China no mueve ficha: el cálculo de Pekín ante Rusia e Irán
Cuando Moscú y Teherán aprietan, Pekín mira hacia otro lado. La pregunta que recorre medio internet —qué demonios hace China que no ayuda ni a Rusia ni a Irán— tiene una respuesta incómoda para quien esperaba un bloque antioccidental sólido:
China no tiene aliados, tiene intereses. Vende drones, compra gas ruso abaratado y deja que los demás se desangren. Y mientras tanto, la ruta de la seda que pasaba por Siria se ha reventado en un fin de semana sin que Pekín moviera un portaaviones.
El asunto no es nuevo. La política de
no injerencia funciona casi como una religión de Estado. La duda es si eso es estrategia milenaria o simple pasividad.
Qué gana China sin mover un soldado
El cálculo más repetido es económico. Si el gas ruso deja de venderse en Europa, ocurren dos cosas a la vez: el suministro europeo se encarece —Europa pierde productividad— y el gas ruso se abarata para los compradores chinos, que ganan competitividad. Un doble beneficio sin disparar un solo misil.
A eso se suma el imperialismo silencioso: fábricas en África y Latinoamérica, compra de recursos estratégicos, redes de clientelas políticas y restaurantes chinos como avanzadilla.
Penetración blanda en lugar de botas sobre el terreno. Hay quien sostiene que Pekín prefiere ver a Rusia e Irán en apuros para comprarles sus recursos a precio de saldo.
¿Por qué China no se cree capaz de ganar una guerra mundial?
Porque, a diferencia de los rusos, los chinos saben que van por detrás. Mejoran su tecnología militar, construyen portaaviones sin parar, incrementan el presupuesto y levantan bases fuera de sus fronteras, pero por ahora copian lo que pueden y no se creen en condiciones de ganar un conflicto global.
La tradición pesa. China era el centro del mundo y no necesitaba nada del exterior; fuera quedaban, según esa cosmovisión, las bestias salvajes. Las expediciones navales del siglo XV se detuvieron y nunca volvieron a salir. Convertirse en potencia expansionista exige cambiar mucho de historia, cultura e ideología.
El elefante demográfico que se apaga
La objeción más dura no viene de la geopolítica, sino de la demografía. La tasa de natalidad china está por debajo de la japonesa, y sus cifras son peores que las occidentales. Para 2060, sostiene la tesis más agorera, todo su poderío económico empezará a desarticularse tras un estancamiento que ya ha comenzado. Quien confíe en ellos se equivoca: no son la solución.
Frente a eso, la réplica: los chinos piensan en otra escala de tiempo, la de una cultura milenaria. Creen que el tiempo juega a su favor y que acabarán siendo la primera potencia económica, industrial y tecnológica a la vez. Solo hace falta esperar.
Siria como prueba de fuego
El caso sirio rompió muchas expectativas. Por allí pasaba la ruta de la seda y se la han reventado en un fin de semana. China se limitó a declaraciones del tipo «reconocemos el derecho a la integridad territorial de Siria» mientras el resto miraba las noticias por la tele. Si Pekín pensaba que no iban a por él, es que es muy buen comerciante pero no tan listo.
El eje de la resistencia contra Occidente se ha revelado como lo que probablemente era: un conjunto de países que comercian entre sí, sin vocación de enfrentarse a la OTAN. Entre un ruso, un indio y un chino hay demasiadas diferencias culturales para una alianza sólida.
La puñalada que llegará a Siberia
La predicción más repetida sobre el futuro próximo: China le dará la puñalada a Rusia tarde o temprano, y lo hará en forma de ocupación de Siberia oriental. No existen amigos ni enemigos, solo intereses. Mientras tanto, un ojo mira Taiwán y el otro, Siberia.
El desenlace de todo esto sigue abierto. Lo único claro es que Pekín no tiene prisa. Y eso, en un mundo que se desangra por semanas, es la posición más rentable de todas.