Precios récord y hoteles a medio gas: el verano que tensa el turismo
¿Cuánto puede subir un precio antes de que el cliente deje de venir? Esa es la pregunta que sobrevuela un verano en el que los hoteles españoles han vuelto a disparar sus tarifas —más del doble que hace cinco años en algunos casos— mientras la ocupación se queda a duras penas por encima del 50% en muchos establecimientos. El diagnóstico que abre la conversación es rotundo: se ha pretendido convertir las vacaciones cotidianas en un producto exclusivo, y el mercado empieza a responder con menos pernoctaciones, estancias más cortas y menos turistas extranjeros.
Los restaurantes, en cambio, siguen llenos. Con precios un 30% superiores a los de hace cinco años, la gente no ha dejado de salir a comer y cenar. El ajuste se ha hecho por la vía de los extras: playas, visitas y ocio registran menos actividad. La foto es la de un turista que no renuncia al menú del día pero recorta todo lo que puede recortar alrededor.
El gasto sube, las pernoctaciones no
El dato que más se repite en el análisis es el desacople entre visitantes y turistas. Los registros oficiales muestran un aumento del gasto turístico —un 7,2% interanual en el primer trimestre, según las cifras que se citan— pero ese incremento se explica por el precio, no por el volumen. Las pernoctaciones apenas progresaron un 1,8% en julio respecto al año anterior, y la ocupación hotelera se estancó mientras los precios crecían un 5%.
Hay quien sostiene que el aumento del gasto es una buena noticia y que el sector está haciendo justo lo que se le pedía: subir precios para captar un turista de mayor poder adquisitivo. En contra pesa el argumento de que España no compite en el segmento de lujo, sino en el de masas. Es el país con más camas hoteleras del mundo, y no puede permitirse tarifas de Suiza con una infraestructura pensada para volumen.
La contradicción se agudiza cuando se mira el detalle. Los hosteleros de Baleares calculan que el negocio ha caído un 30% este verano, con estancias que se han acortado hasta una media de cinco días. El gasto total puede aguantar por la vía del precio, pero el margen se estrecha cuando el cliente reduce días y extras.
¿Por qué se ha encarecido tanto el verano en España?
La respuesta corta es que los costes han subido en toda la cadena y los márgenes se han defendido subiendo tarifas. La respuesta larga tiene que ver con una inflación que se ha comido el poder adquisitivo de los salarios y con una estructura de costes —energía, personal, suministros— que no ha vuelto a los niveles previos. El resultado es un turista nacional que cada vez puede permitirse menos noches y un turista extranjero que compara y encuentra alternativas.
La comparación internacional aparece una y otra vez. Un viaje completo a un hotel de cinco estrellas en Estonia, con avión y ferry incluidos, puede salir más barato que una semana en un resort de Cádiz. La República Checa permite estancias de un mes para dos personas por el precio de unos días en una isla española. No es una anécdota aislada: es el nuevo paradigma que algunos ya están aprovechando mientras la mayoría sigue mirando precios en la misma web de siempre.
El turista que se quería y el turista que llega
Durante años se ha repetido que había que cambiar el modelo: menos turistas de bocadillo, más turistas con dinero. Se han tomado medidas para desincentivar el turismo de bajo gasto, se han aprobado restricciones al alquiler vacacional y se han multiplicado los mensajes de rechazo al visitante masivo en ciudades como Barcelona o Palma. Ahora que los precios han hecho parte de ese trabajo, surge la queja por la caída de la ocupación.
La paradoja no se le escapa a nadie. Se quiere un turismo que pague más y moleste menos, pero cuando el precio expulsa también al que pagaba, el negocio se resiente. Y en medio del debate, la cifra que descoloca: España sigue siendo el segundo país receptor de turismo del mundo, con más de 60 millones de visitantes internacionales hasta julio. El volumen no ha desaparecido; lo que ha cambiado es cuánto gasta cada uno y cuántos días se queda.
El riesgo de romper la gallina
La advertencia que cierra el análisis inicial es la que más recorrido tiene: si el turismo y la automoción —dos de las tres principales industrias del país— entran en crisis a la vez, arrastran a la tercera, la construcción. El escenario no es una predicción, es una hipótesis que se maneja con preocupación. La próxima subida de precios, se argumenta, puede dejar el negocio como un solar.
No todo el mundo comparte el pesimismo. Hay quien señala que la avaricia es un motor económico tan viejo como el comercio y que, si una temporada falla, la siguiente se ajusta. También hay quien recuerda que las pérdidas son pérdidas: si no entra caja suficiente, no se pagan proveedores ni sueldos, y el quiosco cierra. Para siempre, a veces.
La ironía final la firma el bolsillo de cualquiera que haya mirado precios este año: con estos diferenciales, lo raro no es que baje la ocupación. Lo raro es que alguien siga pagando 700 euros por una habitación en temporada baja y salga contento.