Asesinato de Shinzo Abe: los disparos, cero reacción y muchas preguntas
Japón presume de tener uno de los índices de homicidios con arma de fuego más bajos del planeta. Y aun así, un ex primer ministro ha caído abatido a tiros en plena calle, en un acto público, a dos días de unas elecciones. El asesinato de Shinzo Abe —el líder que más ha durado al frente del Gobierno japonés en años— no encaja ni con el manual del desequilibrado que actúa solo ni con la fama de eficacia de los servicios de seguridad nipones. El dispositivo de protección fue, según la descripción que más ha circulado,
de risa, y los presentes no reaccionaron hasta que Abe estaba ya en el suelo.
Qué se sabe del atentado: un arma improvisada y una seguridad desbordada
El ex primer ministro recibió los disparos durante un acto público. Sobre el arma hay versiones que no cuadran entre sí: una apunta a una escopeta recortada de fabricación casera; otra sostiene que se trata de un modelo manufacturado que nadie ha identificado todavía. Lo que repiten todos los relatos es la escena: escasa presencia policial, un dispositivo que no reaccionó a tiempo y un público que tardó en entender lo que acababa de pasar. El atentado se produjo
dos días antes de las elecciones al Parlamento japonés, con Abe fuera del cargo pero con la intención de volver a presentarse. «Iba a presentarse otra vez. Y puede que ganase otra vez, ahora ya nunca lo sabremos», resume una de las lecturas más repetidas del caso.
¿Quién gana con la muerte de Shinzo Abe?
La respuesta más obvia apunta a China, la potencia que más gana sobre el papel con la desaparición de un nacionalista japonés que podía plantar cara en el sudeste asiático. Pero no es la única tesis. Otra corriente sostiene justo lo contrario: que fueron los propios aliados de Japón quienes se quitaron de encima a un molesto nacionalista que no tragaba con quedar dentro de la órbita china en el nuevo reparto de poder. Hay un dato que da fuerza a la hipótesis del cálculo político: el partido de Abe, el LDP, ganó las elecciones del fin de semana con una mayoría amplia y, junto a formaciones afines, controla
dos tercios del Parlamento. Con esa mayoría puede reformar la Constitución y convertirse en el brazo armado de Estados Unidos en el Pacífico, con la misión —dicen— de defender Taiwán. Antes del magnicidio, la popularidad del LDP entraba en terreno negativo y las críticas contra el banco central y sus políticas eran ferocísimas. Después, esas críticas se apagaron de golpe. ¿Casualidad?
¿Por qué Japón no tiene ejército propio?
Porque su defensa depende de Estados Unidos y eso le deja poco margen para decidir por su cuenta. Es el mismo esquema que se aplica a Alemania: dos de los mayores competidores industriales de Washington, y sin embargo atados de pies y manos por el monopolio de su seguridad. La tesis que se repite es que ninguna de las dos haría cosas como renunciar al gas ruso si tuviera control real sobre su defensa.
Colonia es la palabra que se usa sin cortarse. Japón es, además, un país peculiar: moderno y a la vez muy conservador, con una relación complicada con el resto de Asia.
El magnicidio como parte de la historia política japonesa
Quien busque precedentes los tiene a montones. El vídeo de Otoya Yamaguchi cargándose a katana a un político de su tiempo sigue circulando como material de culto. Yukio Mishima, uno de los grandes escritores del país, intentó dar un golpe de Estado con el ejército y acabó como acabó. Años después se ejecutó al líder de una secta que planeaba un genocidio masivo en Tokio con armas químicas. Y hace poco, un individuo disfrazado del Joker intentó incendiar un vagón de metro con gente dentro. Con ese historial, hay quien sostiene que el magnicidio es parte intrínseca de la cultura política japonesa. Otros responden que generalizar así le hace el trabajo a quien quiere vender el crimen como algo inevitable. Lo cierto es que el país acumula una lista de atentados que pocas democracias ricas igualan.
La semana en que murieron otros nombres
El mismo tramo de calendario dejó más obituarios incómodos. Falleció Mohammed Barkindo, secretario general de la OPEP. En Oklahoma apareció muerta la presidenta de una cámara de comercio y su marido murió después. Y se cumplió un año del asesinato del primer ministro de Haití, Jovenel Moïse, acribillado en su habitación por un comando de exmilitares colombianos, pagados —según las informaciones publicadas— por un pastor evangélico y una contratista estadounidense. Para una parte del análisis esto no es casualidad, sino el arranque de una serie. Y el nombre que más se repite como próximo en la lista no es japonés: si alguien debería estar nervioso, dicen, es Boris Johnson. A saber si ya le están preparando su propio «loco solitario» para que no hable cuando la cosa se ponga fea.
Balas de sal, Oswald y la Yakuza: las teorías sin prueba
El capítulo de las hipótesis está abierto del todo. Una de las predicciones más repetidas es que el detenido no llegará vivo a juicio: aparecerá muerto por sus problemas mentales, por culpa o por un justiciero al estilo de Jack Ruby que termine el trabajo con la coartada del patriotismo. Otra apunta a la Yakuza, aunque ahí el propio relato se autolimita: la mafia japonesa ha perdido mucho poder y no se ha confirmado vínculo alguno con el autor. También circula una explicación técnica para las balas que desaparecen: un cartucho de escopeta separa proyectil y propelente con un taco, así que admite cristales de sal endurecidos, hielo mezclado con serrín o cualquier invento casero que, ya dentro del cuerpo, se disuelve. El desarrollo completo de esa hipótesis, con distancias de tiro y efectos, no aparece en ninguna nota oficial.
Lo que queda abierto
Que un país con casi cero muertes por arma de fuego asista a un magnicidio en directo, con la seguridad mirando y dos tercios del Parlamento cambiando de manos en la misma semana, es demasiado material para quien prefiere las explicaciones simples. El detenido sigue siendo, por ahora, un lobo solitario sin móvil claro. Y la pregunta incómoda no es quién disparó. Es quién se benefició de que disparara.