Kissinger: «estamos al borde de una guerra con Rusia y China»
«Estamos al borde de una guerra con Rusia y China por cuestiones que en parte creamos, sin ninguna idea de cómo va a terminar esto o a qué se supone que conducirá». La frase la firma Henry Kissinger, ex secretario de Estado de
Estados Unidos, y la recogió The Wall Street Journal en una entrevista difundida un viernes, según la versión que circula a través de la agencia IRNA. A sus
99 años —100 según otra parte del cómputo— el hombre que diseñó buena parte de la política exterior estadounidense de los setenta admite ahora que su país abrió una puerta que no sabe cerrar.
No es una declaración cualquiera. Viene de un halcón, no de un pacifista, y llega en plena guerra de Ucrania, con la OTAN sosteniendo a Kiev a base de armas y dinero mientras Moscú y Pekín estrechan la mano. Que alguien con ese currículum diga que el asunto
se les fue de las manos tiene su miga.
Qué dijo exactamente Kissinger sobre Rusia, China y Ucrania
El núcleo de su tesis es doble. Primero, la advertencia estratégica: EEUU afronta una confrontación simultánea con Rusia y con China, y lo hace sin hoja de ruta.
«En parte creamos» esas condiciones, admite, lo que equivale a reconocer que Washington contribuyó a fabricar el escenario que ahora teme.
Segundo, el diagnóstico sobre Ucrania. Kissinger sostiene que el país
nunca ha sido tradicionalmente occidental, que formaba parte integrante de Rusia y que los rusos lo consideran suyo, aunque «algunos ucranianos» no lo vean así. Es una lectura que incomoda a las cancillerías europeas y que, sin embargo, firma quien fue arquitecto de la distensión con Moscú y de la apertura a Pekín.
Para una parte del análisis, la declaración es el enésimo aviso de que ampliar la OTAN hacia el este fue un error de libro. Para otra, es el lamento de un anciano que ve desmoronarse el orden que ayudó a levantar. Las dos lecturas conviven y ninguna se impone.
¿Por qué Europa no frenó a EEUU cuando podía?
Aquí el reproche no va a Washington. Va a Bruselas, a Berlín y a París. La corriente más dura sostiene que los europeos eran los únicos con capacidad real de poner límites a EEUU y que no lo hicieron: votaron a gobiernos que aceptaron el papel de
comparsa y ahora pagan la factura.
El dato que se repite es el desarme propio. El envío constante de armas a Ucrania habría dejado a países como
Alemania sin armamento suficiente para su propia defensa, una paradoja que resume el problema: Europa se vacía militarmente para sostener una guerra que no decide. Y el escenario más probable, se avisa, es que el peor golpe lo reciba precisamente el continente europeo, no quien la diseñó.
Una corriente lo formula sin paños calientes: Europa no existe como entidad soberana a la que pedir cuentas, es territorio donde se aplican decisiones ajenas. Otra replica que sin el paraguas atlántico el continente quedaría a merced de Moscú. La discusión sigue abierta.
El historial del halcón que ahora reparte lecciones
Conviene no olvidar a quién se concede el papel de oráculo. A Kissinger se le sitúa históricamente en la construcción de regímenes autoritarios en América Latina, en la sombra de operaciones de desestabilización en Oriente Medio y en intervenciones africanas dictadas por el acceso a materias primas. El contraste es llamativo: el mismo personaje al que se atribuye haber bendecido guerras lejanas advierte ahora de que la próxima puede tocarle a casa.
Bonus track para el lector desconfiado: no es un converso. Se le reconoce que avisó temprano. En los años 90 ya señaló que extender la OTAN hacia la antigua Unión Soviética era una mala idea y que una alianza ruso-china iría contra los intereses de lo que hasta hace nada llamábamos Occidente.
El auge de China y el orden que viene
En los últimos años ha publicado varios libros que apuntan en una dirección incómoda para Washington:
China es la potencia que va a mandar en el mundo. No es improvisación de vejez, sino la conclusión de quien lleva medio siglo moviendo piezas en el tablero asiático.
La pregunta que sobrevuela es si EEUU puede seguir imponiendo su moneda y su relato al resto del planeta o si esa etapa se agota. Una parte del análisis lo tiene claro: el dólar sostiene un modelo que vive de imponer condiciones. Otra avisa de que subestimar a Washington ha salido caro históricamente.
Y aquí llega el detalle que descoloca. Entre quienes menos credibilidad conceden a la declaración por la edad de su autor, la reflexión más repetida es que los únicos capaces de frenar hoy a EEUU son los propios EEUU: un escenario interno de fractura, de división o de
DesUnidos a la desbandada. Que una potencia en teoría hegemónica solo pueda ser contenida desde dentro —y que la voz relativamente más sensata del tablero sea la de un ex secretario de Estado
centenario— dice bastante del estado del arte.