Halloween a los 40: fiesta, ridículo o simple libertad
¿Puede un hombre de 40 o 50 años disfrazarse para Halloween sin que se le caiga el respeto encima? La pregunta, que parece de sobremesa, ha reventado una discusión vecinal con más de 180 intervenciones y un ramillete de reproches que van del ridículo al satanismo. El detonante fue un mensaje en el perfil de Facebook de un pueblo —no en un grupo de mensajería, como se creyó al principio— en el que se calificaba de «infantil, ridículo y calzonazos» al cuarentón que se pone una careta para pedir caramelos. Lo que empezó como una salida de tono acabó escalando hasta afectar a gente que se dio por aludida.
El asunto tiene miga porque toca tres cosas que en España se llevan fatal: la edad a la que uno debe dejar de divertirse, la importación de tradiciones anglosajonas y el derecho a opinar en voz alta en un grupo donde todos se conocen.
¿Por qué Halloween genera tanta pelea entre adultos?
Porque cada cual le cuelga una etiqueta distinta. Para unos es una fiesta pagana de origen celta sincretizada; para otros, un invento comercial yanki; para un tercer grupo, una celebración católica de la víspera de Todos los Santos que el protestantismo demonizó. En la discusión aparecen las tres versiones, y ninguna cede. Hay quien sostiene que truco o trato ya se practicaba en la Inglaterra de los Tudor, y quien replica que la fiesta celta del Samhain acabó absorbida por San Martín. La pelea etimológica dura más que la fiesta.
El segundo frente es el del ridículo. Un sector defiende que a partir de cierta edad disfrazarse es de
calzonazos y que solo se hace para seguir la corriente. Enfrente, la respuesta más repetida es la del pragmatismo: cada uno se divierte como quiere y nadie sale herido porque un señor de 47 años se ponga orejas de conejo. Un participante cuenta el caso de un grupo de jubilados —el más joven, 70 años— que montó su propia fiesta de Halloween con baile y bastón incluidos, y que se reían de sí mismos en los vídeos. Difícil discutirle la sonrisa a eso.
El argumento que nadie esperaba: la hipocresía del consumo
Aquí el debate se pone interesante. Se señala que muchos de los que critican la Navidad por consumista no dicen nada del desembolso en calabazas, disfraces y golosinas. La acusación de doble rasero circula en ambas direcciones: los hay que ven en Halloween una imposición cultural importada y los hay que recuerdan que la Navidad también tiene raíces prestadas. El cálculo completo de lo que se gasta una familia media en una noche de disfraces daría para otro artículo, pero la ironía ya está servida.
Aparece también la lectura política. Una corriente sostiene que la fiesta se ha convertido en una prueba de adhesión social: quien no participa queda señalado, y quien participa lo hace por gregarismo más que por ganas. Otra responde que eso es psicología de barra de bar y que la gente simplemente aprovecha cualquier excusa para juntarse. La discusión deriva hacia el clásico «la verdad ofende» y hacia la sospecha de que el enfado real no era por Halloween, sino por haberse visto retratado.
Cuando el grupo de vecinos se convierte en tribunal
El episodio deja una lección práctica: en un grupo local, la opinión más inocua puede leerse como un ataque personal. Varios mensajes apuntan a que el problema no fue el contenido, sino el canal. Un comentario suelto en un muro público se convierte en sentencia sobre los hábitos de los demás, y ahí ya no se discute sobre calabazas, se discute sobre quién tiene derecho a juzgar a quién. La recomendación más repetida —salirse del grupo, bloquear o callarse— suena a rendición, pero también a sentido común.
Queda el poso cultural. Hay quien defiende que la fiesta es una muestra más de la decadencia occidental, con padres que no educan a sus hijos en ninguna tradición concreta y los dejan a merced del mercado. Y hay quien responde que una tarde de niños disfrazados por la calle no ha derribado nunca una civilización. Ambas cosas se dicen sin aportar una sola prueba, lo cual no impide que se digan con total convencimiento.
Al final, el cuarentón que se puso el disfraz sigue sin saber si era libre o un calzonazos. Lo que sí sabe es que su comentario le costó una tarde de disgustos y que el grupo de vecinos ya nunca volverá a hablar solo de baches y de la recogida de basura.