La caída del Estado de Bienestar europeo empieza en Francia

La caída del Estado de Bienestar europeo empieza en Francia
RESUMEN

Francia paga ahora más por su deuda que Grecia, Italia, España o Portugal y su déficit público no baja del 5% del PIB desde hace seis años. El país es el caso más claro de un modelo social que se sostuvo con deuda y que ahora choca con la demografía y unos tipos de interés más altos.

Europa sigue siendo una de las regiones más prósperas del mundo. El desarrollo posterior a la Segunda Guerra Mundial convirtió a varias economías del continente en algunas de las más ricas. Ese crecimiento del PIB, del PIB per cápita y de los salarios desde los años 50 permitió subir impuestos sin romper la cohesión. En los años 50 la presión fiscal rondaba el 30% del PIB o menos. Hoy en Francia supera el 50%. Primero fue la prosperidad. Después llegó el Estado de Bienestar más grande y protector del mundo. El orden importa: no se construyó con crecimiento futuro, sino con crecimiento ya ocurrido.

Ahora el crecimiento es débil. La competitividad de las empresas europeas languidece y la brecha negativa de PIB per cápita con EEUU no para de crecer. Para mantener el nivel de protección, Europa emite deuda. Los impuestos ya no dan. Francia es el gran paradigma. Varios economistas han alertado de que la caída del Estado de Bienestar en Europa es ya una realidad y Francia es la prueba. Thomas Mayer, director fundador del Flossbach von Storch Research Institute y antiguo economista jefe de Deutsche Bank, lo resume: «El Estado del Bienestar ha sido el principal motor del aumento de la deuda pública. Ahora se está desmoronando porque la deuda pública que ha creado ya no es sostenible».

Francia paga más por su deuda que Grecia o Italia

El mercado no espera a los debates parlamentarios. Francia paga más por su deuda que Grecia o Italia. También más que España y Portugal. Sus notas soberanas de referencia, las OAT, tienen que ofrecer más rentabilidad que las de socios europeos que en su día fueron tachados de díscolos. Es un cambio de jerarquía incómodo. París ya no se financia como el núcleo duro de la eurozona, sino como el alumno que necesita una prima de riesgo para convencer a los inversores. La referencia histórica pesa: durante años se dio por hecho que el bono francés era refugio. Ahora compite por precio con países que estuvieron al borde del rescate.

Los cálculos de UniCredit Research apuntan a que el tipo de interés implícito de la deuda podría pasar del 2% en 2025 a cerca del 3,5% al final de la década. No es una cifra explosiva por sí sola. El problema es el stock sobre el que se aplica. Con unos 3,4 billones de euros de deuda pública, cada punto de interés se convierte en una factura enorme. Si el gasto en intereses sube, queda menos margen para reducir el déficit. Y si el déficit no baja, la deuda sigue creciendo. UniCredit Research avisa de un posible «círculo vicioso soberano-fiscal». La rueda es fácil de describir y difícil de parar: más intereses, más déficit, más deuda y otra vez más intereses.

Louis-Vincent Gave, estratega de Gavekal Research, constata que Francia ha sido durante la última década el «mal alumno» de la zona euro. Mientras la deuda pública se estancaba en Italia o se reducía en Grecia, Portugal y España, la francesa seguía aumentando. Y eso ocurre, escribe, a pesar de que Francia ya cuenta con el sistema fiscal más oneroso y engorroso de la región. El país no tiene un problema de recaudación. Tiene un problema de gasto, de crecimiento y de coste de financiación. Cuando las tres cosas se juntan, el margen de maniobra se estrecha sin necesidad de una crisis súbita.

Un déficit pegado al 5% y una deuda de 3,4 billones

La deuda pública francesa ronda los 3,4 billones de euros y el déficit no baja del 5% del PIB desde hace seis años. Bruselas fija el aprobado mínimo en el 3% del PIB. Francia lleva ejercicios enteros por encima. El ministerio de Finanzas ha admitido que la deuda llegará al 119,3% del PIB en 2026 y al 121,7% en 2027. El límite de referencia europeo es el 60% del PIB. Es más del doble. La foto no es la de un país que esté a punto de quebrar mañana, pero tampoco la de uno que esté corrigiendo el rumbo.

Según la base de datos del FMI, la deuda pública del país alcanzará niveles que no se veían desde 1932. No es una predicción de un blog. Es el marco que usan los inversores para poner precio al riesgo. En los últimos seis años, el déficit público no ha bajado del 5% del PIB. Esa frase, repetida en mesas de deuda, explica por qué las OAT pagan más que las de países que hace una década estaban en rescate. La comparación con Italia, Grecia, España o Portugal no es un detalle menor. Francia era el socio fuerte. Ahora es la referencia incómoda.

Philippe Riès, antiguo responsable de Economía y jefe de las oficinas de Tokio y Bruselas de Agence France-Presse, describe un modelo europeo «obsoleto» que «se está desmoronando bajo el peso de la competencia global y las tendencias demográficas». Lo sostiene, dice, una deuda pública creciente que ha alcanzado niveles desconocidos en tiempos de paz. Riès usa una imagen dura para Francia: un naufragio que se mantiene a flote gracias al bote salvavidas del sistema del euro. La moneda única permite financiarse en un mercado enorme respaldado por el BCE, pero no borra los desequilibrios. Solo los aplaza. Y aplazar tiene un precio, sobre todo cuando los tipos dejan de estar en mínimos.

