La curva de Philips y el espejismo del empleo
La economía va bien. O eso dice el relato. El argumento que sostiene la tregua es la vieja curva de Philips: cuando la inflación repunta, el paro cae de forma ostensible porque la demanda de bienes tira del
empleo, el empleo engorda los sueldos y el consumo retroalimenta el ciclo. Es la etapa de
vino y rosas, según la formulación que abre la discusión. Y añade el remate: a largo plazo esa misma dinámica destruye la economía, encarece la producción y devuelve el paro. Disfrutarla mientras dure, porque después viene lo feo.
El problema es que la curva de Philips tiene casi setenta años y el mundo que la vio nacer ya no existe. Un paper de 1958. Ese es el año que se cita para recordar que la relación entre inflación y desempleo dejó de comportarse como un reloj suizo en los setenta, cuando aparecieron episodios de precios al alza con empleo a la baja. Estanflación, se llama. Y hay quien sostiene que es exactamente lo que hay ahora, no una curva amable.
¿Por qué sube todo si no hay más demanda?
La primera grieta del relato es el origen de la inflación. El planteamiento inicial asume que los precios suben porque la gente consume más. La objeción más repetida apunta a lo contrario: la inflación es de costes, de materias primas y de energía, con problemas de logística de por medio. Si el encarecimiento viene del lado de la oferta, la conclusión se invierte: sobran empleos, no faltan. Y el paro que baja no sería síntoma de vigor, sino de que el mercado laboral no ha digerido todavía el golpe.
Ahí entra el detalle incómodo: el empleo público. Si buena parte de los puestos creados salen de las cuentas del Estado y no de la actividad privada, la curva pierde su sentido. La pregunta que se lanza es sencilla: si más de la mitad de ese empleo es público, ¿qué mide exactamente la curva? El indicador estrella se queda sin su mecanismo causal.
El IVA que crece sin subir impuestos
Hay un dato que descoloca a quien mira solo los tipos. La recaudación por IVA se dispara aunque el tipo no haya subido en los alimentos y la electricidad, e incluso con rebajas temporales en vigor. La explicación es aritmética: el impuesto es un porcentaje del precio, y si el precio sube, la caja pública engorda sola. No hace falta tocar un solo tramo. Basta con que la cesta de la compra se encarezca.
A partir de ahí, la discusión se enreda en la presión fiscal real. Un sueldo que sube menos que los precios puede acabar pagando más IRPF porque el tramo se aplica sobre una nómina nominalmente mayor. A eso se suman tasas municipales, peajes, basura, agua, catastro y figuras nuevas como el impuesto al azúcar o al plástico. La conclusión que se repite: los impuestos suben aunque nadie los haya subido.
El coste de la vida como termómetro real
El indicador que la gente usa en la cola del supermercado no es la tasa de paro. Es el precio de una sandía en julio, que se ha convertido en el símbolo involuntario de la etapa de vino y rosas. Diez euros por una pieza. Ocho euros el litro de aceite. El vino decente por encima de los dieciséis y las rosas a diez euros la unidad, con lo que sale el polvo por un pico. La ironía se escribe sola.
Frente a eso, la renta per cápita. El argumento es que el empleo nunca fue un medidor fiable y que la renta por habitante sí lo es, y esa ha caído de forma ostensible. El sueldo medio se hunde por debajo de la pensión media, mientras la deuda pública financia consumo presente sin riqueza nueva detrás. Doce mil millones en pensiones con cargo a deuda es el ejemplo que se pone: dinero creado para que se gaste al precio que sea. Exceso de demanda, más dinero circulando, inflación.
Tipos al 5,5% y el enfriamiento que viene
La política monetaria aparece tarde en la conversación, pero aparece. Los bancos centrales han llevado los tipos hasta el 5,5% para enfriar la economía, y lo hacen sabiendo que destruyen empleo. Les da igual, se sostiene. La subida de tipos copia al banco central estadounidense y a partir de ahí toca bajar. Los PMI no acompañan, la inflación subyacente sigue alta y los tipos están cerca del techo para no provocar quiebras bancarias. La revisión a la baja del PIB ya está sobre la mesa.
El escenario que dibujan los más pesimistas no es una recesión de manual. Es endeudamiento creciente, consumo que se agota, despidos masivos y más recesión. El fin del petróleo barato, la falta de visión en el gas natural y una población envejecida sosteniendo un sector geriátrico turístico. Y una advertencia que suena a profecía: para comprarse un coche en el futuro habrá que ser ingeniero superior.
La desigualdad como variable oculta
Hay un matiz que atraviesa todo el análisis y que rara vez entra en los modelos. La economía es bipolar. La desigualdad crece y con ella la distancia entre quien nota la inflación en la cesta de la compra y quien la nota en la cuenta de resultados. El consumo agregado puede aguantar mientras una parte de la población se descuelga. El indicador macro no lo ve.
Y una pregunta que queda flotando: si la teoría describe países del primer mundo, ¿aplica en economías con la productividad estancada y el mercado laboral fragmentado? La respuesta no está en el paper de 1958. Tampoco en los titulares.
Con estos mimbres, la predicción razonable es que la tregua dure menos de lo que promete el relato. Los tipos ya están altos, la demanda se enfría y el empleo público no sostiene una curva para siempre. Cuándo se rompe el espejismo es la parte que nadie firma.