La FP dual cambia el acceso al empleo industrial
Un chaval de 16 años con el buzo de operario, mitad de la semana en el instituto y la otra mitad en la fábrica, cobrando desde el primer día. Ese es el retrato que se hace de la
Formación Profesional dual, un modelo que ha reordenado la puerta de entrada a la industria y que, según se sostiene en el análisis, ha vaciado de ofertas públicas los puestos técnicos: las empresas ya no necesitan anunciar vacantes porque cada curso les llega una remesa de candidatos desde los centros de la zona. La tesis de partida es que quien no pasa por ahí solo accede a empleo sin cualificación, salvo que tire por la universidad.
El contraste con la FP de los años 80 y 90 es el eje del asunto. Entonces, se argumenta, los centros y las empresas iban por separado, muchas titulaciones no incluían prácticas y una parte de los titulados nunca llegó a trabajar de lo suyo. La formación dual, en cambio, coloca al alumno en la empresa desde el primer día y elimina, según esta lectura, buena parte de las asignaturas de relleno.
Qué cambia con la FP dual frente a la FP clásica
El modelo alemán es la referencia que se cita para explicar el salto. En la formación dual pura, el aprendiz no hace prácticas: se presenta a una oferta de la empresa, pasa un proceso de selección y firma un contrato de aprendiz cuya condición es acudir a la escuela de oficios dos días por semana para la teoría. La empresa forma; la escuela apoya. Esa arquitectura, trasladada aquí, es la que explicaría por qué los puestos técnicos dejan de salir al mercado abierto.
No todos compran el relato. Una parte del análisis sostiene que el acceso a la empresa siempre dependió de factores ajenos al mérito: tener a los padres dentro de la fábrica donde se hace la formación es, se dice, la vía más rápida para quedarse. Otros recuerdan que en los 80 y 90 también había prácticas para quien las quisiera y que hubo quien pasó por cinco o seis empresas durante sus estudios, con pagos incluidos en algunos casos. La novedad, insisten, no es el contacto con la empresa, sino su carácter obligatorio y continuo.
Cuánto cobra un alumno de FP dual y a qué precio
Aquí llega el dato que rompe el entusiasmo. Un alumno de dual trabaja ocho horas al día y cobra alrededor de 800 euros al mes, una cifra por debajo del salario mínimo interprofesional. Quien lo defiende como oportunidad lo presenta como una etapa: tras dos años, el salario pasa a unos 1.300 euros. Quien lo critica responde con el contexto: son empleos con riesgo constante, sucios, con ruido, que dejan mocos negros y disparan las tasas de cáncer a partir de los 40 años. Lo que en Suiza se paga a 7.000, aquí se queda en 1.300, y se vende como motivo para tirar cohetes.
La cuenta de la subsistencia tampoco cuadra. Con 800 euros al mes, se argumenta, tras pagar alquiler y comida el saldo es cero: dos años trabajando a jornada completa para comer y pagar una habitación compartida. El cálculo completo, con sus partidas, deja un margen que desmiente la idea de chollo.
Las empresas tampoco lo tienen tan claro
El otro frente abierto es el de las compañías. En zonas industrialmente en declive, se describe a los alumnos desmotivados porque las empresas no quieren recibirlos: los ven más como un incordio que como mano de obra barata. Solo las que tienen trabajos muy repetitivos muestran interés. En el otro extremo, hay talleres que rechazan a los chavales de FP por el papeleo: darlos de alta sale más caro que el contrato de antes. En Andalucía, se cuenta, hubo tira y afloja hasta finales de diciembre porque la administración no asumía el alta y las empresas decían que ese año no querían gente de prácticas por el lío con la Seguridad Social.
La implantación deja de ser voluntaria. Durante años se puso como condición que los ciclos nuevos se estrenaran en modalidad dual; ahora se extiende a todas las líneas. Ese giro obliga a las empresas a entrar en el juego, les guste o no.
El profesorado de taller y el equipamiento que no llega
Hay un problema de fondo que se señala desde dentro: las asignaturas de taller se dejan a interinos, porque quienes tienen plaza fija prefieren las materias de aula, las que no ensucian las manos. El interino llega en agosto sin saber qué va a impartir y en septiembre se encuentra con un taller del que no tiene ni idea. Si tuvo la suerte de hacer una FP antes, se salva; si viene de una ingeniería sin haber tocado una máquina, el resultado es el que es.
A eso se suma el equipamiento. La hipótesis que circula es que la dual sirve para que la administración se ahorre dotar a los institutos: si parte de la formación se hace en la empresa, se entiende que no hacen falta materiales ni equipos. Y el diagnóstico sobre el nivel no es halagüeño: los alumnos de dual, se dice, salen peor formados que los de la FP convencional, y los planes actuales, peor que los anteriores.
Por qué se dice que España no es Alemania
El argumento industrial cierra el círculo. España ha dejado de ser competitiva en la industria, así que da igual el modelo: FP dual, FP clásica o universidad. Se llega a afirmar que sin los fondos públicos y europeos, el sector privado no aguantaría un año. Y el sector público de la FP, se añade, es perder dos años de vida, con profesores sin experiencia en la privada y con un resultado incierto. El resumen que se hace es crudo: maleta o plaza.
Frente a eso, la respuesta de quienes ven el vaso medio lleno es demográfica: las empresas se las ven y se las desean para encontrar gente con FP. Y el ejemplo que se pone es el de una titulación sanitaria de 2.000 horas, la mitad prácticas, con empleo casi garantizado al terminarla.
El dato que descoloca no está en ninguna estadística oficial, sino en el suelo de un taller: el dueño ya no quiere chavales de FP porque hay que darlos de alta, y antes salía más barato contratarlos. Cuando el incentivo se rompe, el modelo se sostiene sobre el papel.