La bola negra y Torrente: dos Españas y el debate sobre quién paga
En España casi nunca se discute si una película es buena: se discute a qué España representa.
La bola negra queda del lado de la cultura, la abstracción y la proyección internacional;
Torrente, del humor grueso, el chiste fácil y el taquillazo. Y ahí arranca la primera grieta, porque hay quien sostiene que
las dos acaban financiándose con dinero público. El que va al cine y el que no pisa una sala pagan igual.
La comparación nace cargada de intención. Un bando coloca
La bola negra como el IQ, la sensibilidad y el prestigio internacional; el otro reduce Torrente a la cutrez y al bajo desarrollo. Dos etiquetas, dos relatos, ningún matiz. Ninguna de las dos descripciones resiste el primer análisis serio.
¿Qué es La bola negra y por qué se vende como la España de izquierdas?
El argumento —una historia de la Guerra Civil con personajes homosexuales— dispara todas las alarmas en una parte del público, que la despacha como cine subvencionado y de mensaje. Del otro lado se presenta como una apuesta de proyección internacional, con
promoción del Gobierno en el extranjero —según quienes la critican— y una campaña crítica afinada.
El problema es la taquilla. Hay quien calcula que la cinta
verá un 10% del público que fue a ver Torrente, y hay algún testimonio de espectador —de simpatías izquierdistas— que la describe como un rollazo difícil de aguantar hasta el final. La proyección internacional, ese argumento estrella, choca con un boca a boca que no acompaña.
Hay otra objeción, más de fondo: que no aporte nada nuevo. La Guerra Civil lleva décadas en la cartelera y algunos sostienen que esta es una más entre un millar de películas mediocres sobre el mismo episodio. El desgaste del tema, dicen, pesa tanto como la ideología.
Torrente: seis películas y una etiqueta que no encaja
De Torrente hay
seis películas y un personaje exportado a varios países. Se rodó y funcionó en taquilla, dos hechos que una parte del público reivindica como prueba de que el mercado sabe lo que el crítico desprecia. La lectura fácil: humor sin subvención, derecha; sensibilidad con dinero público, izquierda.
La etiqueta, sin embargo, es más frágil de lo que parece. Hay quien recuerda que la saga es, en realidad, una
parodia de la derecha más casposa, sin valores que reivindicar, y que su director, Santiago Segura, no encaja en el molde del cineasta conservador. Otros van más lejos: sostienen que Torrente también recibió apoyo público, o al menos se intentó. Si eso es cierto, la frontera entre las dos Españas se difumina hasta desaparecer.
¿Quién paga de verdad el cine español?
Aquí el terreno se vuelve resbaladizo. Se habla de subvenciones, de promoción institucional y de créditos públicos —el
ICO aparece en la conversación—, pero nadie pone sobre la mesa la cifra que reparta culpas. Lo que sí aflora es el descontento:
hay contribuyentes que se quejan de pagar ambas películas sin haber visto ninguna.
La discusión no es nueva. El sistema de ayudas al cine arrastra décadas y hay quien lo asocia al cine que dejó Pilar Miró. Un modelo con defensores y detractores que sostienen que un cine que
necesita la ayuda pública para existir es un cine que no compite.
La tercera España y el negocio de etiquetar
Toda esta pelea da por hecho que existen dos Españas. No todo el mundo lo acepta: hay quien responde que solo hay españoles y su reverso, y quien sostiene que la tercera España es la buena.
Conviene no perder de vista lo esencial: la pregunta de fondo es cuánto de todo esto se paga con dinero público.
Al final queda una pregunta que nadie responde del todo: si una saga triunfó en taquilla y la otra necesita el empujón público para llenar butacas, ¿cuál de las dos representa mejor a este país?