El Mundo lanza el debate: los jóvenes y la tentación de la dictadura
Un artículo de El Mundo que sostiene que los jóvenes empiezan a preferir una «buena» dictadura antes que la democracia actual ha encendido la mecha. La pieza, leída como un globo sonda del establishment, ha sido recibida con una mezcla de sorna y hastío: hay quien ve en ella la antesala de un cambio de régimen y quien recuerda que la amnistía ya fue el primer aviso. La discusión no tarda en girar hacia lo de siempre: ¿esto es una democracia o una farsa?
El artículo que nadie se cree
La tesis del diario es que los jóvenes, decepcionados con el sistema, empiezan a mirar con buenos ojos un régimen autoritario. La reacción mayoritaria es de desconfianza: se trata, dicen, de un panfleto del establishment lanzando un globo sonda usando a los jóvenes como excusa. «A ver qué andarán tramando», resume el sentir general. La sospecha no es nueva: el medio lleva décadas siendo señalado como altavoz de intereses poco confesables.
Lo llamativo es que casi nadie defiende el artículo. Ni los que se declaran de izquierdas ni los que reniegan del sistema del 78. La pieza funciona como un espejo incómodo: todos se ven reflejados en la crítica, pero nadie acepta el diagnóstico.
¿Es esto una democracia?
La pregunta recorre el debate de arriba abajo. Una parte sostiene que lo que hay desde la Transición no es una democracia real: sin separación de poderes, con el poder mal repartido y una Constitución que nació coja. «No tenemos Democracia», zanjan. Otros van más lejos y afirman que ya vivimos en una dictadura, solo que disfrazada de urnas cada cuatro años.
El argumento se apoya en la falta de responsabilidad política: da igual a quién votes, porque los partidos hacen lo que les da la gana una vez en el poder. Los referéndums son anecdóticos y las decisiones importantes se toman en instancias supranacionales. Desde esa perspectiva, la democracia formal es poco más que un ritual.
La dictadura como mal menor
Hay quien defiende abiertamente que una dictadura sería preferible. El razonamiento es simple: un dictador no gobierna pensando en las siguientes elecciones, así que puede tomar decisiones impopulares pero necesarias. «Al menos en la dictadura te puede tocar alguien sensato», se argumenta. La democracia, en cambio, está vista como una máquina de comprar votos con dinero público.
Frente a esto, la objeción más repetida es histórica: las principales salvajadas de los regímenes totalitarios se cometen contra los de su propia cuerda. Quien anhela un dictador suele imaginarse a salvo de sus represalias, y la experiencia demuestra lo contrario. «Solo estaré de acuerdo con una dictadura si el dictador soy yo», ironiza alguien.
Ejemplos reales: Singapur, El Salvador y Franco
Cuando se piden ejemplos de dictaduras que funcionen, aparecen tres nombres: Singapur, las monarquías petroleras del Golfo y China. El caso de Singapur se cita como el país que mejor funciona que ha visitado alguien. Las monarquías petroleras se mencionan como análogas. Y China, como caso aparte por su tamaño y su modelo económico.
El Salvador entra en la conversación por otra vía: la seguridad. Se argumenta que de poco sirven los derechos y el voto si no puedes salir a la calle porque te matan. Hasta que llega uno, se aplica mano dura y se le nombra dictador perpetuo si hace falta. Es el ejemplo que más divide: para unos es la prueba de que la democracia liberal falla; para otros, la constatación de que el autoritarismo siempre acaba en lo mismo.
El futuro que se avecina
La hipótesis más repetida no es la vuelta de un Franco, sino la consolidación de un régimen tecnocrático supranacional. Se sostiene que la UE ya funciona como un gobierno de capataces regionales, con Sánchez como ejemplo, y que la ficción democrática se mantiene solo por formalismo. La dictadura que vendría no sería la del caudillo, sino la del gestor no elegido.
Otra corriente apunta a una dictadura del proletariado, con guiño irónico incluido: «¿Dónde hay que firmar?». Y una tercera, más pesimista, cree que el fascismo volverá por demanda popular: si los que tienen el poder imponen el fascismo, las mujeres del pueblo llano se harán fascistas; si imponen el progresismo, se harán progresistas. La conclusión es que la gente se adapta al poder de turno.
El debate se atasca en un punto: nadie sabe qué régimen sustituiría a este, ni quién lo impondría, ni con qué apoyos. La sospecha de que el artículo es un globo sonda sigue sin desmentirse. Y mientras tanto, la pregunta de fondo —si esto es una democracia o una farsa— se queda sin respuesta.