Igualdad lanza una campaña contra el porno y el foco se gira hacia quien la financia
¿Qué pasa cuando el Ministerio de Igualdad dedica una campaña a advertir de que el porno destroza la cabeza de los adolescentes? Que media España aplaude por primera vez en años y la otra media sospecha. El anuncio, difundido por la propia cartera, muestra a un chaval que se compara con los cuerpos del porno y acaba con complejos, frustraciones y una autoestima hecha trizas. Hasta ahí, el guion. El problema es quién lo firma y qué se esconde detrás de una pieza que, en el fondo, casi nadie discute en su diagnóstico.
La reacción inmediata en los mentideros económicos fue la de siempre: desconfianza.
Una campaña razonable, concede más de uno, «y para una que hacen». Pero la sospecha pesa más que el elogio. Si el mismo aparato que ha normalizado el acceso libre a todo tipo de contenido para adultos ahora se erige en censor, algo no cuadra. La tesis dominante: no es moral, es
control.
¿Por qué se sospecha del Ministerio de Igualdad y no del porno?
El argumento más repetido no ataca el anuncio, ataca al emisor. Hay quien sostiene que la pornografía nunca fue un problema para quien ahora la critica, y que el verdadero objetivo es otro:
identificar al usuario, rastrear lo que ve y lo que dice. La hipótesis del acceso mediante huella dactilar o verificación de identidad aparece una y otra vez. No es una propuesta del ministerio, es el temor de fondo: que la excusa sanitaria sirva para levantar un muro de control sobre internet.
Frente a eso, otra corriente defiende la campaña sin ambages. El crío del vídeo es un crío, y a esa edad cualquier modelo distorsionado genera complejos absurdos. La vigorexia, el consumo de esteroides, la comparación permanente con cuerpos imposibles: el anuncio no criminaliza el porno, advierte de su efecto en cerebros en formación. Es, dicen, la primera pieza oficial en años que dice algo sensato.
El porno como segunda causa de suicidio: el dato que descoloca
En medio del cachondeo general, alguien suelta la cifra que cambia el tono:
el porno es la segunda causa de suicidio entre los jóvenes, solo por detrás de otro problema que el mensaje deja caer con retranca. La broma no oculta el fondo. Hay quien pide dejar de usar el tema para tirar mierda y tratarlo como lo que es: un asunto serio con consecuencias medibles.
La contraargumentación llega rápida. ¿Qué adolescente, en pleno trámite, se pone a elucubrar sobre el vídeo? ¿Quién hace flexiones antes? ¿Quién se pone auriculares para limitar un sentido por si alguien entra? La escena del anuncio, dicen, es absurda e irreal. El bajón llega después, por la dopamina, no antes. Y el porno es +18, mientras el contenido que se consume a los trece años es otro y nadie dice nada.
La doble vara: del destape a la censura
El reproche más incómodo es el de la coherencia. La izquierda que combatió la censura del franquismo ahora quiere censurar el porno porque, argumentan, denigra a la mujer. Primero se promovió la liberación sexual masiva; ahora se vuelve conservadora y esquizofrénica, promocionando lo trans y censurando el porno. Todo lo hacen mal, resume la corriente más dura.
La comparación con las drogas cierra el círculo: si las campañas contra la marihuana y la cocaína funcionaron igual de bien, esta acabará con la pornografía en tiempo récord.
Honk honk.El negocio detrás del anuncio
Y luego está la factura. Otra línea de análisis apunta al gasto:
spots de cien mil euros repartidos entre productoras amigas mientras la gente debate el contenido como si eso importara. El saqueo, sostienen, es el mensaje real. La campaña no es un fin, es un contrato.
El cierre lo pone la ironía seca de siempre: si quitan las pajas, se cae España. Es el motor de este país.