Soto Ivars y el dilema de ampliar la ley de violencia de género
¿Se puede combatir una ley denunciando sus excesos mientras se defiende su existencia? Esa es la paradoja que rodea al escritor Juan Soto Ivars, cuyo libro sobre la ley de violencia de género ha generado un intenso debate. Para unos, es la cuña perfecta para resquebrajar el relato oficial; para otros, es un blanqueamiento que legitima el marco jurídico que dice criticar. La discusión, lejos de ser académica, toca fibras sensibles: la presunción de inocencia, las denuncias falsas y la asimetría penal entre hombres y mujeres.
El argumento del «cuñado ilustrado»
La crítica más repetida es que Soto Ivars no cuestiona los dogmas fundamentales de la ley. Acepta que la violencia de género existe como lacra social y que la ley es necesaria con «pequeños ajustes». Eso, para sus detractores, es una concesión que desactiva cualquier posibilidad de derogación. «Solo con asegurar esas dos cosas en prime time ya está atentando más contra tus derechos que cualquier feminista de salón», resume una opinión recurrente. El término «cuñado ilustrado» captura esa idea: alguien que parece romper el consenso pero que en realidad lo refuerza.
La estrategia recuerda a la de quien se opone a prohibir fumar en hospitales y, para desacreditar la medida, señala que no se prohíbe en colegios. El objetivo no es ampliar la prohibición, sino eliminarla. Trasladado al debate, quienes defienden ampliar la ley de violencia de género a agresiones fuera de la pareja no estarían ganando terreno, sino perdiendo: asumen el marco conceptual del adversario y lo extienden.
La brecha de las denuncias falsas
El libro de Soto Ivars documenta, según varios comentarios, la vulneración de la presunción de inocencia y el uso fraudulento de la ley. Ese es el gancho que atrae a quienes llevan años denunciando la asimetría procesal. «Documenta muy bien la ideología tras esta ley, la falta de objetividad al contar y exponer datos, el perjuicio a las verdaderas víctimas», señala una intervención. Pero incluso quienes reconocen el mérito le reprochan que no pida la derogación. «Es una contradicción», añaden.
El dato clave que se repite es el de las denuncias falsas. Se critica que se haya instalado la idea de que son un porcentaje ínfimo, cuando en realidad serían un fenómeno relevante. Sin embargo, no hay cifras concretas en el material. La discusión se mueve en el terreno de las percepciones y las experiencias, no en el de las estadísticas oficiales.
El riesgo de ampliar la ley
La propuesta de extender la ley a agresiones entre desconocidos es vista como un error estratégico. «Por un caso en décadas, este tipo quiere cambiar toda una legislación que afecta a 50 millones de personas», se argumenta. El temor es que los jueces acaben aplicando el agravante de género a cualquier agresión entre un hombre y una mujer, con el consiguiente aumento de penas para el hombre. La asimetría penal ya existe, pero ampliarla la consolidaría.
Frente a esto, hay quien sostiene que el objetivo real es otro: visibilizar que la ley actual deja fuera a muchas víctimas. Si una mujer es agredida por un desconocido, no tiene acceso a las mismas medidas cautelares ni a la misma protección. Ampliar la ley sería, desde esta óptica, una forma de corregir esa injusticia. El problema es que, al hacerlo, se refuerza el marco de género que muchos consideran el origen del problema.
La ventana de Overton y el cambio gradual
La defensa más sofisticada de Soto Ivars apela a la ventana de Overton. Los cambios en cuestiones muy arraigadas no se consiguen polarizando, sino dando pasos que parezcan razonables. «El merdizal que han creado durante años no puede ser revertido de un solo golpe», se dice. Desde esta perspectiva, el libro es una cuña que introduce el debate en el mainstream, aunque sea con tibieza. «A pesar de su tibieza, hay que apoyar esta cuña», concluyen.
Otros, en cambio, lo ven como disidencia controlada. «Está diciendo las mismas cosas que lleva diciendo un montón de gente desde hace años, y a los que nadie hacía ni puñetero caso. En cambio a este el sistema le pone todos los focos», se lamenta. La sospecha es que el sistema permite el debate solo cuando le conviene, para contener el descontento y desactivar alternativas más radicales.
Al final, la pregunta no es si Soto Ivars es un cuñado o un genio, sino si su estrategia sirve para algo. Los datos sobre denuncias falsas siguen sin estar claros, la asimetría penal sigue vigente y la ley sigue sin derogarse. Mientras tanto, el debate se calienta y las posiciones se atrincheran. Como dijo un participante: «¿Y qué ha hecho? ¿Hablar de lo que ya sabíais?».