Un millón en ayudas para 66.896 euros de taquilla en dos días
Un millón de
euros de dinero público. Dos días de estreno, que son teóricamente los mejores.
66.896 euros recaudados y 9.676 espectadores. Ese es el marcador de
Te estoy amando locamente, el largometraje dirigido por Alejandro Marín sobre el movimiento LGTB andaluz de los años setenta, protagonizado por Alba Flores y financiado en 2021 con una ayuda del Ministerio de Cultura. La cita con las salas no se produjo.
En el mismo calendario,
Vacaciones de verano, la comedia de Santiago Segura, fue la opción de 175.429 espectadores y recaudó 1.151.276 euros en su primera semana. La comparación tiene trampa —una es comedia de temporada y la otra una película de tesis—, pero la escala impone.
Qué revela la taquilla de los primeros días
Dos días suelen decidir la suerte de un estreno español. Si en ese tramo la sala está vacía, la distribución recorta copias y la película se desvanece. Aquí el arranque dejó 9.676 entradas vendidas, poco más de 4.800 por jornada.
Nadie discute que el cine de autor no llena cines: es un hecho viejo y comprobado. El problema arranca cuando ese cine se paga con dinero de todos y después se vende como éxito cultural sin pasar por el mercado.
El respaldo institucional que no llegó a las salas
La secretaria de Estado de Igualdad, Ángela Rodríguez Pam, compartió el tráiler del filme manifestando las «ganas» que tenía de verla. No es un gesto menor: coloca a un ministerio en la promoción de un producto cultural concreto. El respaldo institucional, sin embargo, no se contagió. Aquellas ganas no fueron compartidas por el público.
Conviene recordar la arquitectura del caso: un millón de euros de Cultura para producir y un altavoz institucional desde Igualdad para promocionar. Una subvención y una promoción, una sola taquilla.
¿Con qué criterios se concede una ayuda de un millón?
Aquí el asunto deja de ser una película y se convierte en un sistema. La pregunta que recorre el análisis es muy concreta: qué criterios exactos se aplicaron para conceder ese millón y quién responde cuando el resultado no aparece por ninguna parte. Hay quien reclama auditar las cuentas de este tipo de subvenciones y que los responsables políticos y los funcionarios que las otorgan respondan con su propio patrimonio; a la fecha de este asunto, esa exigencia no consta que haya desembocado en ningún expediente ni en ninguna dimisión.
Otra línea de análisis apunta a un problema de diseño, no de una película. Quien afirma haber trabajado en una entidad pública de reparto de ayudas lo resume sin rodeos: el instrumento no funciona, y no solo por corrupción, sino porque algunas líneas no siguen criterios técnicos ni económicos a propósito. Se mencionan incluso adjudicaciones directas a grandes empresas. La sospecha de que se compra taquilla para cumplir mínimos también circula en el hilo, aunque quien la lanza no aporta ninguna prueba.
¿Es rentable subvencionar el cine español?
No todas las ayudas son un agujero. Hay quien recuerda que
Ocho apellidos vascos recaudó una barbaridad para lo que costó y sostiene que ahí la subvención salió rentable. El error sería mirar solo los desastres. Otro participante defiende el paralelismo con las ayudas al emprendimiento: en España existe ENISA, una entidad pública de apoyo a proyectos empresariales, y a su juicio no debería escandalizar que el Estado arriesgue dinero en una iniciativa privada.
La objeción llega por otro lado. Durante décadas el cine español funcionó sin subvenciones: el equivalente comercial de entonces eran
Los bingueros o
Las chicas de la cruz roja, y nadie les pagó el cartel, según se argumenta. Si el objetivo es promocionar el cine, se sostiene, el instrumento lógico son los beneficios fiscales, no el cheque previo. Y si una ayuda sale rentable, lo coherente sería que el beneficio revierta a las arcas públicas. Aunque también hay quien prefiere que el Estado deje de hacer de empresario y no compita con la iniciativa privada.
El detalle de los créditos: quién arriesga el dinero
Una curiosidad que, según un participante, resume el modelo entero: al principio de una película estadounidense aparecen uno o dos productores privados que juegan su propio capital. Al principio de una española pueden pasar dos o tres minutos de logos de organismos públicos —ministerios, comunidades autónomas, otros departamentos— sin un solo inversor que pierda nada si el estreno fracasa. Cuando nadie arriesga, añade, el incentivo se deforma.
El contexto histórico que la película reivindica
La película se difundió en inglés como
Love & Revolution, una elección llamativa para una historia ambientada en los años setenta. Parte del análisis cuestiona incluso el relato de fondo: qué movimiento LGTB existía entonces en Andalucía. Un participante recuerda que el primer bar de ambiente de España abrió en Torremolinos, tolerado por el régimen porque el turismo extranjero era intocable. La memoria, igual que la taquilla, admite interpretaciones.
Un millón de euros, 9.676 entradas y ninguna consecuencia visible. Nadie ha dimitido, no consta auditoría y el mecanismo de concesión sigue intacto. ¿Cuántos estrenos como este hacen falta para que alguien revise los criterios?