, aquellos héroes no serían personas sino dioses que hicieron lo que hicieron a pesar de que su voluntad ya combatía la inercia santurrona pero en silencio... Y para eso están nuestros intérpretes de la profunda alma hispánica al estilo de Reverte para el que los buenos solo podían ser rebeldes y si menos buenos, pícaros, y si peores, obispos funcionarios y sacerdotes.
 

Justo ayer leí el artículo y pensé en ti. Estoy de acuerdo, el artículo lleva bastante razón, y creo que es un tema que además ya hemos tratado muchas veces por aquí.

El problema con Maestro sigue siendo el mismo, le falta una teología y una visión de lo sagrado, además de que reinterpreta nuestro ethos literario desde una perspectiva pseudomarxista que, a mi juicio, no se ajusta a la realidad.

Decir que Don Juan Manuel, Jorge Manrique, Ramón Llull o Cervantes son ejemplos de una literatura realista y del desengaño me parece forzar el argumento frente a la tradición española.

Por otro lado, hay literatura que él llamaría "nórdica" y protestantizada que a mí me parece plenamente aplicable al canon occidental/clásico del que habla Maestro —no confundir con el "canon occidental" de Bloom (*)—; se me ocurren, por ejemplo, antes y después de la reforma: Los cuentos de Canterbury, Simplicissimus, Tristram Shandy, La Conjura de los Necios, etc.

En lo que acierta Maestro sobre lo ruso no es en el misticismo y la religiosidad —que en el mundo eslavo en buena medida es superstición pseudopagana y pose— sino en todo lo demás, que pongo abajo.

(*) El falso "canon occidental" que critica Maestro, el creado por la academia anglosajona y que orbita en torno al sonetista Shakespeare al que hay que colgarle todos los laureles.
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A mí la gente que se pone a hablar de metafísica desde una posición materialista me parece contradictoria. Me pasaba lo mismo con Punset y la gente de su estilo. En el caso de estos últimos, me parecen personas que intentan ayudar, pero no te puedes meter a arreglar un jardín ignorando los principios básicos de la jardinería. La metafísica pertenece al plano de lo irracional, el método científico no sirve. La metafísica se aborda desde la intuición, y su lenguaje no es el de las leyes y las fórmulas, sino el de las metáforas y los símbolos. En el caso de Maestro es peor, porque lo hace por soberbia intelectual.

Por otra parte, resulta llamativo ponerse a pontificar sobre otras lenguas sin tener ninguna capacidad de hablarlas. Yo puedo leer a Shakespeare en inglés, y aun así no me va a transmitir lo que le transmite a un inglés nativo que sí tiene la mente configurada para recibir ese código. Y es mucho peor si estás leyendo una traducción de un extranjero. Pretender sentar cátedra metafísica de ello cuando ni siquiera le has leído en su código, que además no es el tuyo, denota un ego considerable.

Además, una obra de arte tiene dos componentes: lo que quiere transmitir el autor, y lo que le transmite realmente al receptor. Y un buen artista, un buen escritor, deja margen para lo segundo. Los escritores que pretenden dejarlo todo mascadito no son buenos escritores. No están haciendo arte, están haciendo propaganda política. Por eso las novelas de Ayn Rand no hay quien se las trague.

Y, claro, en el momento en que la parte más importante de una obra no es lo que pretende decir su autor, sino lo que sugiere al receptor, todos los analistas literarios que pretenden dejar la materia de interpretación cerrada como hace Jesús G. Maestro quedan en evidencia. En tu mensaje has escrito con sabiduría al romper con el pensamiento cerrado y señalar que en todas partes cuecen habas.

NOTA: Precisamente por esto último, porque lo importante de una obra no es lo que quiere decir el autor, sino lo que transmite, es por lo que sí merece la pena leer literatura extranjera, aunque sea traducida. Lo que es llamativo es pretender sentar cátedra sobre su interpretación. Ya es llamativo hacerlo sobre la literatura en tu propio idioma, mucho más lo es sobre la literatura escrita en otros lenguajes.


Justo ayer leí el artículo y pensé en ti. Estoy de acuerdo, el artículo lleva bastante razón, y creo que es un tema que además ya hemos tratado muchas veces por aquí.

El problema con Maestro sigue siendo el mismo, le falta una teología y una visión de lo sagrado, además de que reinterpreta nuestro ethos literario desde una perspectiva pseudomarxista que, a mi juicio, no se ajusta a la realidad.

Decir que Don Juan Manuel, Jorge Manrique, Ramón Llull o Cervantes son ejemplos de una literatura realista y del desengaño me parece forzar el argumento frente a la tradición española.

Por otro lado, hay literatura que él llamaría "nórdica" y protestantizada que a mí me parece plenamente aplicable al canon occidental/clásico del que habla Maestro —no confundir con el "canon occidental" de Bloom (*)—; se me ocurren, por ejemplo, antes y después de la reforma: Los cuentos de Canterbury, Simplicissimus, Tristram Shandy, La Conjura de los Necios, etc.

En lo que acierta Maestro sobre lo ruso no es en el misticismo y la religiosidad —que en el mundo eslavo en buena medida es superstición pseudopagana y pose— sino en todo lo demás, que pongo abajo.

(*) El falso "canon occidental" que critica Maestro, el creado por la academia anglosajona y que orbita en torno al sonetista Shakespeare al que hay que colgarle todos los laureles.
​

Para mí, la mejor novela de Dostoievski es, sin ningún margen de duda, El Jugador. Porque es la novela que escribió a toda prisa en dos meses por obligación contractual, y en la que por tanto no construyó la trama en torno a un discurso político-místico previamente elaborado. Tiró de sus vivencias sin pasarlas mucho por el filtro. Lo que cuenta en ella, por tanto, se nos hace vivo, real. Empatizamos porque nos sugiere emociones puras que son universales. Y además, Dostoievski no se toma en serio a sí mismo en El Jugador, lo cual le da a la novela ese tono tragicómico que tú has comentado alguna vez que es ingrediente necesario para la Gran Literatura.

El resto de sus novelas, como las de Tolstói, reflejan más la mentalidad rusa del momento que cuestiones universales. Reflejan sus complejos de creerse la reserva espiritual de Europa sin serlo, porque si dejan entrar a Europa entonces se les cae todo el planteamiento. No tienen más remedio que decir que Europa es decadente y que la solución la tienen ellos. Bueno, en todo caso tendrán la solución para ellos, sean lo que sean, no para nosotros, que somos europeos.

Hay gente que se cree que, porque lea literatura rusa y comprenda algo, significa que los rusos son europeos. A ellos les diré que los japoneses leen a Lorca y les sugiere cosas, y eso no significa que Lorca sea japonés. Significa que Lorca fue un gran poeta porque fue capaz de tocar los universales, y por eso gente que no tiene nada que ver con nosotros lee su poesía y les toca el alma.

Por eso a mí, al final, el autor ruso que me encanta es Bulgákov. Porque cuando escribe Maestro y Margarita es un derrotado que defiende unos valores que ya no existen en Rusia. No tiene ese tono de sospecha contra Europa y sus valores, ni pretende pontificar contra ellos, porque no son los valores europeos los que han reventado su país, ha sido su propio país el que se ha reventado a sí mismo. Bulgákov no se puede tomar en serio la sociedad en la que vive, así que escribe una tragicomedia. Como buen cómico, elige despedirse del escenario con un chiste final, y al hacerlo logra tocar lo Universal.
 
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