Más horas y menos valor añadido: el atasco de la empresa española
España trabaja más horas que Alemania y produce menos por cada una de ellas. Las dos afirmaciones caben en la misma frase y la segunda no se arregla apretando la primera. El asunto lleva años girando sobre el mismo eje: se echan horas para compensar lo que no dan la organización, el tamaño de la empresa ni la tecnología.
De fondo, un retrato por nacionalidades que suena a tópico de barra de bar: que si los británicos cogen la baja a la mínima y hay bastante absentismo, que si los alemanes se bloquean cuando algo se sale del manual, que si aquí se saca el trabajo adelante improvisando y alargando la jornada. El retrato tiene gracia y explica poco. La pregunta útil es otra: por qué el mismo esfuerzo rinde aquí menos valor.
¿Por qué se trabaja más horas y se produce menos?
La primera respuesta es que las horas no son horas. Hay quien sitúa el trabajo efectivo de una jornada de cuarenta horas en la mitad, entre café, pasillo y chismorreo. Y luego está la burocracia: un asunto listo a las diez de la mañana puede cerrarse dos meses después porque pasa por tres manos que no tienen prisa. Cuando el ritmo lo marca el eslabón más lento, da igual lo que corra el resto.
El otro factor es el mando. Se describen jefaturas británicas que reparten carga exacta para ocho horas, llegan antes y se van después, frente a jefaturas locales que piden para dos horas lo que necesita ocho. La supervisión no es un adorno: donde no existe, el trabajo se estira o se desborda, y el que aguanta el tipo acaba quemado.
¿Por qué una pyme de cinco empleados rinde menos que una de doscientos?
Porque son mundos distintos. La mayoría del tejido español son pymes y, dentro de ellas, micropymes. En una estructura de cinco personas no hay economías de escala, ni departamento que absorba un imprevisto, ni margen para invertir. Alemania, en cambio, está plagada de pymes de cien, doscientos y trescientos trabajadores. Ahí es donde la productividad sube, no en la gran multinacional.
El segundo problema es el sesgo del sistema. Cuanto más pequeña la empresa, más caro le sale cada obligación y menos recursos tiene para optimizar impuestos. Un autónomo con dos empleados vive un riesgo continuo donde una grande ve una línea del presupuesto: una baja de maternidad sobre un sueldo de 26.000 euros se le come entre 2.000 y 3.000, sin contar sustituciones ni el tiempo perdido. A partir de cierto punto, crecer significa más papeleo, más inspecciones y más coste. El resultado es un tejido que se queda pequeño a propósito.
El coste laboral no es el problema: la energía y la financiación sí
El argumento del
salario caro se cae con una cuenta sencilla. En un producto industrial la mano de obra no pasa del 10% del coste final. Si esa parte se encarece un 20% en un país, un producto que aquí cuesta 100 euros se produciría por 102 allí. Dos euros. Eso no decide una deslocalización.
Lo que decide es lo demás: energía cara, financiación complicada, trámites eternos. Sobre el primer punto hay quien matiza que la factura energética también aprieta en Alemania y Dinamarca, lo que devuelve la pelota al tejido empresarial y no al kilovatio.
El mismo trabajo, un 40% más de sueldo
El caso más incómodo es el de la multinacional con dos plantas, una en Holanda y otra en España, mismos procesos y mismos estándares de calidad. En el mismo puesto del organigrama, el empleado holandés cobra alrededor de un 40% más, respeta su horario y no recibe presión por irse a su hora. Los beneficios de la planta española son superiores y se apuntan a la mayor productividad del país vecino.
A eso se suma una sospecha repetida: que buena parte del empresariado local no reinvierte en máquinas ni en sistemas y se queda con el beneficio. Puede ser cierto en muchos casos. También es verdad que una micropyme tiene poco que reinvertir y que el entorno no ayuda.
Las élites, el IBEX y el valor añadido
Aquí el foco cambia de hombro. Durante años, entre las mayores compañías cotizadas apenas había una tecnológica de verdad, y su producto estrella era el envoltorio de las salchichas. El resto: bancos, constructoras, textil, energía. Un país sin industria de alto valor añadido no paga salarios altos por mucho que sus trabajadores corran. La comparación más citada lo resume: una hora bien organizada puede generar 50.000 euros en piezas de alta ingeniería y 50 euros sirviendo cafés. La diferencia no la marca el camarero.
A esa escasez de tejido avanzado se le busca origen histórico: un entramado industrial público que acabó convertido en otra cosa, y décadas en las que el ingenio emprendedor tuvo poco espacio.
¿Y los que cobran del Estado?
Otra corriente sostiene que el problema no está en quien trabaja, sino en cuántos dependen de quien trabaja. Se señala a pensionistas, empleados públicos y subvenciones como una losa que el sector privado arrastra. El contraargumento es que la mayor parte de la recaudación se va a pensiones, y que recortar ahí no sale gratis.
Con estos mimbres, el ajuste, si llega, vendrá por el lado del tamaño de las empresas y del empleo, no por el de la jornada. Nadie pone fecha.