La fe como antídoto contra la preocupación: el debate que niega el libre albedrío
Hay una tesis que un forero defiende con la fuerza de un mantra: todo lo que ocurre, ocurre porque Dios lo quiere. De ahí deriva tres niveles de fe que, según sostiene, convierten la preocupación en un síntoma de falta de confianza en el creador. El primero: así lo quiere Adonai. El segundo: es para bien. El tercero: hay un mensaje en cada instante de la vida. Quien los aplica a tiempo completo, argumenta, vive permanentemente en el presente y no se ocupa antes de tiempo de nada. La propuesta no es menor: desactiva de un plumazo la ansiedad, la planificación y, de paso, la responsabilidad individual.
El problema es que la vida se empeña en contradecir el marco. ¿Un asesinato es porque Dios lo quiso? ¿Un cáncer es para bien? La respuesta que da desde esta trinchera es que todo es todo, sin excepciones. Si el creador nos hizo, tiene sus motivos para cualquier cosa que ocurra, incluido un asteroide del tamaño de Rusia. La fe auténtica, insiste, no se detiene en el primer nivel: reconoce que la enfermedad es porque el padre así lo quiere, por tanto es para bien, y llega al tercero, el mensaje oculto.
El que no tiene fe, en cambio, se queda atascado en el primer escalón y cree que las cosas le pasan para su mal.Los tres niveles de la fe: ¿sabiduría o resignación?
La arquitectura del argumento tiene su lógica interna. Si Dios lo controla todo, preocuparse es una forma de ego, incluso de idolatría: dar a entender que uno decide o puede interferir.
«No decidimos una mierda», sentencia. Si mañana al creador le da por convertir el sol en una gigante roja, nos vamos a la mierda en cero coma. Bajo ese prisma, la preocupación no solo es inútil: es una señal de identidad del ganado, de quien no ha entendido nada. La persona con fe auténtica está en el presente, no porque enfatice el yo, sino porque ve con claridad que todo responde a los tres niveles.
El problema, señalan las voces críticas, es que ese marco convierte al ser humano en un convidado de piedra.
Si todo está decidido, el libre albedrío es una ficción y la moral se diluye. La respuesta desde la fe es paradójica: al aumentar la frecuencia de aplicación de los tres niveles, aumenta la calidad del libre albedrío. Una pirueta que deja al lector pensando si no será más bien al revés.
El cáncer, el asesinato y el problema del mal
El debate se tensa cuando se baja al barro de los casos extremos. ¿Un asesinato fue porque Dios lo quiso? ¿Descuartizar a una persona fue para bien? La respuesta es afirmativa sin ambages: no es que se crea, es que se está convencido.
Le corresponderá al asesino, en su larga temporada entre rejas, averiguar qué mensaje esconde el crimen. Y con el cáncer, lo mismo: si se dice que todo es porque Adonai lo quiere, es para bien y hay un mensaje en cada instante, ¿por qué iba a ser una excepción?
La distinción que se traza es entre poblaciones. Una sin fe auténtica no reconocerá que la enfermedad es porque su creador lo quiere, creerá que es para su mal y no llegará al tercer nivel. Otra con fe auténtica sí lo hará.
Es la diferencia entre un dador de luz y un receptor de luz. El ganado, por ser ganado, se imposibilita a sí mismo la maximización de su potencia computacional porque su ego le impide desarrollarla.
La respuesta del padre que deja libertad a su hijo
Frente a la tesis de que Dios quiere todo lo que ocurre, se alza una objeción teológica de peso:
no es «porque Dios así lo quiere», sino porque así lo permite. Es muy diferente. Dios no quiere que alguien se alcoholice y convierta sus pequeños problemas en gravísimos, pero si se empeña en beber sin medida, sacará lo mejor de la nueva situación creada por esa persona en el ejercicio de la libertad que se le ha dado. El ejemplo del padre con su hijo es elocuente: lo engendró, lo quiere, podría haber evitado sus errores si no le hubiera dado libertad para cometerlos, pero las consecuencias habrían sido peores. Nada de eso significa que haya querido o propiciado esos errores.
Vivir el presente: ¿paz interior o resignación del rebaño?
La crítica más incisiva no viene de la teología, sino de la sociología.
«Vivir en el presente y no preocuparse por nada» es la forma óptima de que el ganado se encuentre cómodo y feliz en una vida sin futuro decente, a la espera de que un impredecible pastor decida qué uso le va a dar. Su única ocupación es correr hacia donde el pastor pone el pienso o en dirección contraria a donde ladra su perro. Todo lo demás sería preocuparse, y eso es muy malo porque implica pensar y, por tanto, sufrir innecesariamente. La tesis, desde este ángulo, no es una liberación espiritual, sino un mecanismo de control social.
El ejemplo de Superman y los elohim
En medio del debate teológico, aparece una curiosidad que descoloca:
en la película de Superman se nombra subliminalmente a los elohim. Jor El, Kal El. La historia del héroe podría ser la de un miembro de una tribu internacional: «aunque te has criado como un ser humano, no eres uno de ellos; posees enormes poderes; vive como si fueras uno de ellos pero conserva en tu corazón el orgullo de tu origen». La conexión con el pueblo elegido para llevar luz a las naciones es inevitable.
Prohibido inmiscuirse en la historia de los hombres, pero se puede guiar con el liderazgo.Abraham, la alegría y la élite
La conversación deriva hacia el peso de la tradición. No se sale de Abraham: en las tres religiones monoteístas se le menciona. Pero hay un matiz que se subraya:
muchas veces los rabinos repiten que, por mucho que uno siga los 613 mandamientos, si no va por la vida con alegría, lo que hace no vale para nada. De ahí surge la comparación: ¿es superior seguir los tres niveles de la fe que saberse de memoria los significados de las 80.000 palabras de la Torá? Es como comparar a alguien con varias carreras que trabaja de funcionario con un hombre hecho a sí mismo, empresario y con facturación cómoda. No hay respuesta clara.
Lo que sí se defiende es que conferir la máxima importancia a incrementar la frecuencia de uso de los tres niveles permite que cualquiera se acerque a su padre celestial, y no solo la élite.
Tal vez ese punto de vista haga que las nuevas generaciones no estén salpicadas de pasados errores. El deseo, se dice, es darse con un canto en los dientes si así fuese.
¿Es la fe auténtica una liberación de la ansiedad o una coartada para no pensar? Los tres niveles prometen plenitud, pero exigen renunciar a la idea de que uno decide algo.
Quien los aplica vive en el presente; quien los cuestiona, sigue preocupado. La pregunta, al final, no es si Dios quiere el cáncer o el asesinato, sino si merece la pena vivir en un mundo donde todo está justificado de antemano.