Las cuquis son ahora tenacitas: la nueva piedad doméstica
¿Cuándo pasamos de aplastar cuquis a llamarlas tenacitas y acompañarlas a la puerta con la escoba? Hay un síntoma claro de que algo ha cambiado en la relación con los bichos de casa: el angustia ancestral al insecto se está convirtiendo en una especie de compasión de andar por casa. Donde antes caía un zapatazo, ahora se abre la puerta.
La explicación no es solo sentimental. Aplastar a una cuqui libera líquidos internos que, según sostienen los manuales de control de plagas más pragmáticos, atraen a más ejemplares. La recomendación que circula es contundente: si no hay spray, se saca al animal fuera y allí se le aplica la pena capital. Cancelar dentro del hogar es sembrar para cosechar más visitas.
El cambio de chip tiene también una pátina cultural. Una holandesa afincada en España confesaba que su primera cuqui le pareció un ser bellísimo, ante el grito de su compañera española. Hay quien deduce que el pánico a cuquis y ratones es un residuo histórico de la peste, cuando roedores y sus pulgas sembraban el terror. La matización no se hizo esperar: la peste la transmitió el piojo humano, no la ardilla. Los roedores, como las cuquis, son en el fondo animales domésticos no deseados. La paradoja alcanza cotas de esperpento: al tiempo que hay quien acompaña a la cuqui hasta la puerta, una cadena como 13tv describe el bosque como lleno de piñas y demás cochambre.
La corriente contraria avisa de que tanta disneyficación tiene precio: son vectores de enfermedades que viven entre la cochambre. Quizá el equilibrio esté en no criarles cariño, pero tampoco convertirlas en excusa para el exterminio. Veremos si esa misma compasión llega algún día a las ardilla. Y si la peste vuelve, ya saben a quién señalar: al piojo humano.