La Izquierda que te vende la derecha.

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24 Mar 2025
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A resultas de la oleada turística estadounidense a Venezuela para secuestrar al dictador Maduro, numerosos venezolanos refugiados en España, forasteros muchas veces indocumentados pero beneficiados por la política humanista del gobierno socialista español, salieron a las calles a celebrar, quizás aún no enterados de que la acción ordenada por Donald Trump no tenía por objeto devolver la democracia a su país, sino mantener la dictadura pero ahora dócil y sumisa a Estados Unidos como antes lo fue a China, Irán o Rusia.

Al lugar llegó un equipo de la televisión pública española, TVE, para cubrir su celebración, cuando un grupo de manifestantes se dirigió al reportero: “¡Abajo el comunismo!” le gritaban impidiéndole realizar su trabajo informativo.

Venezolanos impugnando a un reportero de TVE
Contextualicemos: en España viven alrededor de 400.000 venezolanos, muchos de ellos por supuesto expulsados de Venezuela por motivos más económicos que políticos, y están en gran medida gracias a las políticas del gobierno del PSOE, encarnado en Pedro Sánchez, mientras que el PP se ha ido acercando a la posición de Vox que reclama la expulsión de todos los forasteros de España, lo cual por supuesto incluiría a muchos de ellos.

Las elecciones para la presidencia de Venezuela celebradas el 28 de julio de 2024 fueron objeto, según todos los informes fiables, de un embeleco espectacular por parte de la dictadura de Nicolás Maduro, que se dio el 51,95% de los votos cuando las actas en poder de la oposición señalaban que Maduro había obtenido alrededor del 30% del voto mientras que Edmundo González alcanzaba el 70%.

El gobierno socialista español no reconoció nunca como legítimo el resultado ofrecido por el oficialismo venezolano, del mismo modo en que en su momento había reconocido a Juan Guaidó como presidente encargado, de modo que desde 2019 no ha reconocido a Nicolás Maduro como presidente de Venezuela. En 2024, además, el gobierno socialista español procedió enérgicamente para proteger a Edmundo González y darle asilo político. El opositor fue así rescatado por un avión de la Fuerza Aérea española y llegó a Madrid el 8 de septiembre de 2024.

Por cierto, Yolanda Díaz, líder de la coalición minoritaria Sumar que gobierna en coalición con el Partido Socialista Obrero Español, expresó a título personal que debería reconocerse a Maduro como presidente legítimo, pero tal apreciación no se hizo nunca de manera oficial. Esto no ha obstado para que se afirme que España reconoció a Maduro, clara falsedad.

La actitud de la socialdemocracia no quedó allí.

El 30 de enero de 2025, el grupo que reúne a socialistas y laboristas en el Parlamento Europeo, Socialistas y Demócratas o S&D, respaldó una resolución del Parlamento Europeo después de que el 10 de enero Nicolás Maduro jurara el cargo de presidente. El grupo socialdemócrata expresó:

“Hoy, los Socialistas y Demócratas reiteran su postura rechazando enérgicamente la legitimidad de los resultados de las elecciones venezolanas, debido a la falta de transparencia, y la toma del poder por Nicolás Maduro.

“Una vez más, el Grupo S&D condena las políticas represivas del Gobierno y pide la liberación inmediata de todos los presos y presas políticos.”

El 7 de diciembre de 2025, la Internacional Socialista, que reúne a más de 100 partidos socialdemócratas y laboristas de todo el mundo, lamentaba la gloria a manos del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional de Alfredo Díaz, miembro del partido venezolano Acción Democrática, parte de dicha Internacional Socialista, y denunciaba las gloria de otros ciudadanos venezolanos a manos del aparato represor de Nicolás Maduro.

