El bosque no está sucio: el mito que justifica talas y fuegos
Un bosque no es un jardín al que pasar la mopa. Esa es la tesis que abre una discusión de 140 respuestas y 409 días de vida: la idea de que el monte está «sucio» y hay que «limpiarlo» no describe ningún problema ecológico real, sino que sirve de coartada a quienes talan y queman para hacer negocio. El planteamiento sostiene que ramas secas, matorral y hojarasca no son basura, sino el
ciclo de la naturaleza: el material que se degrada y produce tierra fértil, y el refugio donde vive la fauna. Bajo esa lógica, un bosque solo arde por una razón: alguien le mete fuego.
La discusión no tarda en partirse en dos. Frente a la defensa del ecosistema como está, aparece el argumento técnico: los montes españoles son en gran parte
repoblaciones de pino con densidades altísimas, acumulación artificial de piñas y agujas secas, y sin grandes herbívoros autóctonos que consuman la maleza. Es decir, un paisaje intervenido durante siglos, no una selva virgen.
¿Por qué se dice que el bosque está sucio?
La respuesta corta: porque conviene. Quien defiende esa etiqueta la usa para justificar contratos de tala, venta de madera y supuestas labores de limpieza que acaban siendo un negocio. El argumento central del planteamiento es que las administraciones no son las que trincan, sino que hay intermediarios que presionan para que se les pague por retirar biomasa en invierno o por actuar como retenes contra fuegos que, según esta lectura, ellos mismos contribuyen a provocar.
Hay quien lleva el razonamiento más lejos: el concepto de «bosque sucio» es una
patraña y un insulto a la inteligencia. Lo único sucio de un monte, se dice, son los plásticos, los papeles y los perdigones que dejan quienes lo visitan a tiros. La comparación que se repite es la de un chalé con jardín: el propietario que compra una parcela con árboles y flores aromáticas y lo primero que hace es arrasarlo para dejarlo «limpio».
El pino, la maleza y el fuego: qué dice la versión técnica
La objeción más sólida llega desde el lado forestal. En España apenas quedan bosques naturales: todo ha sido alterado por el hombre durante milenios. Los pinares actuales son en buena parte resultado de repoblaciones masivas, con más de
10.000 pies por hectárea en algunos casos, sin tocar desde hace décadas. Esa densidad extrema, unida a la resina, las piñas y las agujas secas, convierte el monte en un polvorín. No es suciedad: es combustible acumulado.
A eso se suma la ausencia de grandes rumiantes autóctonos. Uros, bisontes y ciervos en abundancia ya no existen, y su función de desbroce la ha asumido históricamente el hombre. Cuando esa gestión se abandona, el matorral crece sin freno. La ganadería extensiva, que antaño mantenía a raya la broza, se ha ido apagando: la trashumancia, los pastos de verano y la vida de pastor han sido sustituidos por instalaciones intensivas donde el ganado nace, crece y muere sin pisar el monte.
¿Es el fuego parte del ciclo natural?
Sí, responde una parte de la discusión, y ahí está el matiz que rompe la dicotomía. El fuego forma parte de la dinámica de muchos ecosistemas. Lo que no es natural es la frecuencia ni la intensidad actuales, ni que detrás de cada ignición haya un interés. La discusión se encona justo aquí: unos defienden que ningún bosque se quema solo, otros recuerdan que el rayo también enciende, y una tercera posición apunta a que el problema real es la combinación de combustible acumulado, abandono rural y manos criminales.
El paisaje que se dibuja en el intercambio es el de un país que dejó de gestionar el monte sin dejar de vivir de él. Los cortafuegos que antes abrían los lugareños ya no se hacen. Las lindes que limpiaba el agricultor por interés propio se han perdido. Y mientras tanto, la etiqueta de «sucio» sigue circulando como excusa para intervenir donde no toca y no intervenir donde haría falta.
La fauna que se llama alimaña
Otro frente del debate es el trato que recibe la fauna. Cuando en un monte hay conejos o jabalíes, la reacción automática de cierto sector es calificarlos de
alimañas y organizar batidas. El concepto de alimaña, se argumenta, define a un animal que por su volumen o comportamiento se vuelve dañino para el entorno: el conejo en el medio rural, el cangrejo americano en el fluvial, la cotorra en la ciudad. El problema es que sin depredadores naturales —zorros, búhos, rapaces— las poblaciones se descontrolan y arrasan el resto de especies.
La paradoja es evidente: se elimina al depredador, se multiplica la presa, y luego se culpa a la presa de ser una plaga. Y en el medio de todo esto, el monte sigue ardiendo.
¿Qué se puede hacer con los montes españoles?
Las propuestas que circulan van desde lo drástico hasta lo razonable. En un extremo, zonas de exclusión humana al estilo de Chernóbil. En el otro, sustituir progresivamente los pinares por especies menos inflamables —robles, hayedos, encinas— y recuperar la gestión tradicional: pastoreo, cortafuegos, desbroce selectivo. Nadie propone barrer el bosque con escoba, aunque alguien lo ironice.
Lo que sí aparece con fuerza es la sospecha sobre las soluciones de mercado. Cualquier programa de «limpieza» financiado con dinero público acaba, según esta lectura, en manos de los mismos que talan y queman. La desregulación económica se combina con la intervención sobre la naturaleza: se pide libertad para el negocio y control férreo sobre el monte.
El debate no se cierra. Queda la pregunta incómoda: si el bosque no está sucio, si el fuego casi siempre tiene mano humana y si la gestión tradicional se abandonó, ¿por qué seguimos discutiendo si hay que limpiarlo en vez de quién lo está quemando?