España arde menos en julio y nadie sabe por qué
¿Cómo es posible que en plena ola de calor y a pocos días de unas
elecciones generales los montes españoles estén más verdes que nunca y los incendios sean anecdóticos? La pregunta recorre estos días los mentideros digitales y la respuesta no es unívoca. Hay quien sostiene que el campo está verde por las lluvias de mayo y junio, que el combustible vegetal no prende igual y que la temporada de fuegos de verdad no arranca hasta mediados de agosto. Y hay quien, desde la trinchera opuesta, apunta a un patrón más incómodo: los incendios en España no son accidentales, se provocan, y este año no se están provocando.
El contraste con el año anterior es el dato que más se repite. En julio de 2022 se contabilizaron cientos y cientos de incendios; en julio de 2023, los registros son anecdóticos. La coincidencia con la campaña electoral alimenta todo tipo de teorías, desde las más pedestres hasta las más conspiranoicas. Ninguna tiene todavía respaldo documental. Pero el debate está servido.
Por qué el monte está verde en julio
La explicación más repetida es meteorológica. Las lluvias de mayo y junio han dejado el secarral español con un aspecto inusual para la época. Un viajero que cruzó la península en AVE Barcelona-Madrid a mediados de julio describió un paisaje «verde, nunca lo había visto así». La observación no es baladí: el combustible vegetal húmedo reduce drásticamente la propagación del fuego.
A eso se suma el viento. Para que un incendio se desate no basta con 30 grados; hacen falta rachas superiores a 30 km/h y una humedad relativa por debajo del 30%. Cuando no coinciden las tres variables, el monte no prende. Es la explicación que manejan los que miran al cielo y no a los despachos.
Pero la humedad no lo explica todo. En Galicia y el norte de Portugal llueve habitualmente en verano y los incendios se han producido igual cuando alguien ha tenido interés en que se produjeran. La pregunta, entonces, no es si el monte puede arder, sino quién enciende la cerilla y cuándo.
El patrón de los incendios provocados
Aquí el análisis se vuelve incómodo. Hay quien observa desde hace años un patrón recurrente: incendios declarados uno o dos días antes de que lleguen las lluvias, con viento fuerte y en zonas donde se esperan precipitaciones. La lógica del que prende no es arrasar el monte, sino quemar lo justo para ampliar terreno, renovar pastos o acceder a ayudas. El problema llega cuando la predicción falla o entra una surada y el fuego se extiende más de la cuenta.
La hipótesis del ganadero pirómano tiene defensores y detractores. Los primeros argumentan que el paisano no quiere que arda todo el monte, solo la franja que le interesa. Los segundos dudan de que 100 o 150 ganaderos se pongan de acuerdo para quemar simultáneamente 100 o 150 zonas de la misma región. La coordinación necesaria para eso no existe en el campo español.
La tercera vía apunta a intereses económicos mayores: plantaciones solares, parques eólicos, recalificaciones. Cada incendio, se argumenta, libera suelo que luego cambia de uso. Es la tesis que recorre los foros cada verano y que nunca ha encontrado una auditoría seria que la respalde.
La teoría del calendario electoral
La coincidencia con las elecciones generales del 23 de julio es el elefante en la habitación. Hay quien sostiene que los incendios se provocan con fines políticos y que este año, con las urnas tan cerca, el calendario no cuadra. La tesis, expuesta sin pruebas, es que los incendios masivos llegarán después de los comicios, cuando ya no puedan afectar al resultado.
El argumento se apoya en la comparación interanual: julio de 2022 fue un infierno; julio de 2023, un erial. La diferencia, dicen, no es meteorológica sino política. Otros replican que la meteorología es precisamente la variable que explica todo: el año pasado hubo sequía y este año no.
Lo cierto es que el operativo de extinción sigue trabajando. En las últimas semanas se han declarado incendios en Galicia, Zaragoza, León, Granada, Castellón, Girona, Gran Canaria, La Vera y La Palma, entre otros puntos. Ninguno ha alcanzado la categoría de gran incendio forestal. La temporada, oficialmente, no ha empezado.
Qué dicen los datos de superficie quemada
Los registros disponibles apuntan a un año benigno. Un incendio en el paraje de Malpica de Cartaya dejó 13 hectáreas de matorral quemadas. Otro en la sierra de Gredos, originado por una tormenta seca, afectó a unas 300 hectáreas. En Cervo, un fuego forestal quemó 0,31 hectáreas de monte arbolado. Son cifras que en un año normal no merecerían ni un telediario.
La comparación con el año anterior es demoledora. En julio de 2022, los incendios se contaban por cientos. En julio de 2023, por unidades. La superficie quemada sigue la misma proporción. Los que defienden la tesis meteorológica tienen aquí su mejor argumento: el monte está verde, la humedad es alta y el viento no sopla con la fuerza necesaria.
Los que defienden la tesis conspirativa tienen otro: la ausencia de grandes incendios en plena campaña electoral es, cuanto menos, sospechosa. Ninguna de las dos partes ha presentado todavía un análisis que cierre el debate.
El negocio detrás del fuego
Más allá de las teorías, hay un hecho que nadie discute: el fuego mueve dinero. Las ayudas por pérdidas, las subvenciones para reforestación, los contratos de limpieza y los cambios de uso del suelo generan un flujo económico que algunos observan con interés. La pregunta es si ese interés basta para prender la mecha.
La respuesta corta es que no hay pruebas. La respuesta larga es que tampoco hay auditorías que descarten la hipótesis. En un país donde la corrupción urbanística ha sido moneda común durante décadas, la sospecha no es descabellada, pero la sospecha no es un dato.
Lo que sí está documentado es que los incendios en España tienen un componente humano abrumador. La combustión espontánea no existe. Alguien enciende siempre. La discusión, por tanto, no es si hay mano humana, sino quién mueve esa mano y con qué fin.
Con el monte verde y las urnas cerca, la temporada de fuegos espera su momento. Los que llevan años observando el patrón tienen una predicción: la matraca empezará a mediados de agosto. Al tiempo.