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La izquierda clama (os) por…
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No hay dato electoral que demuestre que un bloque necesite eternamente a su contrario, pero sí una lógica política y económica que premia tener a alguien contra quien pelear. Quien no defiende lo suyo y espera que lo haga un tercero acaba, casi siempre, perdiendo el bien y ganando un acreedor.
Hay una tesis que circula con insistencia en las conversaciones sobre política: que un bando necesita al otro, y que el conflicto no es un accidente del sistema sino su combustible. Llevada al terreno español, sostiene que la derecha necesita una izquierda a la que combatir, porque sin adversario se queda sin relato que vender. No es una afirmación que se pueda demostrar con urnas. Es una hipótesis sobre incentivos, y como tal admite examen.
La intuición tiene siglos y no nació en una barra de bar. Toda organización política resuelve antes un problema práctico que moral: cómo hacer que gente que no se conoce actúe como si se conociera.
Mancur Olson publicó en 1965 «La lógica de la acción colectiva», un libro que explica por qué los grupos grandes rara vez se mueven: cada miembro espera que sea otro el que pague el coste. El enemigo común arregla ese problema. Es barato, se explica en una frase y ahorra leer un programa electoral entero.
El conflicto, además, no cuesta lo mismo para todos. El coste se reparte entre muchos y el beneficio se concentra en unos pocos, que son justo los que tienen incentivos para mantenerlo vivo. Olson ya avisó de esa asimetría: los grupos pequeños y bien organizados suelen ganarles la partida a las mayorías dispersas.
De ahí sale una conclusión incómoda para los dos lados: si el conflicto es un activo, hay gente a la que no le interesa que se resuelva. No porque sea mala persona, sino porque su posición depende de que la pelea siga abierta.
Thomas Hobbes escribió en 1651 en «Leviatán» que sin un poder por encima de todos la convivencia se convierte en una pelea permanente. La solución que propuso fue un tercero con fuerza suficiente para imponer reglas. El problema es qué pasa cuando ese tercero entra en el pleito antes de que la parte agraviada haya movido un dedo.
En 1797, Immanuel Kant trató en la «Metafísica de las costumbres» el derecho de necesidad, esa figura que invoca quien hace lo prohibido para salvar lo suyo. Lo interesante aquí no es el permiso, sino la deuda que genera. Quien no defiende lo que es suyo y espera sentencia ajena queda, según ese razonamiento, protegido y obligado a la vez.
El argumento tiene una parte que se sostiene y otra que se pasa de frenada. Se sostiene que la pasividad cambia la posición de quien la practica: pierde el bien y gana un acreedor. Se pasa de frenada al deducir que el juez inflige un daño mayor del que repara, porque eso convierte cualquier intervención en un abuso.
Aterrizado a la economía, el asunto se lee como un problema de incentivos y no de virtudes. Los conflictos largos destruyen capital, retrasan inversiones y encarecen todo lo que necesite acuerdos estables. Los conflictos cortos y controlados, en cambio, sirven para reorganizar el reparto sin que nadie tenga que firmar una rendición.
Nada de esto demuestra que la derecha o la izquierda necesiten eternamente a su contrario. Lo que muestra es que la pelea tiene dueño y factura, y que conviene preguntar quién cobra antes de preguntar quién tiene razón. Como todo esto roza pleitos y repartos, cualquier conclusión conviene contrastarla antes de darla por buena.
La izquierda clama (os) por…