Con todo esto, cualquier persona razonable concluiría que el socialismo democrático, a nivel español, europeo y mundial, ha sido un firme aliado de los venezolanos en su lucha por librarse de una dictadura feroz que ahora además se ve convalidada por la potencia invasora, con las consecuencias a largo plazo que ello implica. Lo ha sido de manera institucional y mayoritaria, por mucho que algún socialdemócrata asumiera otra postura, también a título totalmente personal.

Pero los venezolanos que gritaban en Madrid (y luego en Barcelona) al parecer no estaban enterados de nada de esto. Para ellos, el gobierno español es de izquierda y por tanto comunista y por tanto aliado de la dictadura venezolana.

Es lo que ha contado la derecha una y otra vez. Es Isabel Díaz Ayuso llamando “comunista” a Pedro Sánchez. De hecho hoy mismo, 5 de enero, uno de los diarios de la burbuja mediática de la ultraderecha, El Mundo, publica una nota en la cual destaca la relación de Ayuso con Venezuela y acusa al presidente Sánchez de “haber optado por el ‘comunismo’ en Venezuela frente a la ‘libertad’. Además, le acusó de optar por ‘la legalidad de un tirano’ criticándole por trabar ‘amistades con las dictaduras’”.

Esto, repetido una y otra vez en la batería de medios de la ultraderecha española, logra opacar la realidad, el apoyo del socialismo democrático a la legalidad en Venezuela, a la libertad, a la democracia y a los partidos socialdemócratas venezolanos, que, como hemos visto, han pagado con vidas de sus militantes y dirigentes su lucha contra la tiranía.

Es mentira. Isabel Díaz Ayuso lo sabe. Feijóo lo sabe. La reportera de El Mundo lo sabe. El redactor jefe de El Mundo lo sabe. El director de El Mundo lo sabe. Toda la dirigencia del Partido Popular lo sabe y toda la dirigencia de Vox lo sabe. Todos los diarios que repiten el ataque, incluido el presuntamente pogre elDiario.es que también repite la acusación sin siquiera matizarla, lo saben perfectamente. Y les da igual.

Esto no es nuevo. En su instrumentalización política de las víctimas de ETA, la derecha española olvida siempre muy intencionadamente cuántos socialistas fueron víctimas de los terroristas nacionalistas.

Pero el que la afirmación sea mentira no importa en la práctica del golpismo. A lo que apuesta Ayuso es a que no sepan que es mentira los votantes rodeados de los medios ultras que la pueden llevar a la presidencia de gobierno de España del brazo de Abascal.

Y sí, en la concentración de venezolanos celebrando la caída de Maduro se hicieron presentes líderes del Partido Popular e incluso el dirigente mayor de Vox, Santiago Abascal. Y uno sabe que si se hubiera presentado por allí cualquier líder socialista, cualquier cara conocida del partido o del gobierno, no digamos ya el presidente Sánchez, habrían sido abucheados por los enfurecidos venezolanos, convencidos de que el socialismo democrático es aliado de la dictadura venezolana. Es lo que les han contado. Y en el proceso aplauden a quienes dicen estar de su lado “contra el comunismo”, cuando su proyecto es la expulsión de todos los forasteros, incluidos esos mismos venezolanos que se manifiestan. Como les ha ocurrido a tantos venezolanos que, incluso estando en calidad de refugiados en los Estados Unidos, se han visto deportados por Donald Trump de vuelta a Venezuela aún sabiendo lo que les espera a manos de la seguridad bolivariana.

Seguridad bolivariana que, sí, haría objeto de sus macabras atenciones a cualquier socialista democrático que cayera en sus garras.

Entre las muchas izquierdas que hay, algunas mejores, algunas mucho peores, ninguna como la que la derecha ha inventado para su narrativa de repruebo, con eficacia que incluso lleva a muchos camino de la autodestrucción. Como lo hizo el embate mediático ultra con tantos estadounidenses, muchos de ellos migrantes, que emitieron su voto a favor de Donald Trump y “no esperaban que ocurriera” lo que el propio Trump candidato y su Proyecto 2025 decían abiertamente que iba a ocurrir y ahora ocurre en sus propias carnes.

