Rendir al 20% y llevarse los bonus: el chollo de los mayores de 30
Un profesional con años de experiencia sostiene que trabaja al
20% de su potencial: cumple el horario que marca la ley, entrega lo justo que se le exige y, aun así, se lleva todos los bonus. Sus compañeros más jóvenes —los que pulverizan los procesos de selección y pueden rendir como alguien con veinte años de oficio— no hacen lo mismo. La conclusión que extrae es discutible: no son peores. Son mejores que él y no les da la gana jugar a ese juego.
A partir de ahí el diagnóstico se dispara en dos direcciones opuestas. Una parte lo lee como un síntoma del
talento joven; otra, como un problema de quien lo cuenta. Casi nadie se queda en el medio.
La tesis: aportar valor frente a lucir lo que uno sabe
El planteamiento de partida es que la gente joven trabaja en lo que le interesa dentro de los objetivos de la empresa, exige que se le reconozca el mérito y, si no llega, se marcha o pasa de enterarse de cómo funcionan los procesos y la jerarquía. El ejemplo es llamativo: hay quien lleva un año en la casa y no sabe quién es el manager de su manager.
Frente a eso, el relato del veterano es que él aporta valor donde hace falta, no donde le apetece, y que ahí está toda la diferencia. La consecuencia que saca es dura: por mucho talento que entre, las empresas de estructura clásica no interesan a las generaciones nuevas.
En medio de la discusión aparece un dato incómodo. Quien dirige un equipo de unas
30 personas, en su mayoría jóvenes, sostiene que el
60% toma ansiolíticos o arrastra problemas de ansiedad. Su lectura es que el chollo de los que hoy tienen entre 30 y 40 años es viejo y simple: en el país de los ciegos, el tuerto es el rey.
¿Por qué se culpa a la falta de atención y no al sistema?
La atención es uno de los diagnósticos que más se repiten. Un ingeniero de 46 años afincado en Alemania lo describe sin paños calientes: mantener una conversación que vaya de A a B y de B a C se ha vuelto una prueba insuperable para muchos de sus compañeros jóvenes. No lo tiene claro: internet podría haberles frito el cerebro, o la injerencia política de las últimas décadas, o una combinación de ambas.
La explicación opuesta no niega el síntoma, pero le cambia el origen. La concentración es un esfuerzo, y si nadie te ha enseñado a sostenerlo, cuesta el doble. Hace cuatro décadas el profesor era una figura con autoridad que, junto a los padres, exigía rendimiento; hoy esa autoridad se ha diluido.
Hay un caso que ilustra el choque mejor que cualquier teoría. Alguien resume una reunión en un correo de
27 líneas y seis párrafos, con los pasos a seguir y la respuesta a cada posible variación de la situación. La reacción que se encuentra no es un debate sobre el contenido, sino la queja por lo largo del mensaje. El canal está roto en los dos sentidos.
El pico de rendimiento no está donde se dice
Quien selecciona personal para formar equipos discrepa del relato generacional. Su conclusión es que el pico de rendimiento, conocimientos y capacidad de aprendizaje no está a los 25, sino a los 40, y que los de 30 andan más pendientes de otras cosas. De ahí la broma incómoda: los 30 son los nuevos 20 y los 40 son los nuevos 30.
Hay quien añade otra capa. En sus treinta, con ofertas por todas partes, sostiene que esta es la edad dorada laboral y que el talento joven simplemente no ha madurado todavía; la tendrá, dice, en diez años. Y una tercera voz reparte el mapa completo: los mejor preparados serían los millennials, los que hoy rondan los 40 parten el bacalao en su sector, y buena parte de los boomers sigue sin manejarse en idiomas ni informática.
El sustrato que nadie mira: oficios, crisis y sueldos
Buena parte del desencuentro se explica fuera de la oficina. Quien trabaja en la obra, la carpintería, la cadena de fábrica, el campo, la siderurgia o la pesca opina justo lo contrario sobre los jóvenes, y esos perfiles apenas aparecen en este tipo de conversaciones. Su lectura es que quien tiene un chollo es el chaval de 20 años dispuesto a ensuciarse las manos en un oficio.
El contexto económico empuja en la misma dirección. En arquitectura e ingeniería se encadenan recortes desde 2008, hasta el punto de que el máster de profesorado se ha llenado de técnicos rebotados del mercado. No es un problema de disciplina: es que las profesiones sin enchufe que permiten una carrera digna se cuentan con los dedos.
Hasta el proceso de selección se resiente. Quien corrige pruebas de acceso para una empresa del IBEX describe siempre lo mismo: nadie se esfuerza lo mínimo. Hay diez requisitos fáciles de cumplir y rara vez se ven más de seis, con errores de bulto en la presentación.
Un argumento que no cuadra del todo
El reverso de todo esto es incómodo para los dos bandos. Hay quien recuerda que a los 50 y a los 60 años también hay incompetentes, y que lo han tenido muchísimo más fácil. Y hay quien sostiene que la juventud siempre fue alocada, pero que antes espabilaba cuando tenía un objetivo concreto: coche, vivienda, familia. Ahora, dicen, ese motivo se ha esfumado.
Con ese cóctel —mejor formación bruta en un lado, menos incentivos en el otro—, la pregunta ya no es quién rinde más. Es cuánto tiempo puede sostenerse una empresa en la que los que más saben se marchan y los que se quedan van a lo mínimo.
La cuenta no cierra. ¿Y si el chollo no fuera de los seniors, sino de quien diseñó las reglas que premian al que no se sale del guion?