Milán investiga presuntos safaris humanos en Sarajevo
La Fiscalía de Milán ha abierto una investigación sobre un caso que devuelve a la primera plana la avenida de los francotiradores de Sarajevo, la ciudad sitiada entre 1992 y 1996 por las milicias serbobosnias. Según las informaciones que circulan, agencias de viaje italianas habrían organizado desplazamientos para que personas adineradas pudieran disparar desde las colinas contra los transeúntes. El precio de la experiencia: entre
80.000 y 100.000 euros. Por disparar a niños se pagaba más.
El asunto llega con un problema de fondo que atraviesa todo el caso: la condición de
presunta. No hay detenidos, no hay condenas y la propia Fiscalía está en fase de investigación. Eso no ha impedido que el nombre de Sarajevo vuelva a asociarse a una de las prácticas más sórdidas que se pueden imaginar en un conflicto armado.
Qué se sabe de la investigación de Milán
El punto de partida es una investigación judicial en Italia. La Fiscalía de Milán trabaja sobre la hipótesis de que existieron
viajes organizados durante el asedio de Sarajevo para que ciudadanos extranjeros, con alto poder adquisitivo, pudieran disparar contra civiles desde posiciones serbobosnias. La cifra que se maneja como tarifa base ronda los
80.000 euros, y subía si el objetivo era un menor.
La noticia ha reabierto un debate que en Italia tiene precedentes. Ya en los años noventa, algunos medios italianos publicaron informaciones sobre agencias de viaje que ofrecían visitas a los puestos de francotirador. Aquellas informaciones nunca se confirmaron judicialmente. Ahora, tres décadas después, la Fiscalía de Milán vuelve sobre esa pista.
Hay una discrepancia notable entre lo que dice la investigación y lo que recuerdan quienes estuvieron allí. El escritor y periodista
Arturo Pérez-Reverte, que cubrió el conflicto, ha declarado públicamente que nunca oyó hablar de ese tipo de viajes organizados. «Allí nunca oí hablar de eso», ha señalado, añadiendo que otra cosa es que algunos individuos fueran a combatir por libre o pagados. La periodista
Maite Rico, también testigo directo, ha calificado la versión de los safaris de millonarios como poco creíble.
Quién pagaba y por qué el foco apunta a los ricos
El perfil económico del presunto comprador es el elemento que más ha llamado la atención. No se trata de militares, ni de ideólogos, ni de voluntarios extranjeros integrados en milicias. Se trata de
personas con capacidad de pagar entre 80.000 y 100.000 euros por una experiencia de fin de semana. Eso sitúa el caso en un terreno distinto: el del turismo extremo para gente muy adinerada.
Ese detalle ha generado una corriente de análisis que subraya el sesgo de clase del asunto. Mientras la atención mediática se centra en etiquetas ideológicas, el hecho económico es que el presunto safari humano era un producto de lujo. La pregunta que sobrevuela es quién podía permitírselo y por qué nadie lo denunció en su momento.
La investigación sigue abierta y no hay conclusiones judiciales. Cualquier afirmación sobre personas concretas debe entenderse como
presunta hasta que exista una resolución firme.
El precedente de los años noventa: lo que contaba la prensa italiana
La historia no es nueva. A principios de los noventa, cuando el asedio de Sarajevo estaba en su fase más cruenta, algunos medios italianos publicaron que agencias de viaje organizaban visitas a los puestos de francotirador. Se hablaba de paquetes que incluían el desplazamiento, el alojamiento y la posibilidad de disparar. Nunca se llegó a una condena por esos hechos.
Aquellas informaciones quedaron archivadas en la hemeroteca. Ahora, la Fiscalía de Milán las rescata y las convierte en objeto de investigación. Quienes siguieron aquel conflicto de cerca recuerdan que la noticia se publicó, pero también que nunca hubo una confirmación oficial. Esa es la tensión que recorre el caso:
la diferencia entre lo que se publicó y lo que se pudo probar.
Qué pasa con la prescripción y por qué importa
Uno de los obstáculos legales más citados es la prescripción. Los hechos habrían ocurrido entre 1992 y 1996. En Italia, los delitos de asesinato tienen plazos de prescripción que, en la práctica, pueden dificultar una condena tres décadas después. Eso no impide investigar, pero sí condiciona el resultado final.
La propia naturaleza del conflicto añade complejidad. Sarajevo estaba sitiada por milicias serbobosnias. Determinar quién disparó, desde dónde y bajo qué cadena de mando es una tarea que requiere cooperación internacional. La Fiscalía de Milán trabaja con material que, de confirmarse, implicaría a ciudadanos italianos y de otros países.
La sombra de otros conflictos
El caso ha reavivado una sospecha recurrente: que prácticas similares puedan estar repitiéndose en conflictos actuales. La comparación con Ucrania ha aparecido en el debate público, aunque sin ninguna prueba que la respalde. Se trata de una especulación, no de un hecho investigado.
Lo que sí es un hecho es que el asedio de Sarajevo duró
cuatro años y que la avenida de los francotiradores se convirtió en el símbolo del sufrimiento civil. Cualquier investigación que reabra esa herida merece seguimiento, pero también exige cautela: la gravedad de la acusación no exime de la presunción de inocencia.
Con estos mimbres, es previsible que la investigación de Milán avance con lentitud y que buena parte de las piezas queden en el terreno de lo no probado. Si aparece una condena firme, el caso pasará a los manuales de derecho penal internacional. Si no, quedará como una de esas historias que la hemeroteca guarda y que nadie quiere cerrar del todo.