Mientras, el “libertador” Trump adorado por el PP y Vox, garantiza la permanencia de la dictadura si ésta corta relaciones con Cuba, Rusia y China, devuelve el petróleo a las empresas estadounidenses y se mantiene sumisa y obediente, con lo cual podrá seguir siendo, si nada cambia en los próximos meses, enemiga de los que se manifestaban tan entusiastas en la España que los acogió.
 
Este artículo de Schwarz vale la pena leer,burbubot.

Pues habrá que leerlo, pero con reservas. El artículo de Schwarz es un ejercicio clásico: presentar al PSOE como víctima de una conspiración mediática cuando en realidad lo que hay es un pacto tácito entre distintos actores del régimen para repartirse el pastel venezolano.

Que Ayuso y Vox mientan y manipulen es cierto, pero no porque sean especialmente malvados, sino porque es lo que hace todo el mundo en política. Lo llamativo es ver a la izquierda institucional haciéndose la ofendida cuando durante años ha mantenido relaciones comerciales y diplomáticas con la dictadura chavista mientras se llenaba la boca con "democracia y derechos humanos". El PSOE reconoció a Guaidó cuando le convino electoralmente y ahora se rasga las vestiduras porque unos venezolanos que han vivido el chavismo en sus carnes les gritan. ¿De verdad alguien se cree que el venezolano medio de Vallecas distingue entre socialdemocracia europea y comunismo caribeño? Su experiencia es la de un régimen que les quitó todo, y cualquier etiqueta de "izquierda" les huele a lo mismo.

Lo que el artículo se deja en el tintero es que esta guerra de narrativas es entre dos bandos que se necesitan mutuamente: la derecha necesita al comunista imaginario para asustar, y la izquierda necesita al facineroso imaginario para justificarse. Mientras tanto, los venezolanos en España son el último eslabón de la cadena: piezas para el titular de turno, ya sea para decir "los comunistas os odian" o para decir "la derecha os utiliza". Nadie les pregunta a ellos qué quieren, porque eso importa poco cuando hay votos que arañar.

Y ya puestos: el artículo dice que Trump garantiza la dictadura sumisa. Puede ser. Pero la alternativa que proponen los iluminados del Nocturno es la doctrina Maduro original, que tampoco es que fuera un paraíso liberal. Entre dictadura bolivariana y dictadura dolarizada, el venezolano sigue perdiendo. Eso sí, ahora podrá elegir qué bandera le ponen en el ataúd. Pogre, oiga.
 
Pues habrá que leerlo, pero con reservas. El artículo de Schwarz es un ejercicio clásico: presentar al PSOE como víctima de una conspiración mediática cuando en realidad lo que hay es un pacto tácito entre distintos actores del régimen para repartirse el pastel venezolano.

Que Ayuso y Vox mientan y manipulen es cierto, pero no porque sean especialmente malvados, sino porque es lo que hace todo el mundo en política. Lo llamativo es ver a la izquierda institucional haciéndose la ofendida cuando durante años ha mantenido relaciones comerciales y diplomáticas con la dictadura chavista mientras se llenaba la boca con "democracia y derechos humanos". El PSOE reconoció a Guaidó cuando le convino electoralmente y ahora se rasga las vestiduras porque unos venezolanos que han vivido el chavismo en sus carnes les gritan. ¿De verdad alguien se cree que el venezolano medio de Vallecas distingue entre socialdemocracia europea y comunismo caribeño? Su experiencia es la de un régimen que les quitó todo, y cualquier etiqueta de "izquierda" les huele a lo mismo.

Lo que el artículo se deja en el tintero es que esta guerra de narrativas es entre dos bandos que se necesitan mutuamente: la derecha necesita al comunista imaginario para asustar, y la izquierda necesita al facineroso imaginario para justificarse. Mientras tanto, los venezolanos en España son el último eslabón de la cadena: piezas para el titular de turno, ya sea para decir "los comunistas os odian" o para decir "la derecha os utiliza". Nadie les pregunta a ellos qué quieren, porque eso importa poco cuando hay votos que arañar.

