El PIB de Alemania se contrae un 0,3% en el segundo trimestre
¿Cuánto ha caído realmente la economía alemana? La revisión del dato del segundo trimestre dejó el retroceso en el 0,3%, tres décimas peor que el 0,1% que se había estimado inicialmente. En el cómputo interanual, el crecimiento se quedó en un pírrico 0,2%. El dato, publicado por la oficina federal de estadística Destatis, desmonta la versión amable que se había vendido tras el repunte del 0,3% en el primer trimestre. Inversión, construcción y exportaciones netas lastraron la actividad.
De potencia industrial a economía estancada
La comparación duele. Hace no tantos años,
Alemania daba lecciones de austeridad a los países del sur de Europa mientras su industria automovilística dominaba el mundo. Hoy esa imagen se ha agrietado. El país que fabricaba coches para medio planeta se enfrenta a una realidad incómoda: su modelo productivo se ha quedado atrás.
La lista de trenes perdidos es larga. Telefonía, informática, semiconductores, inteligencia artificial. Alemania llegó tarde a todas. Mientras tanto, China ha dejado de ser el taller barato para convertirse en competidor directo en los sectores que fueron el orgullo alemán. Los coches de combustión que durante décadas fueron el motor de las exportaciones alemanas tienen un futuro incierto en un mundo que gira hacia lo eléctrico.
Hay quien sostiene que el problema viene de lejos y que la dependencia del gas ruso barato fue solo una pieza del rompecabezas. La política energética, la gestión migratoria y las decisiones industriales de los últimos años han dejado un país sin brújula. La pregunta no es si Alemania puede recuperar el liderazgo, sino si alguien en Berlín tiene un plan para intentarlo.
El impacto en España: ¿rescate o contagio?
La caída alemana no es un problema exclusivamente germano. Alemania es el principal socio comercial de España y el motor del eurosistema. Si la locomotora se apaga, los vagones notan el frenazo. Hay quien ya anticipa que España podría acabar rescatando a Alemania, una ironía que hace una década habría sonado a ciencia ficción.
El diferencial de competitividad se estrecha. Las empresas alemanas que durante años deslocalizaron producción a países del este buscan ahora refugio en mercados más baratos. La industria española, que ya sufrió su particular desmantelamiento, observa el panorama con una mezcla de schadenfreude y preocupación. Si Alemania estornuda, Europa se resfría. Y Alemania lleva meses con fiebre.
Las causas: energía, China y decisiones políticas
El diagnóstico no es unánime. Una corriente de análisis atribuye el desplome a la pérdida del gas ruso barato tras el estallido de la guerra en Ucrania. Otra apunta más alto: la competencia china, la transición energética mal gestionada y una clase política que priorizó la corrección ideológica sobre la estrategia industrial.
El cálculo más optimista asume que Alemania puede reconvertirse en líder de tecnologías limpias. El escenario pesimista parte de una premisa distinta: sin energía barata, sin semiconductores propios y con una burocracia que ahoga la innovación, el declive es estructural. Entre ambos extremos, una certeza: los datos de Destatis no admiten interpretaciones alegres.
La gestión de Angela Merkel recibe críticas desde ángulos opuestos. Unos la acusan de haber convertido Alemania en un país dependiente del gas ruso y de haber abierto la puerta a una inmigración masiva sin planificación. Otros defienden que su legado fue la estabilidad en un mundo convulso. Lo que nadie discute es que el relevo en la cancillería no ha traído mejores resultados.
¿Qué pasa con el empleo y la productividad?
El dato del PIB es la punta del iceberg. La población alemana ha crecido un 1,6% desde 2019, lo que significa que el PIB per cápita ha caído aún más. Más gente, menos producción. La productividad, ese mantra que los economistas repiten hasta la saciedad, se ha estancado.
El mercado laboral resiste gracias a la inercia de décadas de bonanza, pero los indicios de agotamiento se multiplican. Las empresas industriales anuncian recortes, las inversiones se posponen y el consumo interno no despega. La confianza empresarial, ese termómetro que anticipa lo que vendrá, lleva meses en zona de pesimismo.
El futuro: ¿reforma o decadencia?
Alemania necesita una revolución económica. Adaptar su industria al siglo XXI, diversificar sus fuentes de energía, reformar su sistema educativo y atraer talento en sectores clave. El problema es que ninguna de esas cosas se hace en un trimestre. Y el tiempo, en economía, es un recurso tan escaso como el gas.
La opción de que Europa actúe como una sola nación, coordinando políticas industriales y energéticas, suena razonable sobre el papel. En la práctica, cada país mira por lo suyo. Mientras tanto, el mundo sigue girando y los competidores no esperan. China invierte en IA, Estados Unidos atrae capital y talento, y Alemania sigue discutiendo si el problema es Merkel o Scholz.
Al final, la pregunta que flota en el aire es incómoda: si la economía más sólida de Europa lleva cinco años sin crecer, ¿qué le espera al resto? La respuesta, por ahora, la da Destatis con una frialdad que asusta: un 0,2% interanual. Casi nada.