El pico del petróleo vuelve a escena: gasóleo, petrodólar y un aviso que no cesa
El pico del petróleo, ese fantasma que durante años se despachó como profecía de agoreros, ha vuelto a la conversación pública de la mano de Antonio Turiel. El científico del CSIC, que lleva más de una década sosteniendo que el crudo barato tiene fecha de caducidad, ha reaparecido en varios medios —entre ellos una entrevista en
El Español reproducida con entusiasmo y varias intervenciones extensas en TV3— para enumerar los elefantes que nadie quiere mirar: el fin del petrodólar, el pico del petróleo y una
crisis energética que, según su tesis, ya no es hipótesis sino presente.
La respuesta que genera ese discurso es un termómetro del momento. Hay quien lo aplaude por llamar al pan, pan y al vino, vino, y quien lo despacha como un disco rayado que lleva años anunciando el desastre sin que llegue. Entre ambos extremos, la conversación se llena de materias primas, de inflación y de una pregunta incómoda: si las señales están ahí, ¿por qué nadie actúa?
Qué defiende Antonio Turiel y por qué vuelve al primer plano
La tesis que se repite es vieja y simple, y en el hilo se formula sin matices: hay quien sostiene que sin petróleo abundante y barato no se pueden mantener 8.000 millones de personas. Sobre ese eje se articula un relato que mezcla el agotamiento de los combustibles fósiles con la tasa de retorno energético —la energía que hay que invertir para obtener energía—, concepto que se sitúa en el centro de todo el discurso. Durante años, eso fue cosa de catastrofistas. Ahora, en pleno shock de precios, el mensaje encuentra oídos nuevos.
No es casualidad que el tono haya mudado. Lo que antes sonaba a sermón en el desierto hoy encaja con la factura energética de cualquier hogar europeo. El detalle que más se repite es precisamente ese: nombrar los elefantes en la habitación sin rodeos, empezando por el fin del petrodólar.
El aviso del gasóleo: «problemas graves en un par de semanas»
El dato más concreto que circula es un plazo inquietante: según Turiel, en un par de semanas habrá problemas graves con el gasóleo en todo el mundo. La advertencia aparece en sus últimas intervenciones y no llega acompañada de confirmación oficial alguna. Tampoco de una explicación cerrada sobre las causas.
El escenario que se dibuja a partir de ahí es fácil de seguir. Los camiones cisterna funcionan con diésel; si no repostan, la gasolina no llega a las estaciones de servicio. Con esa cadena en la cabeza, hasta quien tiene un depósito de calefacción en casa se plantea arriesgarse y llenarlo. La lógica es impecable; el pronóstico, todavía sin comprobar.
Las señales que sí se ven: materias primas e inflación
Aquí no hay discrepancia. La crisis energética, la subida descontrolada de materias primas —gas, petróleo y sus derivados— y la inflación son hechos, no augurios. La pelea empieza al interpretarlos: unos ven el inicio del fin y otros, un mercado tenso que acabará reequilibrándose.
La paradoja más jugosa aparece de rebote. Hay quien pregunta, con retranca, cómo se anuncia escasez de diésel cuando el propio consumo de ese combustible habría caído un 40%: si sobrara, ¿de qué escasez hablamos? La pregunta queda flotando, sin respuesta, como casi todo lo demás.
La lectura geopolítica: petrodólar, China y Rusia
Para una parte del análisis, la escasez no es solo geológica. El gran pacto energético entre China y Rusia y el golpe a la hegemonía del dólar se veían venir desde antes de que estallara la guerra de Ucrania, y ahora funcionarían como telón de fondo de todo lo demás. La conclusión que se extrae: China es la gran acreedora de la deuda europea y, cuando toque cobrar, se acabará lo de fabricar barato.
De ahí sale un horizonte temporal repetido: ajustes progresivos más que un colapso súbito, con 2030 como referencia. En esa versión, el pico del petróleo no sería tanto un accidente de la naturaleza como el desenlace de un pulso entre bloques.
El contrapunto: uranio, nuclear y combustible sintético
Frente al relato del agotamiento, hay quien recuerda que las reservas de uranio alcanzarían para 120 años, y que poner la energía nuclear en el punto de mira mientras se anuncian apagones es un contrasentido. A eso se suma un argumento de mercado: al precio actual del petróleo, sostiene otro participante, la fabricación sintética de combustibles ya sería rentable. Un suelo, por tanto, para la transición.
La crítica más fina no niega el dato físico, discute su manejo. El problema de la tasa de retorno energético, sostienen, es también un problema de cálculo económico, distorsionado por políticas intervencionistas. Es decir: la escasez existiría, pero la miseria no se repartiría igual bajo otras reglas.
El escepticismo: ¿aviso útil o excusa para más control?
La corriente más dura no discute las cifras, discute la intención. Asegura, sin aportar pruebas, que crisis como esta no son naturales sino inducidas y que su destino es siempre el mismo: más control. Lo equiparan a otros relatos que, dicen, desembocan una y otra vez en más regulación sobre la vida de la gente.
La ironía cierra el círculo, en palabras de un forero. Turiel sería como quien anuncia cada mañana el fin del mundo: falla el 99,999999% de las veces, pero acertará algún día. Y con esa frase se resume, sin decirlo, todo el problema de credibilidad que arrastra cualquier vaticinio de largo plazo.
Con un aviso de gasóleo pendiente de confirmarse y un horizonte de ajustes hasta 2030, el desacuerdo no está en si algo cambia, sino en qué parte es física y qué parte es diseño. Nadie ha cerrado esa brecha.