Franco y la culpa de todo: el legado económico que aún divide
¿Es Franco el responsable de todos los males económicos de España? La pregunta recorre un debate de 113 respuestas que arranca con una acusación directa: «Su estúpida moral católica. Fusiló poco cuando tenía todo el poder. Perdonó demasiado». A partir de ahí, el asunto deriva hacia terrenos más concretos: la venta del país a Estados Unidos, el papel de los monárquicos en el crecimiento de los años cincuenta y la verdadera naturaleza del milagro económico español.
El punto de partida es una tesis incómoda:
la moral católica del régimen habría sido un lastre, no un freno. «Precisamente la moral católica es lo que hacía que la España de esa época fuera más funcional que la de ahora», replica otro mensaje, que añade un matiz determinista: «Un líder no puede ir contra corriente, si todo el país decide ser gilipollas ni el dictador más duro puede impedirlo». La discusión, por tanto, no es tanto sobre Franco como sobre
cuánto margen real tiene un gobernante para torcer la economía de un país.
El oro de Moscú y la venta a los yanquis
Uno de los episodios que más tinta hace correr es el de la ayuda exterior. «La república vendió su parte del país a la URSS a cambio de cuatro cacharros obsoletos de la primera guerra mundial», sostiene un mensaje, que sitúa el trueque como precedente de la dependencia posterior. La réplica no se hace esperar: «¿No acabas de decir vendió? Regaló fue lo que hizo el PSOE con el oro de los españoles». La acusación de
regalar el oro del Banco de España a la Unión Soviética se cruza con la de haber
vendido el país a Estados Unidos a cambio de pasta para mantenerse en el poder.
El intercambio de golpes esconde una pregunta de fondo:
¿fue la dependencia exterior una elección o una necesidad? «España se moría de hambre, solo faltaba que Franco rechazara ayuda humanitaria», zanja un participante, que recuerda que el país salía de una posguerra devastadora. La ayuda americana, por tanto, no sería una traición sino una tabla de salvación. Otros, en cambio, la leen como el precio de la supervivencia del régimen: «A cambio os regaló a los yanquis y a los woke», ironiza un mensaje que mezcla el pasado con el presente.
¿Cuándo empezó a crecer España de verdad?
La cronología del crecimiento es otro campo de batalla. «España empezó a crecer en los 50 cuando en el gobierno entraron monárquicos de apellidos compuestos», afirma un participante, que sitúa el despegue en la llegada de los tecnócratas. La respuesta es tajante: «España empezó a crecer en 1936. Cuando los españoles se levantaron en armas contra los rojos». La disputa no es menor:
se trata de decidir si el desarrollo español fue fruto del régimen o a pesar de él.
Hay quien va más allá y cuestiona la propia idea de milagro: «La escoria corrupta monárquica se dedicó a conspirar junto con los rojos para volver a saquear y expoliar España a las órdenes del traidor, putero y borracho don Juan de Borbón». El exabrupto, más allá de su tono, apunta a una tesis recurrente:
los Borbones serían la peste, y su llegada al poder tras la muerte del dictador habría dilapidado cualquier logro económico previo.
El perdón como cálculo, no como virtud
La idea de que Franco perdonó por moral católica se tambalea cuando se introduce el contexto internacional. «Franco dejó de fusilar en masa cuando vio que colgaron a Mussolini de los pies, no fuera él a acabar igual», sostiene un mensaje, que añade: «No fue su moral católica lo que le impulsó a perdonar sino la derrota en 1945 de sus correligionarios del Eje». La tesis, por tanto, invierte el planteamiento inicial:
no hubo clemencia, hubo miedo.
El argumento se refuerza con otro dato: «Si no es porque los aliados derrotaron al Eje habría seguido fusilando españoles en masa más allá de 1945 y si no es porque USA rescató al nuevo Estado en 1959 la aventura franquista habría acabado en un nuevo baño de sangre». La conclusión es que
la supervivencia del régimen dependió de factores externos, no de la magnitud moral de su líder. Una lectura que, paradójicamente, coincide con la de quienes defienden a Franco: ambos bandos le niegan el papel de arquitecto de su propio destino.
La sombra de la guerra civil en el debate económico
El trasfondo del conflicto bélico impregna cada intervención. «El gobierno formado en 1939 era un gobierno de centro-izquierda con un programa de centro-izquierda, pero el golpe ya estaba decidido desde el día uno», afirma un participante, que sitúa el origen del desastre en la conspiración previa. La respuesta no se hace esperar: «La CEDA ganó las elecciones de lejos y ni siquiera se atrevió a gobernar debido a las amenazas de golpe de Estado de la izquierda».
La legitimidad de cada bando se convierte así en el verdadero campo de batalla, con el crecimiento económico como telón de fondo.
La discusión deriva hacia terrenos más personales, con descalificaciones mutuas que poco aportan al análisis. «Usted es más feo que pegar a un padre y tiene micropene, da igual que tenga 18 que 88», escribe un participante, mientras otro responde: «Quién hambre tiene, con pan sueña». El intercambio, que se aleja del tema económico, refleja hasta qué punto
la discusión sobre Franco sigue siendo una herida abierta que contamina cualquier debate sobre el pasado.
El legado que no se cierra
La pregunta inicial —¿es Franco el culpable de todo?— queda sin respuesta. Unos sostienen que su moral católica lastró el desarrollo; otros, que fue precisamente esa moral la que sostuvo el país. Hay quien culpa a los Borbones de haber dilapidado el legado, y quien responsabiliza a la República de haber vendido el oro.
Cada bando tiene su propio relato y sus propios datos, pero ninguno logra imponerse.
Al final, la discusión se convierte en un espejo de la España actual: «Ahora Franco no podría imponerse porque España ya ha devenido en Sodoma y Gomorra», sentencia un mensaje, que mezcla el pasado con una crítica al presente. La culpa, al parecer, sigue siendo de Franco. O de los que vinieron después. O de los que votaron.
Nunca es de nadie en concreto.