Estambul, marzo de 2022: la paz que se firmó y nunca se firmó
La
guerra de Ucrania terminó antes de abril de 2022. Al menos sobre el papel. La ronda de negociaciones que iba a durar dos días en el palacio de Dolmabahçe se cerró en una sola jornada, con las delegaciones rusas y ucranianas trasladándose al aeropuerto antes del mediodía y un comunicado turco que hablaba de avances suficientes para abrir la puerta a un encuentro presidencial. Las bolsas subieron. El petróleo dio un vuelco a la baja. Y Moscú anunció que reduciría drásticamente sus operaciones militares sobre Kiev y Chernígov para avanzar en el diálogo. Sobre esa mesa se puso la neutralidad de Ucrania a cambio de garantías de seguridad, con Crimea reconocida como parte de Rusia y un estatus autonómico para el Donbás. No se firmó.
Qué se acordó en Estambul y por qué se levantó la mesa
El paquete que se negoció en Estambul era concreto: Ucrania renunciaba a entrar en la OTAN y recibía garantías de seguridad de terceros países; Rusia se quedaba con Crimea y aceptaba un estatus especial para las zonas del este. El ejército ruso, según Moscú, frenaba en seco su avance sobre la capital. Sobre el terreno, la lectura era otra: la toma de Mariupol, la llave del mar de Azov, se daba por hecha en cuestión de días.
El cálculo más optimista de entonces sostenía que los objetivos rusos estaban cubiertos al 80 o 90 por ciento y que Odesa se salvaba porque ninguna de las dos partes quería cerrar la salida al mar ucraniana. La lectura contraria, la que acabó imponiéndose, apuntaba a que la retirada de Kiev y Chernígov no era un gesto de buena voluntad sino una reubicación de fuerzas. Hoy esa discusión sigue viva: hay quien sostiene que el acuerdo de Estambul habría dejado a Ucrania en la frontera de 2014 salvo Crimea, con su zona más rica pacificada y sin haber perdido a una generación entera en el frente. En contra pesa el argumento de que ninguna garantía de seguridad firmada en 2022 habría disuadido a Moscú de volver a intentarlo.
El papel de Estados Unidos y el Reino Unido en el fracaso del acuerdo
Una parte del análisis sostiene que el acuerdo no se firmó porque Washington y Londres lo desactivaron. La tesis, repetida con insistencia, es que a la administración estadounidense le venía mal una paz tan rápida, que dio instrucciones a su socio en Kiev para no cerrar el trato y que Boris Johnson viajó a la capital ucraniana para tumbar lo que ya estaba casi pactado. Biden, en paralelo, pidió perdón tres veces en público por algo que nunca se aclaró del todo, lo que para algunos certifica que la Casa Blanca ya daba el acuerdo por bueno.
La consecuencia, según esta lectura, fue un cambio de naturaleza de la guerra: de operación especial para forzar negociaciones a ofensiva de liberación de territorios que Moscú considera propios. Ucrania respondió con una contraofensiva sin éxito, perdió posiciones fuertes como Avdivka y Bajmut, y vio cómo una quinta parte de su territorio quedaba fuera de su control. El coste humano y económico se disparó por encima de lo que habría supuesto cualquier firma en Estambul.
Turquía se anota el tanto y Europa se queda mirando
Erdogan presidió las conversaciones y se apuntó el récord diplomático. Turquía, que ya había desafiado a Washington comprando sistemas antiaéreos rusos, se colocó como potencia que va por libre y como bisagra entre bloques. El detalle no es menor: el centro de gravedad de la negociación se desplazó hacia el este, con Estambul como sede y Ankara como árbitro, mientras Bruselas y Berlín asistían como espectadores.
La tesis que recorre el análisis más duro con la UE es que Europa occidental se convierte en el lejano Occidente. La OTAN, según esta corriente, tampoco sale bien parada: la guerra habría certificado el fin de la hegemonía del dólar y el traslado del eje económico a Eurasia, con China imponiendo reglas comerciales y Rusia firmando alianzas energéticas de largo plazo. El contraargumento es demoledor: sin tecnología occidental, la industria rusa se queda anclada en los años cincuenta, y los grandes gasoductos que debían sellar el giro hacia Asia los estaban construyendo empresas francesas.
El reflote que nadie quería leer
El tiempo puso cada predicción en su sitio. La guerra no acabó en abril, ni Mariupol cerró el conflicto, ni Zelenski firmó en Estambul. Los mensajes más votados del debate son hoy los más incómodos: los que celebran que el acuerdo no saliera adelante y los que recuerdan que las profecías triunfales envejecen mal. La discusión derivó en un ajuste de cuentas sobre quién perdió más por no firmar, con un dato que descoloca a ambos bandos: la ciudad que se convirtió en símbolo de la resistencia está hoy vacía y es un fondo de saco limitado por el río.
Queda la pregunta que nadie responde con números: si el acuerdo de Estambul habría aguantado más de un año, o si solo habría comprado tiempo antes de la siguiente ronda. Con estos mimbres, cualquier predicción sobre el final de la guerra debería llevar fecha de caducidad impresa al lado.