De tres ofertas semanales a una al mes: la resaca del sector IT
El mercado tecnológico ha pasado de llamar a tu puerta a hacerte esperar en el rellano. Quien hoy acumula cinco años de experiencia y ha pasado por empresas decentes recuerda haber recibido
tres ofertas semanales de media durante cuatro años seguidos; ahora le llega una al mes, y con condiciones que, siempre según su propio resumen, invitan más a quedarse cobrando el paro que a firmar. Esa es la tesis que recorre el sector: menos ofertas, peores salarios de entrada y procesos de selección que se han vuelto, directamente, absurdos. El resto del diagnóstico admite matices, pero el punto de partida no lo discute casi nadie.
El desplome no se mide solo en volumen de vacantes. Se mide en lo que se paga por entrar, y ahí las cifras que circulan se parecen poco a lo que se prometía a quien hiciera un bootcamp o una ingeniería.
¿Cuánto gana hoy un junior de informática en España?
Menos de lo que le contaron. Un forero relata que en Valladolid
Renault contrata por 20.000 euros vía ETT a egresados de 2022 y 2023 con carrera; a otros perfiles del mismo entorno, con mejor expediente, los han fichado por
33.000 euros, y hay quien trabaja en remoto por 30.000 esperando todavía que le asignen tareas. Son sueldos de arranque, casi de becario, según estos relatos, pero no faltan puestos: el problema es el precio y la calidad del contrato.
Cinco o seis años atrás el primer escalón era otro, según cuenta un senior del sector. Un junior de ciclo formativo entraba con
40.000 euros solo por no estropearlo en un par de llamadas, y con dos cambios de empresa se plantaba en 50.000 o 60.000. Esa escalera es la que se ha roto. El desajuste es tan brusco que buena parte del desánimo no viene de no encontrar nada, sino de encontrar cosas que no compensan.
De tres ofertas semanales a una al mes
El embudo se ha estrechado en todos los tramos. Los titulados que salieron de la universidad después de 2022 viven, en palabras del arranque del asunto,
muertos en vida con alguna posibilidad remota. Los que vienen de bootcamp y aún no han trabajado de esto se enfrentan a la posibilidad, nada retórica, de no hacerlo nunca. Y los que llevan uno o dos años empleados afrontan un escenario de muerte lenta: solo una minoría, calculada a ojo en un 10%, conservará algo parecido a una carrera, y sin grandes aspiraciones.
El tramo que respira es el de los que entraron antes de la pandemia. A esos les siguen llegando cosas, aunque menos, y deberían andar ya por los 50.000 euros siempre que se hayan movido mínimamente. Incluso ahí el consejo es defensivo: aguantar el puesto, y si toca, cobrar el finiquito. A juicio de quien abre el hilo, los perfiles veteranos atados a sistemas antiguos son los que peor lo tienen para recolocarse fuera, y los que mejor lo tienen para no moverse, porque nadie quiere tocar según qué.
¿Es la inteligencia artificial la culpable de la escabechina?
No, o no principalmente. Quien programa algo más complejo que un botón sostiene que la IA generativa no explica un desplome de esta magnitud, y atribuye el ajuste a otra cosa: años de contratación disparada para cumplir objetivos internos, la subida de tipos y una ola de externalización que se aceleró tras la pandemia. La versión más crítica dentro del propio sector apunta a que las plantillas se inflaron con perfiles que no producían nada, y que al primer susto se convirtieron en las primeras salidas.
La experiencia que se cuenta de las grandes tecnológicas encaja con eso:
seis meses de burocracia sin proyecto asignado y otros tantos para que te aprueben los primeros cambios, todo ello con sueldos por encima de 60.000 euros en España y de 100.000 en Estados Unidos. Los que ahora salen de ahí han pasado filtros durísimos y compiten contra candidatos con menos preparación, en un contexto en que varios foreros señalan que la externalización hacia Latinoamérica se ha acelerado y se tira de juniors de allí para cubrir puestos técnicos.
Entrevistas de ocho horas gratis para una empresa pequeña
Si algo ha cambiado de forma más visible que el sueldo es la aduana. Firmas modestas piden ejercicios de
leetcode de nivel alto y diseño de sistemas avanzado para puestos que no lo requieren, y hay quien relata entre
ocho y doce horas de pruebas sin cobrar para quedarse fuera. Hace dos años bastaba con algo de labia y no fallar demasiado; hoy la vara se ha subido hasta igualar a la de las grandes.
La queja no es solo estética. Se critica que la selección técnica haya sustituido a la formación en el puesto, cuando en otros oficios —fontanería, electricidad, albañilería— se aprende trabajando al lado de alguien. Nadie exige a un recién licenciado en contabilidad que monte una empresa antes de darle su primer contrato. En programación, en cambio, se da por normal.
¿Qué perfiles sobreviven a la criba?
Los especialistas en nichos que la herramienta no toca, el personal de sistemas y el de ciberseguridad, donde se dice que falta gente para analizar un volumen de alertas que no se cubre. También el que sabe montar producto en lugar de programar a medida: el software que se revende a miles de clientes multiplica el coste admisible por línea de código, mientras el desarrollo por encargo solo se cobra una vez y nadie paga la diferencia entre una chapuza funcional y una obra maestra.
Ese es, quizá, el giro más interesante de todo el asunto. Sobrevive quien entiende el negocio del otro, no solo el framework. Y el que sabe vender, que es justo lo que el gremio desprecia.
Hacia dónde va esto
Nada apunta a una vuelta rápida al mercado de 2021. La combinación de tipos altos, externalización y sobreoferta de candidatos mantendrá el embudo estrecho, y con la IA como excusa perfecta para recortar sin dar explicaciones. Que quienes fueron contratados a dedo durante la fiebre fueran los primeros en caer no significa que la fiebre vaya a repetirse: significará, con bastante probabilidad, que el escalón de entrada siga mucho más bajo durante años. Aunque conviene no darlo por cerrado: el mismo mercado que hoy sobra se quejaba de escasez hace tres años.