El turista español mira el precio; el extranjero paga sin mirar
En la calle San Julián de Pontevedra hay un espectáculo que se repite cada mañana de este verano: clientes que recorren la vía entera, carta en mano, comparando en qué terraza está más barata la ración de calamares o de tortilla antes de sentarse. Lo cuenta Arbey Salazar, que regenta dos locales en la zona monumental y uno más en Combarro. El diagnóstico del sector en la ciudad es unánime: hay mucho turista, pero consume menos. Y el reparto no es homogéneo. «Os estranxeiros que veñen manexan pasta e o turismo nacional menos», resume el cocinero Iñaki Bretal, con Estrella Michelín y tapería en la plaza de la Leña.
Qué dicen los hosteleros de Pontevedra sobre el gasto turístico
El relato que llega desde las terrazas de Pontevedra tiene tres patas. La primera es que el mal tiempo en la playa empuja al visitante hacia la ciudad, lo que llena las calles pero no necesariamente las cajas. La segunda es que el turista nacional se ha vuelto más cauto con la cuenta y comparte platos o directamente trae comida de fuera para los niños. La tercera, y la más incómoda, es que el peregrino extranjero —el que se aloja en hotel y baja a cenar— se ha convertido en el cliente más rentable del verano.
Isabel Reboredo, que regenta el Marco Gastrobar en la calle Fernández Villaverde, lo describe sin dramatismo: a veces una ensalada se comparte entre tres personas, o los padres piden su ración y a los niños les traen pizza de algún puesto. «No te enfadas, lógicamente, pero creo que es un síntoma de que viajamos más pero no queremos gastar tanto», señala. Y añade la clave del asunto: eso pasa más con el turismo nacional que con el de fuera.
Félix Caeiro, con 34 años al frente de su taberna en la misma calle San Julián, aporta el matiz que rompe el tópico del agarrado total. «Ás veces pasa que piden dúas racións para catro. Pero aquí teñen a sorte que son bastante grandes. O curioso é que no polbo non escatiman... gústalles tanto que iso pídeno si ou si». Es decir: el ahorro no es uniforme, se concentra en los platos percibidos como prescindibles y se levanta ante el producto que el cliente considera irrenunciable.
El peregrino que sí deja dinero y el mito del que no gasta
Bretal insiste en una idea que contradice el lugar común instalado en buena parte del sector: «A min sorpréndeme cando falan de que os peregrinos non deixan cartos nas cidades... cada vez hai máis peregrinos de hotel que veñen a cear e que gastan cartos». El cocinero apunta incluso al perfil: la mayoría son de fuera, «de Andorra para arriba», dice entre risas. La distinción entre el peregrino de albergue y el de hotel es, según esta lectura, más relevante que la nacionalidad a la hora de predecir el ticket medio.
La comparación entre Pontevedra y Combarro que hace Salazar introduce otra variable: el entorno. En la ciudad, el cliente compara precios de terraza en terraza; en la villa costera, esa dinámica se diluye. La competencia visible —una calle recta con todas las cartas a la vista— convierte el paseo en un ejercicio de comparación de menús que antes no existía con esta intensidad.
Por qué el cliente mira ahora la carta antes de sentarse
La inflación, las facturas y la proliferación de salidas han estrechado el margen de gasto discrecional de las familias. El resultado es un cliente que no renuncia a salir, pero que administra cada euro. El sector lo percibe como una anomalía; en realidad es la respuesta lógica a un contexto en el que el ocio compite con otras partidas del presupuesto.
El fenómeno tiene una lectura incómoda para el propio negocio: si el cliente compara precios, es porque los precios son comparables y visibles. La transparencia de las cartas en las terrazas, que durante años fue un argumento de captación, se ha convertido en un mecanismo de selección para el consumidor. El hostelero que sube el precio de la tortilla descubre que el de al lado no lo ha subido.
El pulso entre el ticket medio y el volumen de clientes
La ecuación que afronta la hostelería pontevedresa este verano es sencilla de enunciar y difícil de resolver: más visitantes, menos gasto por visitante. Si el turista nacional recorta y el extranjero mantiene o sube, el negocio depende de la composición de su clientela. Los locales orientados al público de proximidad y al turismo nacional notan el ajuste; los que captan peregrino de hotel o visitante extranjero, menos.
Hay quien sostiene que el problema no es el cliente sino el precio, y que la comparación de cartas es simplemente el mercado funcionando. En contra pesa el argumento de que el sector arrastra costes —energía, personal, alquiler— que no puede absorber sin trasladarlos a la carta. Entre ambas posiciones, el verano deja un dato que descoloca: el plato que el cliente considera identitario no se toca, y el que percibe como intercambiable se comparte o se busca más barato.