California: fentanilo, campamentos y precios que superan a Suiza
¿Qué se encuentra alguien que vuelve a Los Ángeles y San Francisco después de diez años sin pisarlos? Un paisaje que resume en tres capas:
cerveza a 9 dólares y hamburguesas a 30, campamentos de personas sin hogar extendidos fuera de los barrios donde ya eran crónicos y una mayoría de población latina que, según su impresión, supera a la de Nuevo México o Florida. La estampa que más le marcó fue otra: un hombre tirado en la acera con aspecto de estar muerto y
cientos de personas pasando de largo. Nadie comprobó si respiraba. Solo él.
El relato, sin una sola estadística oficial detrás, ha derivado en una conversación más amplia sobre precios, drogas y modelo económico.
¿Cuánto cuesta comer y beber en California?
Depende del sitio, y ese matiz parte el diagnóstico en dos. El viajero sitúa el nivel de precios
un 30% por encima de Suiza: cerveza a 9 dólares y hamburguesa a 30. Frente a eso se esgrime la carta de una cadena de comida rápida, el combo double-double con patatas y bebida ilimitada por
menos de 7 dólares. Hay quien lo niega de plano: en Estados Unidos no se paga eso ni en la Casa Blanca, y el país sale más barato que cualquier ciudad española.
La otra mitad del argumento es la nómina. Se sostiene en la conversación que un albañil puede ingresar 6.000 dólares al mes colocando bloques y que una pareja de profesionales con 130-140K anuales vive con holgura en un suburbio. Con esos salarios, el debate no es si el precio es alto, sino para quién.
¿Por qué hay campamentos de drogadictos en San Francisco?
Porque a la vivienda más cara del país se ha sumado el consumo de opiáceos, y el resultado es un censo de personas en la calle que ya no se concentra en los barrios de siempre. El Tenderloin llevaba años fuera de cualquier ruta turística razonable. Lo nuevo es que la estampa ha saltado a zonas acomodadas. Alojado en el centro, a un visitante le recomendaron no volver andando al hotel desde el restaurante:
300 metros.
El relato añade un detalle operativo: servicios sociales haciendo inventario de personas con trastornos mentales, retirando a las consideradas peligrosas y dejando al resto. Un taxista, siempre según ese testimonio, resumía el método: se las lleva en coche patrulla a un punto concreto y se las suelta allí, como quien vacía un contenedor. Que el estado con el gobierno más progresista del país sea el que ha acabado con esta foto es, para el autor del relato, cualquier cosa menos casualidad.
El fentanilo ya toca España
El salto de continente ya no es hipótesis de laboratorio: la policía detuvo en La Línea de la Concepción a un vendedor de cocaína e incautó
ocho comprimidos de fentanilo. La sustancia se describe como cien veces más potente que la morfina y muy compacta para el transporte, lo que abarata el contrabando y multiplica el daño por gramo.
El precedente documentado tampoco es menor: ya en 2021 se publicó un análisis sobre el fentanilo mezclado con cocaína como tendencia que mata por sobredosis, con el riesgo añadido de que unas pocas dosis tumben a consumidores no habituales. Las previsiones que circulan apuntan a Barcelona, Nápoles, Marsella, París, Frankfurt y Atenas como próximas escalas en un horizonte de cinco años.
El exceso de capitalismo tecnológico
El diagnóstico más económico no habla de drogas, sino de sueldos. La concentración de empleo tecnológico ha elevado tanto la capacidad de gasto de una parte de la población que arrastra los precios de todo lo demás: vivienda, bienes de consumo, comida. Quien gana una cifra de seis dígitos no discute el precio de un menú; quien limpia su oficina, sí.
De ahí que se sostenga que California reúne
once de las doce ciudades con mayor renta per cápita de Estados Unidos y, al mismo tiempo, albergue barrios enteros de acampada y economía informal. La réplica habitual: el condado de Los Ángeles es gigantesco, Skid Row es una gota en el mapa y hay comarcas de millonarios donde el problema no existe. También circulan lecturas conspirativas sobre compras inmobiliarias aprovechando el deterioro, sin ninguna prueba que las respalde.
El espejo español: la sierra de Madrid
El paralelismo que más recorrido tiene es doméstico. Varias voces describen una sensación de inseguridad creciente en municipios de la sierra de Madrid —Colmenar, Villalba, Fresnedillas, El Escorial, Las Navas del Marqués— y la atribuyen a la concentración de población migrante en plazas y parques, con el consiguiente abandono de esos espacios por los vecinos de siempre. La respuesta es que se trata de percepciones exageradas, que la mayoría de los pueblos siguen siendo seguros y que el fenómeno se limita a puntos concretos. El desacuerdo no está en los datos, que nadie aporta, sino en qué se considera normal.
El estado más ecologista que no prohíbe el plástico
Para quien siga creyendo en las etiquetas: el estado más verde del país no restringe pajitas, bolsas ni plásticos de un solo uso, prohibiciones que en Europa llevan años vigentes. Y el parque móvil sigue dominado por vehículos de gran cilindrada, con los eléctricos conviviendo en la misma foto. El ecologismo
posturero, dice el relato, se lleva mejor en la vitrina que en la ordenanza.
Queda la recomendación final, que resume el texto entero: si alguien va, que se vaya al bosque con el oso Yogi. Lejos de la civilización. Que es, en el fondo, lo que llevamos todos intentando desde que la cerveza cuesta nueve dólares.