La demografía que rompe la ecuación del bienestar

El problema de fondo no es solo fiscal. Es demográfico. Mayer recuerda que los baby boomers tuvieron menos hijos desde mediados de los años sesenta, disfrutaron durante décadas del dividendo demográfico y ahora entran masivamente en la jubilación con una esperanza de vida mucho mayor. Muchos empezaron a trabajar cerca de los 30 años, quieren jubilarse alrededor de los 65 y pueden vivir dos décadas más. La ecuación es simple y brutal: esperan que 35 años de trabajo financien 50 años sin trabajar. «Esto no funcionará», advierte.

El sistema se construyó cuando la proporción entre trabajadores y pensionistas era otra. Había más gente cotizando, menos jubilados y un crecimiento que permitía subir prestaciones sin subir impuestos hasta el infinito. Hoy la economía crece menos, la competitividad europea languidece y la brecha de PIB per cápita con EEUU no deja de ampliarse. La protección social se mantiene, en parte, emitiendo deuda. Los impuestos ya no dan. Esa mezcla funciona mientras los tipos son bajos y los mercados confían. Cuando falla una de las dos patas, aparece el ajuste. No hace falta una explosión social para que el sistema se tensiona. Basta con que cada año los intereses se coman una parte mayor del presupuesto.

Y hay un detalle político que lo complica todo. Esa generación concentra una enorme cantidad de votos. Cualquier reducción de prestaciones, aumento de la edad de jubilación o reforma profunda del sistema se convierte en una bomba política. No es una hipótesis. Los sucesivos fracasos en la reforma de las pensiones y las cotas de contestación callejera dan cuenta del problema. Mark Doding, director de inversiones para renta fija de BlueBay, lo describe sin adornos: existe «cierta esperanza» de que un aumento del diferencial obligue a los responsables políticos a encauzar a Francia, pero la consolidación fiscal sigue siendo impopular entre un electorado acostumbrado a vivir por encima de sus posibilidades. La frase tiene miga porque no habla de mercados, habla de votos.

Elecciones de 2027, BCE y el límite de la deuda

El BCE ha avisado a Francia. Emmanuel Moulin, gobernador del Banco de Francia y miembro del Consejo de Gobierno del BCE, ha dicho que Francia tendrá que solucionar por sí misma su creciente problema de deuda y no puede esperar que el Banco Central Europeo acuda al rescate si los mercados siguen elevando el coste de financiación. Lo ha calificado de «mal razonamiento». «Creer que alguna solución milagrosa vendrá del BCE equivale a eludir las propias responsabilidades», ha sentenciado. Si no se aborda el déficit, el riesgo es pagar cada vez más y sufrir un estrangulamiento gradual. No es una amenaza de mercado. Es la lógica de una cuenta que no cierra.

El Instrumento para la Protección de la Transmisión, conocido como TPI, no es un botón de rescate automático. Moulin recuerda que está reservado para situaciones críticas que amenacen la transmisión de la política monetaria y que solo se utiliza si se adoptan medidas a nivel nacional. Es decir, el BCE puede actuar contra una crisis de mercado injustificada, pero no contra una crisis anticipada y advertida mientras el Gobierno no aplique lo que sabe que hay que aplicar. Riès añade que los años de tipos extraordinariamente bajos e incluso negativos deberían haberse aprovechado para hacer frente a la deuda. París tomó el camino contrario. Ahora el ajuste llega cuando financiar el déficit es más caro y cuando el sistema político tiene menos capacidad para asumir reformas impopulares.

La política lo envenena todo. Las elecciones presidenciales de 2027 están en el horizonte. Marine Le Pen, líder de Reagrupamiento Nacional, es favorita en las encuestas para ganar la primera vuelta, según Commerzbank Research, con más de un tercio de los votantes apoyándola. Entre sus propuestas económicas están limitar la inmigración, reducir el gasto en la UE, bajar el IVA en ciertos productos y restablecer la edad de jubilación a los 60 años. En el otro extremo, Jean-Luc Mélenchon, de La Francia Insumisa, propone cancelar la deuda francesa con el BCE, volver a jubilar a los 60, eliminar subvenciones a ciertas empresas y crear un impuesto sobre el patrimonio. Gave señala que ambas opciones, en esencia, prometen más gasto social o medidas difíciles de encajar con los tenedores de bonos. La alternativa es un bloqueo legislativo que retrase reformas urgentes. Y mientras tanto, la deuda sigue su curso.

Francia puede convertirse en el laboratorio donde Europa descubra que el Estado del Bienestar construido durante la segunda mitad del siglo XX no puede permanecer intacto en una sociedad distinta a la que lo creó. Menos trabajadores por pensionista, jubilaciones más largas, crecimiento potencial reducido y una deuda cada vez mayor obligan a repartir un coste que durante años se escondió detrás del endeudamiento. Mayer lleva el diagnóstico hasta una conclusión provocadora: Europa corre el riesgo de convertirse en «una residencia de ancianos para pensionistas pobres». Riès plantea que, ante una crisis francesa, Bruselas, el BCE y el FMI podrían terminar forzando a París a un ajuste que su política doméstica no ha sido capaz de acometer. Francia sería entonces mucho más que un problema francés. Sería el primer gran aviso de que Europa ya no puede prometer con la misma facilidad el Estado de Bienestar que financió durante la era demográfica y económica que lo hizo posible. Esto es un análisis económico, no una recomendación de inversión.

Datos clave
  • Francia paga más por su deuda que Grecia, Italia, España o Portugal.
  • El déficit público francés no baja del 5% del PIB desde hace seis años.
  • La deuda pública francesa ronda los 3,4 billones de euros y el ministerio de Finanzas admite 119,3% del PIB en 2026.
  • El tipo implícito de la deuda podría pasar del 2% en 2025 al 3,5% al final de la década según UniCredit Research.
  • El BCE avisa de que no habrá rescate automático: el TPI exige medidas nacionales.
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