En Paiporta apenas lloviznaba cuando empezó todo. Quienes acudieron esos días a echar una mano en las poblaciones anegadas de Valencia lo describen igual: primero un palmo de agua y, en veinte minutos, metro y medio con corriente fuerte. El agua no cayó allí; bajó desde las poblaciones del oeste, desbordó el cauce y sorprendió a muchos vecinos con el coche en marcha. Un participante sostiene que buena parte de las víctimas no murió en su casa, sino
en un atasco. De aquello quedan conclusiones incómodas y muy concretas sobre la DANA en Valencia, formuladas por gente que estuvo en el barro.
¿Cuánto tardó el Estado en movilizar todos sus recursos?
Cinco días. Los artículos 28 y 29 de la
ley de Protección Civil permiten a la comunidad autónoma solicitar la declaración de emergencia de nivel nacional y al Ministerio del Interior ordenarla; activada, pone a disposición todos los recursos del Estado —militares, UME, bomberos y maquinaria de toda España—. Ese resorte tardó casi una semana en pulsarse.
El motivo que se apunta no fue logístico, sino electoral. Mientras la administración autonómica y el Gobierno central se cruzaban reproches, los municipios afectados se organizaban con voluntarios y medios propios. El balance que se repite:
el despliegue no fue asombroso y la descoordinación se olía en el ambiente. Cada cual que juzgue si fue inutilidad o algo peor. En paralelo, la Feria de València se habilitó como tanatorio temporal para las víctimas, un dato que mide la escala real del desastre.
¿Por qué el coche es una trampa mortal en una inundación?
Porque convierte una salida posible en un encierro de horas. Uno de los relatos recogidos apunta a
personas que pasaron cuatro horas atrapadas en un atasco intentando abandonar pueblos colapsados. En esas mismas cuatro horas, con una bicicleta o a pie, se sale del problema. La secuencia que lo explica es casi siempre la misma: el agua sube en el garaje, el vecino baja a mover el coche para no mojarse al día siguiente y ahí se acaba la historia.
La bici aparece en los análisis como el vehículo más eficaz: no depende de gasolina ni de red eléctrica, se repara con poco, se echa al hombro para salvar un muro de metro y medio, se esconde y no hace ruido. La movilidad real de esos días fue a pie o en bicicleta, porque pasarelas y carreteras habían dejado de existir. Quien la use hará bien en llevar
dos o tres cadenas de repuesto y una bomba de inflado que se pueda accionar con las manos frías y mojadas.
¿Qué debe llevar una mochila de 72 horas?
Debe cubrir tres días de autonomía, no una expedición. El equipo que más se repite es este:
- Defensa, a criterio de cada cual
- Mochila y ropa de invierno, con frontales y pilas
- Comida y agua para 72 horas como mínimo, mecheros y cuchillo multiusos con rompe cristales
- Saco de dormir, funda de vivac y esterilla
- Poncho para vivaquear, con pulpos y piquetas
- Mapas topográficos plastificados, GPS y pilas
- Una radio tipo Baofeng
La crítica más repetida no va contra el contenido, sino contra el peso. Cargar diez kilos de más según las circunstancias de cada casa es la diferencia entre salir y quedarse; con una persona en silla de ruedas o mayor, el plan se vuelve directamente inviable. Y un detalle que suele olvidarse: hay quien calcula que los diez kilómetros que separan el pueblo más alejado de Valencia capital se hacen en hora y media andando, terreno llano, pero que a la vuelta, con la fatiga acumulada, no los hace cualquiera.
¿Qué pasó con el desabastecimiento y los saqueos?
Que llegaron antes que la ayuda. Incluso en Valencia capital y en pueblos del norte que no se inundaron hubo
falta de productos en los supermercados. En las zonas afectadas, los robos nocturnos fueron una realidad y salir de noche se volvió peligroso.
Al problema de seguridad se sumó el sanitario. Después de cinco días, el lodo que se retiraba arrastraba restos fecales y el olor era insalubre; quienes trabajaron allí lo describen como un foco de infecciones y recomiendan protección en las tareas de limpieza. Los dispositivos electrónicos, mientras tanto, se quedaron sin cobertura y sin batería en las primeras 12 o 24 horas. Olvidarse de las aplicaciones y navegar con mapa y pilas dejó de ser un capricho.
¿Por qué no se debe vivir en zona inundable?
Porque la catástrofe no se mide en días, sino en patrimonio perdido. La primera recomendación es de sentido común: no comprar ni construir en zonas históricas de inundación, aunque la última fuera hace más de cincuenta años. Y si ya se vive en una, evitar garajes subterráneos y primeras plantas.
Hay un factor añadido que se señala en las cuencas del norte: las restricciones a la limpieza de los ríos han dejado los cauces llenos de vegetación y de material que acabará bajando río abajo, contra los puentes, cuando vuelva a llover con la fuerza de hace ochenta años.
¿Sirven de algo los generadores y las placas solares en una ciudad?
En un área rural, sí. En una urbe, solo hay dos escenarios honestos. Con ayuda exterior y una situación no desbordada, añaden comodidad y poco más: lo importante es tener comida, agua para un par de semanas y seguridad en casa. Sin ayuda exterior o muy limitada, ningún piso sostiene ese consumo salvo que se almacenen cientos de litros de combustible, y unas placas se convierten en algo que hay que defender. El día a día de la solidaridad fue otro: funcionó en grupos pequeños de gente conocida, no en la foto.
De fondo queda el dato que descoloca: con el despliegue completo y el país volcado, en zonas que ni se inundaron ya faltaban productos básicos.