Rumanía anula su primera vuelta electoral por «injerencia rusa»
¿Qué pasa cuando el resultado de unas elecciones no es el que se esperaba? El Tribunal Constitucional de Rumanía lo ha respondido a su manera: anular la primera vuelta de las presidenciales, la que ya tenía ganador. La decisión no salió de Bruselas, salió del propio país, y aun así el eco se ha sentido en media Europa. El desenlace abre un debate incómodo: hasta dónde está dispuesta a llegar una democracia europea para frenar a un candidato que no le gusta.
¿Qué ha decidido el Tribunal Constitucional de Rumanía?
El organismo anuló la primera vuelta de las elecciones presidenciales con el ganador ya sobre la mesa. El candidato que había pasado a la siguiente ronda, Georgescu, había hecho campaña con un discurso crítico con la ayuda a Ucrania, un perfil que en el club europeo no tiene cola. La anulación, por tanto, no esperó al resultado final: tumbó el proceso entero cuando ya había un nombre.
El anuncio de la suspensión llegó, según las crónicas del asunto, sin los motivos completos de la decisión. Esa ausencia de argumento público fue para muchos más elocuente que cualquier informe. Cuando un tribunal constitucional revoca una votación sin desplegar las pruebas en el mismo acto, la cuestión deja de ser jurídica y pasa a ser política.
La «injerencia rusa» y las 25.000 cuentas de TikTok
El argumento llegó después, y llegó por escrito. El máximo consejo de seguridad de Rumanía desclasificó documentos que sostenían que el país había sido blanco de «agresivos ataques híbridos rusos» durante el periodo electoral. La pieza central: una red de
25.000 cuentas de TikTok y grupos de Telegram coordinados desde 2022, el año de la invasión rusa a gran escala. Esas cuentas, según la versión oficial, amplificaron la proyección del candidato.
El razonamiento tiene su aquel. Si el problema es que una red de cuentas infló a un candidato, la pregunta obligada es qué se hace con las redes que operan en sentido contrario. Quien defiende la anulación responde que había una operación coordinada desde el exterior. Quien la rechaza sostiene que tener muchas cuentas a favor en una red social es una descripción del funcionamiento normal de una campaña, no una prueba de pucherazo.
Hay quien lo resume con sorna: si pones cuentas falsas a favor del contrario y pierdes, repites; y si ganas, te las comes igual. Es la clase de chiste que solo funciona porque nadie ha visto todavía el informe completo.
El cargo que se atribuye a la UE y el que le corresponde
Conviene separar dos cosas que el ruido mezcla. El titular que circuló atribuía la anulación a la Unión Europea. La decisión es de un tribunal del propio país. Bruselas no tiene competencia para anular unas elecciones nacionales, y si algún día dejara de ser así, el problema sería mucho mayor que Rumanía.
Lo que sí está en juego es otra cosa: los estándares mínimos que se le suponen a un socio del club. Un miembro de la UE debería tener, como mínimo, decencia democrática. Que la anulación de unos comicios se despache como un asunto de consumo interno abre la puerta a que la receta se exporte al resto de la Unión. Ese es el precedente que inquieta, más que el caso concreto.
El precedente que nadie sabe dónde acaba
En la parte más dura del asunto aparece la etiqueta técnica. Afirman algunos que, salvo que existan pruebas incontestables, el nombre correcto para anular unos resultados electorales es
golpe de Estado. Otros lo llaman simplemente repetir elecciones hasta que salga el candidato correcto. La acusación de prorruso, añaden, se aplica hoy a cualquiera que se oponga a involucrarse en la guerra de Ucrania, aunque lo que defienda sean los intereses de su propio país.
Lo llamativo es la lista de comparaciones. Se cita Venezuela, donde ya se sabe cómo acaban estas cosas. Se cita Ucrania, que no está ni en la UE ni en la OTAN. Se cita Hungría, que lleva años jugando al mismo juego desde dentro. Y se cita, cómo no, a los verificadores de confianza que aparecen cuando conviene.
Con estos mimbres, la pregunta no es qué pasa en Rumanía. La pregunta es cuántas veces se puede repetir una votación antes de que la palabra democracia empiece a necesitar comillas.