La corrupción del PSOE no llena la calle ni rodea el Congreso
La protesta en España no se mide por la gravedad del caso, sino por quién lo protagoniza. Esa es la tesis que recorre una discusión de 107 respuestas abierta hace más de un año y que, lejos de agotarse, ha ido girando hacia un diagnóstico más incómodo: la calle ya no se mueve por escándalos, se mueve por intereses. Mientras el caso que salpica al entorno del PSOE se diluye en titulares, los mismos que clamaban contra la corrupción del PP guardan silencio. La pregunta no es si hay indignación, sino por qué se activa solo cuando conviene.
El doble rasero de la indignación selectiva
El argumento central que vertebra la conversación es que la corrupción ha dejado de ser un detonante social para convertirse en un arma arrojadiza según el color del partido. Se sostiene que cuando el caso afecta a la derecha, los medios y los colectivos activistas montan el circo mediático; cuando afecta a la izquierda, el asunto se convierte en un ruido de fondo que nadie amplifica.
La comparación más repetida es la del caso que afecta al entorno del PSOE frente a los escándalos que en su día cercaron al PP. La conclusión que se extrae es que la maquinaria de la indignación no es espontánea, sino que responde a una coreografía diseñada desde arriba. «Los movimientos sociales nunca surgen de abajo, siempre vienen comandados desde arriba», resume una de las intervenciones más citadas del hilo. Si ahora nadie se indigna, añade, es porque a los de arriba no les interesa que nadie se indigne.
Esa idea de la indignación teledirigida se refuerza con el recuerdo del Plan Hidrológico Nacional, que hubiera sido, según esta lectura, el gran avance del siglo XXI en España. El argumento es que la izquierda y los nacionalistas movilizaron a la gente contra un proyecto que cohesionaba el territorio y paliaba las sequías, no por razones técnicas, sino por cálculo político. La conclusión es amarga: la calle se mueve cuando conviene al relato, no cuando conviene al país.
Sindicatos, subvenciones y el ecosistema que sostiene el silencio
Otro de los focos del análisis apunta al papel de los sindicatos. Se recuerda que UGT y PSOE comparten fundador, Pablo Iglesias Posse, y se pregunta por qué las centrales se echan a la calle cuando la luz sube un 10% con un gobierno del PP y no lo hacen cuando sube un 300% con el PSOE. La respuesta que se da es que los sindicatos han sido hinchados a millones desde el gobierno y funcionan como correa de transmisión del partido.
La crítica se extiende al ecosistema de subvenciones que, según esta corriente, mantiene a medios, activistas y colectivos alineados con el poder. Se menciona el modelo estadounidense y se cita a Milei como ejemplo de lo que habría que hacer: cortar de raíz la financiación pública de estas estructuras. La idea de fondo es que la indignación tiene un coste y alguien lo paga.
Hay quien va más allá y sostiene que el PSOE ha construido un ecosistema perfecto para gobernar sin preocupación alguna: un partido opositor que va comprando su ideología poco a poco y hace de poli malo, cuatro o cinco partidos palmeros que se dejan vender a cambio de parcelas de poder regional, y una sociedad, instituciones y medios que siguen su batuta. El resultado es un partido de oposición contundente tildado poco menos que de antidemocrático y casi aislado.
La izquierda que no se manifiesta y la derecha que no milita
El análisis se desplaza después hacia la propia derecha. Se argumenta que a la derecha española no le gusta la política, herencia de una mentalidad creada durante el franquismo: no se manifiesta, no milita, no monta medios, no promueve artistas afines. Se cree que participar en política es seguir a determinados periodistas y amargar a la familia con charlas interminables. Esa mentalidad está cambiando en los jóvenes, pero probablemente sea tarde.
Frente a eso, se describe a la izquierda como una maquinaria de movilización permanente, con un grado de egolatría que la hace especialmente vulnerable a la burla. Se sostiene que hay una generación entera, la que creció a finales de los 70 y durante los 80, que es irrecuperable: cree que le debe su vida y su libertad al PSOE y a los reyes de España, y ha sido educada para odiar todo lo que huela a la derecha.
La conclusión que se extrae es que la derecha no pierde por falta de razón, sino por falta de músculo social. La izquierda tiene calle, medios y relato; la derecha tiene votos y silencio.
La corrupción como ruido de fondo: Abalos, Begoña y el caso que no cesa
El tramo final del análisis se centra en la corrupción concreta. Se menciona la salida de Abalos y el caso que afecta a Begoña Gómez, y se contrapone con los casos que salpican a la derecha: la familia de Ayuso, los contratos de sanidad de Moreno, la familia Feijóo con Eulen, los contratos con los implicados en la Gürtel que estaría gestionando Mazón. La conclusión es que todos roban, pero solo unos dimiten.
La diferencia, se argumenta, es que el PSOE tuvo que echar a Abalos o no lo vota ni dios, mientras que a la derecha le da exactamente igual porque tiene un electorado fanático y sumiso que se come la corrupción con agrado. Esa es, según esta lectura, la realidad que explica por qué unos casos llenan portadas y otros no.
Hay quien pide salir de la espiral de corrupción roja o azul y quien recuerda que el PSOE entró en el gobierno prometiendo regeneración, lucha contra la corrupción, evitar puestos políticos en la televisión y en los jueces y limitar los aforamientos. Ha incumplido tantas cosas que a veces nos olvidamos por qué entró en el gobierno.
¿Por qué no se convoca una huelga general contra la corrupción?
La pregunta sobrevuela el análisis: si la corrupción es sistémica y afecta a todos, ¿por qué no se convoca un paro total en toda España, que incluya dejar de pagar impuestos? La respuesta que se da es que la mitad vive de la paguita y la otra mitad está ahogada en sobrevivir, además de que muchos ya han sido pastoreados por embaucadores de turno y ya no se fían. Para eso sirven los disidentes, se añade con retintín.
El resultado es una ciudadanía que vota con los pies, que se va de España, y una calle que solo se mueve cuando alguien paga el alquiler de las pancartas. La indignación, concluye el análisis, se ha convertido en un producto de temporada: aparece cuando conviene y desaparece cuando estorba.
Con estos mimbres, la predicción es que la próxima gran manifestación contra la corrupción llegará cuando la corrupción tenga otro color. Si el caso afecta al PSOE, el silencio seguirá siendo ensordecedor. Si afecta al PP, la calle volverá a llenarse. No es cinismo: es el termómetro de la indignación selectiva.