La IA promete curar el cáncer y dejar al 20% sin empleo
¿Se puede crecer al 10% anual, curar el cáncer y, a la vez, dejar a uno de cada cinco trabajadores en la calle? El CEO de Anthropic, Dario Amodei, sostiene que sí. En una entrevista con Axios fechada el 28 de mayo de 2025, el directivo advirtió de que la inteligencia artificial podría eliminar hasta el
50% de los empleos de nivel inicial en sectores como tecnología, finanzas, derecho y consultoría en un plazo de cinco años. La consecuencia directa, según su propio cálculo, sería una tasa de
desempleo de entre el
10% y el 20%, con los jóvenes como principales damnificados.
Qué dice exactamente el CEO de Anthropic
Amodei no se limita a lanzar la cifra y marcharse. En la misma conversación reconoce que gobiernos y empresas no están actuando con la urgencia que el escenario exige, y propone medidas concretas: un
impuesto simbólico sobre los ingresos generados por la IA para redistribuir las ganancias y mitigar la desigualdad. También señala que buena parte de los legisladores y de los propios trabajadores no terminan de creer que el impacto sea de esta magnitud, lo que a su juicio desembocará en un shock económico y social si no se toman medidas proactivas.
El escenario que dibuja no es apocalíptico en lo tecnológico. Amodei imagina un futuro en el que la IA resuelve problemas como el cáncer y hace crecer la economía al
10% anual. El problema es la letra pequeña: ese mismo escenario deja al 20% de las personas sin empleo. Crecimiento récord y exclusión masiva en la misma frase.
Los datos que ya apuntan a ese mercado laboral roto
La advertencia de Amodei no flota en el vacío. Un informe de SignalFire citado por Business Insider el 28 de mayo de 2025 señala una reducción del
50% en la contratación de recién graduados por parte de las grandes tecnológicas respecto a niveles prepandemia, en parte por la adopción de IA. El mercado de entrada se estrecha antes de que la automatización masiva llegue a las capas medias.
La foto macroeconómica de Estados Unidos, sin embargo, no refleja todavía el cataclismo. La tasa de desempleo se mantuvo en el
4,2% en abril de 2025, igual que en marzo y en línea con las expectativas. El número de desempleados aumentó en 82.000 personas, hasta los 7,165 millones, mientras el empleo crecía en 436.000 y alcanzaba los 163,944 millones de ocupados. Es decir: el mercado laboral estadounidense aguanta, de momento, el tipo.
El desajuste entre el discurso y la realidad de la oficina
Hay quien sostiene que el relato de la IA devorando empleos es, en buena parte, propaganda de quien vende IA. La objeción tiene su lógica: los máximos responsables de las empresas que desarrollan estos modelos son los primeros interesados en que el mundo crea que la transformación es imparable. Que Amodei pida un impuesto sobre los ingresos de su propio sector se lee, desde esa óptica, como una forma de legitimar el discurso y de anticiparse a la regulación.
Frente a esa tesis, otra corriente subraya que los indicios ya son visibles en los márgenes. La consultoría, la asesoría y la contabilidad son los terrenos donde más se está notando: hay despachos que ya utilizan herramientas de IA para tareas que antes ocupaban a recién licenciados. El cálculo que circula entre profesionales del sector es que el valor de todo lo que no sea tangible se acerca a cero, y con él el de los empleos administrativos que sostenían la clase media de oficina.
La paradoja de Moravec y el ladrillo que nadie automatiza
La réplica más repetida tiene que ver con lo físico. Ninguna IA va a subir a un andamio, montar una puerta, arreglar una cañería o cortar filetes para un escalope. Los oficios manuales, los cuidados y el mantenimiento resisten porque el cuello de botella no es el conocimiento, sino el cuerpo. La paradoja de Moravec —lo difícil para una máquina es lo que para un humano resulta trivial— sigue vigente en la obra y en la residencia de mayores.
El contraargumento es que esa barrera protege a menos gente de la que parece. Programar tampoco es solo codificar, y sin embargo el mercado de los juniors en las consultoras tecnológicas ya estaba roto antes de que llegara la IA. La automatización no crea el problema: acelera un proceso que llevaba años en marcha. El mercado solo contrata experiencia, y la experiencia se compra con años que nadie está dispuesto a pagar.
La productividad que nunca llegó a la nómina
La pregunta de fondo es incómoda: si la productividad ha subido de forma sostenida durante los últimos cien años, ¿por qué seguimos trabajando las mismas horas semanales? La jornada de 40 horas se consolidó hace un siglo y ahí sigue, mientras la producción por hora se multiplicaba. La productividad se ha ido a beneficios, a precios más bajos de algunos bienes y a nuevas capas de trabajo que antes no existían. A la nómina, poco.
Ese desajuste es el que alimenta la desconfianza hacia el relato oficial. Si la IA cumple lo que promete, la discusión no será solo cuántos empleos destruye, sino quién se queda con el excedente. La propuesta de un impuesto sobre los ingresos de la IA es, en el fondo, un intento de responder a esa pregunta antes de que la hagan a gritos.
El escenario español: menos empleo de entrada y más paro estructural
En España el punto de partida es peor. Con una tasa de desempleo juvenil que ronda el 50%, el estrechamiento del mercado de entrada que ya se observa en Estados Unidos golpearía sobre un terreno mucho más frágil. La advertencia de Amodei habla de su mercado, no del español, pero la mecánica es la misma: si las empresas dejan de contratar juniors, el primer escalón de la carrera profesional desaparece.
La discusión sobre qué hacer con el tiempo liberado también está sobre la mesa. Hay quien plantea que, si la IA hace el trabajo, habrá que pelear por una jornada de 21 a 28 horas semanales para que los beneficios lleguen a quien los generó. Otros recuerdan que cada revolución tecnológica anterior —la automatización de las cadenas de producción, por ejemplo— empezó con paro y hambre, siguió con sangre y acabó en un equilibrio nuevo. El problema es el precio de la transición.
Todo esto ocurre mientras el desempleo estadounidense sigue en el 4,2% y los grandes tecnológicos ya contratan a la mitad de recién graduados que antes de la pandemia. Puede que la debacle anunciada no llegue en cinco años. Puede que llegue en quince y con otro nombre. Lo que no cuadra es que la productividad siga subiendo y la jornada siga igual.