«Los MENA harán brillar la sociedad», dice Intxaurrondo
Una frase basta para incendiar un tema que lleva años enquistado. La periodista de RTVE Arantxa Intxaurrondo sostuvo que los menores migrantes no acompañados van a ser «un motor para la sociedad» y que harán que esta sociedad «brille». La declaración, difundida en redes, se convirtió en el detonante de una discusión que mezcla inmigración, seguridad y dinero público, y que en cuestión de horas pasó de la ironía al dato duro.
El primer golpe de efecto llegó con una propuesta tan simple como incómoda: si los MENA son ese motor, que quien lo defiende los acoja en su casa y compruebe el resultado. La ocurrencia, repetida hasta la saciedad, resume el escepticismo de fondo. No es un rechazo abstracto a la inmigración: es la sospecha de que quien predica la solidaridad rara vez la practica en su propio portal.
Qué son los MENA y por qué generan este debate
Los MENA son menores de edad que llegan solos, sin tutor legal, y quedan bajo tutela de la administración. Su acogida se reparte entre comunidades autónomas y su coste lo asume el erario público. Ese es el nudo del asunto: no se discute solo un principio moral, sino quién paga, cuánto y con qué resultados.
En el intercambio aparecen reproches hacia el reparto de competencias y hacia el trato informativo del fenómeno. Se afirma que RTVE ocultaría la nacionalidad de determinados delincuentes extranjeros, un extremo que se lanza sin prueba y que conviene leer como lo que es: una acusación de parte, no un hecho establecido. La crítica al ente público se mezcla así con la crítica a la política migratoria.
El dinero público como munición del debate
La conversación se vuelve más concreta cuando entra la cifra. Se menciona que una ONG que alojó a migrantes en un hotel de Guardamar habría recibido más de 50 millones de euros del Gobierno en 2022. El dato, repetido como argumento, apunta a una industria de la acogida que mueve presupuesto y contratos.
A partir de ahí el tono se endurece. Hay quien sostiene que existe un incentivo económico para que el flujo no se detenga, y quien responde que confundir gestión con negocio es una simplificación interesada. El cálculo completo, con las partidas y los beneficiarios, es el tipo de material que solo se encuentra en la fuente original.
Los sucesos que alimentan la polémica
El hilo va acumulando episodios: una agresión en el cercanías, un apuñalamiento, peleas en locales de ocio, un menor agredido en Alemania. Cada caso se presenta como prueba de la tesis contraria al discurso oficial. La selección es deliberada y el sesgo, evidente, pero el goteo de noticias explica por qué el mensaje de que todo va a brillar suena tan lejano a una parte de la población.
Frente a eso, la defensa de la acogida se apoya en la obligación legal y en la condición de menores de los implicados. La discusión se atasca en ese punto: unos hablan de seguridad y otros de derechos, y casi nadie concede nada al adversario.
El turismo y la imagen exterior, en el mismo saco
Otro frente que aparece es el turístico. Se argumenta que la inseguridad percibida termina espantando visitantes, mientras se recuerda que el país vecino bate récords de llegadas. La comparación se usa como advertencia económica: si la imagen se deteriora, el daño se mide en pernoctaciones y empleo.
La conexión entre seguridad y sector servicios no es nueva, pero aquí se plantea como consecuencia directa de las políticas de acogida. Es una hipótesis, no una relación demostrada, y como tal conviene tratarla.
Por qué la frase de Intxaurrondo incomoda tanto
El problema no es la palabra «brillar», sino quién la pronuncia y desde dónde. Una periodista de la televisión pública defendiendo la integración como motor económico choca con la percepción de una parte de la audiencia que asocia la llegada de menores con conflictos concretos. La brecha entre el discurso institucional y la experiencia cotidiana es el verdadero tema.
¿Cambiará algo? Con estos mimbres, poco. El mensaje oficial seguirá apelando a la solidaridad y la calle seguirá pidiendo cuentas. Nadie ha explicado todavía cómo se mide ese brillo, ni quién asume el coste cuando no llega.