Ruido vecinal: de la aspiradora a la sirena industrial en el rellano
¿Basta con aspirar entre las 8 de la mañana y las 22 de la noche para tener derecho a hacer cualquier ruido en casa? Un vecino de un bloque de viviendas ha respondido a esa pregunta colgando un cartel en el portal: si su vecina no cambia de aspiradora, activará una
sirena industrial cada vez que ella la encienda. Antes lo había intentado de viva voz. No hubo acuerdo.
La nota, difundida por una cuenta que recopila conflictos vecinales y recogida por
Los Replicantes, habla de «continuos ruidos molestos e insufribles» y advierte de que la amenaza no es solo para ella: el aviso es para toda la comunidad. El detalle no es menor, porque el ruido de un piso no entiende de destinatarios.
Qué dice exactamente la nota colgada en el portal
El cartel no se anda con rodeos. Señala como fuente del problema a «los animales (perro y gato) que en muchas ocasiones los deja solos, haciendo que el perro ladre». Y apunta, sobre todo, a un electrodoméstico concreto: «un aspirador que tiene que, cada vez que lo pasa, parece que se nos vaya a caer el techo encima, generando un ruido como de arrastrar piedras». El autor asegura que la invitó a bajar a su vivienda para que comprobara el estruendo. Sin resultado.
«A sabiendas de que ese tipo de aspirador no cumple con los decibelios para vivir en comunidad, ella nos dijo que puede hacer el ruido que le dé la gana desde las 8 hasta las 22», recoge la nota. Y remata: «En muchas ocasiones arrastra muebles pasadas las 23». La réplica anunciada es una
sirena industrial, que se encendería con el mismo criterio horario que ella esgrime.
¿Se puede hacer ruido entre las 8 y las 22 sin límite?
Ese es el corazón del pleito doméstico: la convicción de que el horario diurno es un cheque en blanco. Entre quienes siguen estos conflictos se repite el argumento de que no es así, que el derecho al descanso no se limita a la franja nocturna y que un ruido excesivo y repetido puede ser reclamable a cualquier hora.
También aparece la sospecha inversa. Hay quien sostiene que el autor de la nota puede ser el típico vecino al que le molesta
hasta el vuelo de una mosca, y que en la comunidad no se ha movido un dedo hasta que el conflicto ha escalado de forma insostenible. Sin una medición objetiva, las dos versiones caben en el mismo rellano.
Qué cuesta llevar el ruido vecinal a los tribunales
La vía judicial existe, pero se paga por adelantado. El desglose que circula entre quienes han pasado por esto detalla los gastos que asume quien denuncia antes de ver un solo euro:
- Procurador: 500 €
- Abogado: 3.000 €
- Medición acústica: 900 €
- Notario: 600 €
- Arquitecto: 800 €
- Psiquiatra: 300 €
- Burofax: 100 €
A eso se suman informes psiquiátricos que acrediten el daño, grabaciones y paciencia. El cálculo completo, partida a partida, deja una cifra total que asumiría el demandado si pierde, bastante más alta que la suma de los adelantos. Quien tenga curiosidad por el desglose entero sabe dónde está.
Los agujeros de la vía judicial
Ninguna demanda es un billete de lotería. Acreditar que un sonido sale de un piso concreto y no del de al lado es complicado, y los peritos cobran por visita: si el día de la inspección no hay ruido, factura igual. Los ruidos esporádicos —un arrastre de sillas, un golpe— son casi imposibles de registrar con un sonómetro.
Está, además, el problema de a quién se condena. La sentencia se dirige contra una persona, no contra un inmueble, y una mudanza a mitad de proceso deja al demandante con los gastos y con un vecino nuevo en el mismo sitio. Y si la demanda se desestima, las costas pueden recaer sobre quien la presentó.
Del bloque de pisos al pueblo: la huida como solución
Buena parte del malestar no viene del vecino, sino del forjado. El ruido de impacto se transmite por la estructura y el aislamiento acústico de muchas promociones basta para que una silla arrastrada suene como un derribo. Hay quien añade, no obstante, que buena parte de esos ruidos de impacto se deben a la falta de civismo de quien los provoca.
De ahí que la salida más repetida sea geográfica: quien puede, se va a un pueblo o a una casa con muros de por medio. Los que ya lo han hecho avisan de que en el campo también hay tractores, grillos, perros y obras, aunque a otra distancia. Otros defienden el alquiler como válvula de escape: si el edificio se vuelve inhabitable, uno se muda sin pagar el peaje fiscal de una compraventa.
Una sirena que atruena primero en casa propia
Queda el detalle más obvio y el menos citado: la sirena industrial sonará dentro de la vivienda de quien la compra. Si el aspirador le parece un derrumbe, conviene saber cómo suena un aviso acústico de emergencia a metro y medio del sofá. La venganza acústica es, antes que nada, un acto de masoquismo doméstico.
Así que la comunidad espera sentada a ver quién cede primero: la aspiradora, la sirena o las ganas de subir a hablar. Noviembre está a la vuelta de la esquina y el descanso, de momento, sigue en obras.