España, ¿a la altura de la inmigración argentina de 1900?
Esa es la pregunta que flota en el debate público cuando se comparan las llegadas actuales con los grandes flujos históricos. Los números, a primera vista, dan una respuesta incómoda: en España el peso de la población nacida en el extranjero ronda ya el 20%, un porcentaje que Estados Unidos jamás llegó a tocar en su época dorada de entrada masiva. En la década de 1910, el país americano, con 92 millones de habitantes, absorbía menos de 400.000 inmigrantes anuales, el equivalente a unos 200.000 en la escala española. Estamos, como mínimo, en el mismo estadio.
El espejo argentino: otro planeta en números
Mirar a Argentina es otro cantar. En 1904 tenía apenas cinco millones de habitantes, y en una sola década recibió flujos equivalentes al 50% de su población inicial. Nada que ver con los registros estadounidenses ni con los españoles. Pero el espejo sirve para algo más que para las cifras: allí la inmigración era un proceso ordenado, con oficinas específicas, pasaje pagado, examen médico, registro y asignación de tierras a través de instituciones como el Instituto de Colonización. Los recién llegados, además, venían con oficios y con vocación agrícola. El “nivel”, como se ha dicho, subía.
Lo cuantitativo no lo es todo
La comparación española con EE.UU. y Argentina se queda en los porcentajes. El matiz está en la capacidad de absorción: países con tierras vacías y en plena industrialización interna podían digerir una presión que hoy se convierte en tensión social y demográfica. Y en el perfil: la llegada actual se define más por la falta de cualificación y por la dependencia de servicios públicos que por la ocasión de colonizar medio país.
Así que España no está repitiendo la historia: está interpretando una versión en la que faltan las hectáreas y sobran los papeles. Y mientras tanto, los descendientes de aquellos italianos que inventaron palabras para Argentina se preguntan por qué aquí las colas del padrón no levantan la voz. Ironía pura.