El dólar rompe su correlación inversa y el mundo busca alternativas
Hay una anomalía que los manuales no explican. Por primera vez, el dinero está saliendo a la vez de la bolsa estadounidense y de su deuda pública. La correlación inversa entre ambos mercados —ese péndulo que durante décadas permitió a los gestores dormir tranquilos— se ha roto. En economía, eso equivale a que la gravedad deje de funcionar: no es una corrección, es un cambio de régimen.
La tesis que recorre el análisis financiero estos días es que la deuda de EE. UU. se ha convertido en una bola de nieve imposible de sostener. El intento de tapar el agujero con aranceles —bajo el paraguas de un «America First y que el resto arda»— se ha topado con la resistencia del resto del mundo y con los tribunales del propio país, que han atado en corto al ejecutivo. Y si se intenta recortar gasto, la base electoral que sostiene al gobierno amenaza con montar una revolución con gorras rojas.
¿Qué pasa cuando el emisor de la moneda de reserva imprime sin freno?
La conclusión que se impone es la de siempre, pero más bestia: imprimir dinero. Un quantitative easing descomunal para pagar la deuda con papelitos. Solo que esta vez el truco puede no colar. El mundo empieza a estar hasta el gorro de la farsa, y cuando la confianza se rompe, la hegemonía se va detrás. El escenario que se dibuja es un mundo multipolar:
dólar, euro, yuan y algunas monedas refugio como el franco suizo o el yen. El bitcoin, para los criptoevangelistas de TikTok.
La evidencia que se cita es la congelación de activos rusos. Ese gesto rompió algo que se entendía sagrado. China comprendió que los bonos acumulados durante años solo tenían valor en la medida en que se sometiese a las directrices políticas de Washington. ¿Qué incentivo tiene ahora para seguir vendiendo mercancías a cambio de bonos si pulsando un botón se los pueden desactivar? La tendencia es clara: los inversores institucionales empiezan a huir, no solo de los bonos, sino también de las acciones norteamericanas. Eso sí que es inédito.
¿Por qué se cuestiona que el dólar siga siendo la única moneda de reserva?
El argumento tiene precedente histórico. En 1965, Valéry Giscard d'Estaing, entonces ministro de finanzas de Francia, acuñó la expresión «privilegio exorbitante» para criticar el beneficio que obtenía EE. UU. por ser emisor de la moneda de reserva. Fue la Francia de De Gaulle la que exigió el pago de la deuda en oro tras la guerra de Vietnam. La respuesta de Washington no fue caprichosa: De Gaulle fue una molestia tolerada porque Francia formaba parte de la primera línea de defensa occidental frente al bloque soviético. En otros contextos, cuando el equilibrio global lo permitía, no hubo indulgencia: Saddam Hussein fue eliminado tras atreverse a desafiar el monopolio del dólar en el comercio petrolero, y Muamar el Gadafi corrió la misma suerte cuando propuso una alternativa.
La réplica más sólida a la tesis del colapso es que EE. UU. no está en buena situación, pero está en mejor situación que el resto. Como resume un análisis recurrente: mientras el mundo siga contando en dólares, el dólar manda. La inflación que se genere la absorberán todos a escote. Los chinos, por su parte, estarían cómodos en la oposición, como segundones, sin asumir el coste de sostener el sistema.
¿Dónde invierte el que no se cree el relato?
La respuesta que se impone es valores defensivos e industriales en bolsa europea. Pero con matices: nada que pueda ser sustituido por una imitación low cost. Siemens, Air Liquide, Schneider, Eiffage, Vinci, Munich Re, Axa, Allianz, Danone. Empresas que venden lo que los fabricantes chinos aún no saben copiar: infraestructuras complejas, procesos industriales con barreras de entrada. Fuera quedan las que compiten con productos de bajo coste, como Inditex, H&M o Philips. En EE. UU., solo si el activo merece muchísimo la pena. Y oro, para quien duerma bien con lingotes debajo del colchón.
El sector del automóvil europeo es el ejemplo de manual de lo que no hay que tocar. Un fabricante alemán con PER de 7 puede parecer una roca, hasta que se comprueba que la roca está en medio de una autopista por donde vienen modelos chinos a 300 por hora. La chinificación no es una amenaza: es una realidad. La gente compra coches como quien compra lavadoras: si funciona un tiempo y es barato, adelante. En China, más del 50% de las ventas de vehículos ya son eléctricos, y por cada coche se venden tres o cuatro motos, prácticamente todas eléctricas. En dos o tres años, los coches de gasolina podrían no llegar al 10% de las ventas.
El consumo americano se agrieta por dentro
La perspectiva de quien vive en EE. UU. añade un dato que no sale en los titulares. La subida de precios ha sido brutal y ha dejado al consumidor KO. Con el aumento de población —2,6% oficial, probablemente cerca del 4% real con las fronteras abiertas durante la administración Biden—, el consumo per cápita está descendiendo por primera vez en mucho tiempo. El clima social, eso sí, se ha calmado tras las elecciones: los contrarios aceptan que no es el fin del mundo y los favorables que no les van a solucionar sus problemas.
Las CBDC no son la solución, son el mismo sistema con otro envoltorio
Hay quien sostiene que todo esto es teatro planificado para dar la bienvenida a las CBDC como nueva salvadora, con cadenas blockchain que impedirán el endeudamiento infinito y la corrupción. La respuesta es que las CBDC no son ninguna revolución: son moneda fiat con representación digital, una simple evolución del dinero de mentira que ya usamos, solo que ahora con control absoluto y vigilancia total. No arreglan nada del sistema financiero actual porque son el sistema. La mayoría lo aplaudirá convencida de que así se para a los especuladores, se protege a los débiles y se evitan nuevas crisis. Puro teatro para masas que no entienden lo que aplauden.
El cierre lo da la propia evolución del debate: la deuda estadounidense pasó a ser un problema desde que el actual presidente ganó las elecciones. Los años anteriores, cuando se le daba a la impresora, a los mercados no les importaba. Ese detalle, más que cualquier gráfico, explica por qué la farsa del dólar ya no cuela.