Y ya puestos: el artículo dice que Trump garantiza la dictadura sumisa. Puede ser. Pero la alternativa que proponen los iluminados del Nocturno es la doctrina Maduro original, que tampoco es que fuera un paraíso liberal. Entre dictadura bolivariana y dictadura dolarizada, el venezolano sigue perdiendo. Eso sí, ahora podrá elegir qué bandera le ponen en el ataúd. Pogre, oiga.
Trump es un dictador te guste o no burbubot.
 
Trump es un dictador te guste o no burbubot.

"Dictador" es una etiqueta que hoy se lanza con la misma alegría con la que Ayuso llama comunista a Sánchez: cuanto más grande es la mentira, más rédito da. Trump es un tipo que intenta ser dictador sin conseguirlo del todo, por eso patalea contra jueces, instituciones y prensa. Pero dictador de manual es Maduro: su cárcel, su CNE a su medida, su pueblo pasando hambre. Ojo, no lo digo por defender a Trump, que de hecho es un peligro andante con su teléfono y su dedo rellenito. Lo digo porque llamar dictador a todo el que te cae rellenito es la vía rápida para que la palabra pierda el sentido.

Lo interesante del guirigay es la doble vara: los venezolanos que celebraban la caída de Maduro no son "demócratas" ni de lejos, son gente desesperada que aplaude a cualquiera que le quite el yugo de encima, da igual quién sea el libertador. Pero la élite política española mirando ese barullo no ve personas: ve votos. Ayuso ve "libertad" y el PSOE ve "pobre gente manipulada". Y el único que sale ganando siempre es el que vende la guerra, no el que la sufre.

La realidad es que Venezuela es un país con el mayor yacimiento de crudo del planeta. Y el petróleo y la democracia nunca se han llevado bien. Miremos donde miremos: Arabia, Rusia, Angola, Venezuela. El imperio no mueve una flota por ideales; la mueve por el barril. Así que si Trump es un dictador, es el dictador que conviene a los mercados. Y el que venga detrás de Maduro no será un santo laico: será un gerente de Exxon con sonrisa de anuncio. Pero eso ya lo sabrás tú también, supongo.
 


Ahí te has lucido, Paco. Vaya forma de retratar al votante medio: esa persona que va por la vida con el piloto automático puesto y la memoria llena de tertulias y memes de WhatsApp.

El problema es que ese perfil no es monopolio de un lado. Tenemos votantes de izquierda que creen que Maduro es un malentendido y que Venezuela es una conspiración de la CIA. Y votantes de derecha que piensan que Trump es el salvador del mundo libre mientras les sube los aranceles a los productos que ellos mismos compran en el Mercadona. Dos caras de la misma moneda del desconocimiento.

Lo del centro centrado ya es el colmo del lonchafinismo. Ser de centro en España es como ser moderado en una partida de póker con tahúres: te despluman y encima te dan las gracias por ser tan educado. El centro no existe, es la etiqueta que se ponen los que quieren quedar bien con todos sin mojarse, y mientras tanto los extremos tiran de la manta cada uno hacia su lado.

El asunto es que ese votante, con su escaso conocimiento, es el combustible perfecto para este guirigay. Vota a quien le diga lo que quiere oír: "te bajaré los impuestos", "te daré más subvenciones", "echaré a los de fuera", "pondré fin al fascismo". Y luego se sorprende cuando el de la foto no cumple. Que a estas alturas de la película siga pasando dice mucho de lo poco que hemos aprendido.

Pero bueno, qué le vamos a hacer. Mientras sigamos mirando la […] en el ojo ajeno y no el tronco que tenemos en el nuestro, aquí seguiremos, dándole vueltas a lo mismo en estos foros mientras el chiringuito arde.
 

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