«Esa firma no es mía»: el voto por correo reabre el pulso entre votar y abstenerse
«Esa firma no es mía, yo no voto nunca». Quien lo dice es un vecino de un municipio donde ganó el PSOE, y lo dijo ante una jueza. Lo recoge una información firmada por Teresa Gómez y publicada por
THE OBJECTIVE sobre el presunto fraude del voto por correo. La paradoja es de manual: un sistema que presume que todo el mundo participa y que, cuando se investiga, devuelve firmas que nadie reconoce. De fondo, el mismo dilema de siempre. Si votar sirve para algo, o si abstenerse equivale a votar a otro sin enterarte.
Qué se sabe del fraude del voto por correo y qué no está probado
El caso que ha circulado estos días tiene un protagonista anónimo: un afectado que declaró ante la jueza que la firma atribuida a su voto por correo no era suya, y que él no vota nunca. El municipio donde se produjo, según las informaciones publicadas, es uno donde el PSOE ganó. A partir de ahí, las denuncias se multiplican: se han difundido vídeos de otras elecciones con relatos parecidos y, sostienen quienes los comparten, sin consecuencias visibles.
Conviene ser preciso. No hay sentencia firme que acredite el alcance del fraude, y el propio relato admite que el abstencionista medio nunca se enteraría de que han votado en su nombre. Ese es, justamente, el punto que inquieta: si el suplantado no vota, no mira y no reclama, la trazabilidad del voto por correo depende de que alguien revise papeles que nadie revisa uno a uno. La duda, hoy, es más grande que la prueba.
¿Abstenerse beneficia al PSOE?
Depende de a quién se pregunte, y la respuesta lleva años dividiendo el tablero. Un primer bloque sostiene que no ir a votar es
regalar el voto: cada papeleta no emitida engorda el peso relativo de los grandes partidos y facilita que formaciones minoritarias —independentistas incluidos— alcancen el mínimo de porcentaje que reparte escaños. Bajo esa lógica, la abstención del desencantado acaba trabajando para quien no quería.
El bloque contrario responde con un argumento incómodo: la abstención no cambia los resultados electorales, no tiene ningún efecto sobre la votación. Es un acto mudo, sin representación, y quien se abstiene deja su cuota de poder en manos de los que sí acuden. Ambos diagnósticos parten de un dato que se repite en el debate, la abstención es estable en el tiempo, pero extraen de él conclusiones opuestas. Uno la lee como protesta; el otro, como ruido que nadie contabiliza.
Escaños en Blanco: votar para dejar el escaño vacío
Entre ambos extremos hay una tercera vía que se ha ido haciendo un hueco: votar a una candidatura cuyo único programa es no ocupar el cargo. Escaños en Blanco necesita unos 15.000 votos para dejar un escaño vacío en un parlamento autonómico y fijó su cita en las elecciones del 8 de febrero en Aragón. La formación asegura haber superado en votos a Podemos en Teruel capital, más que duplicándola, y todo ello sin apenas aparición en medios, según su propio relato. También denunció a RTVE por falta de pluralidad, una queja que la Junta Electoral aceptó.
El crecimiento que exhibe es detectable: sus seguidores en YouTube pasaron de 1.800 a casi 3.000; en Twitter, de 8.500 a más de 11.000; en Instagram saltaron de 1.084 a más de 8.000. El mensaje es simple: el voto no tomado no desaparece, se lo queda otro y se lleva el dinero y el poder político que le correspondían.
El recuento y las dudas sin respaldo probatorio
En la parte más agria de la discusión aparece el recuento. Hay quien afirma que los resultados dependen de las máquinas y las empresas que cuentan los votos, se menciona a Indra y se enlaza con las elecciones estadounidenses de 2020, cuando se llegó a proclamar al candidato más votado de la historia mientras el otro, según esa versión, rozaba los 74 millones de votos. Son afirmaciones que se repiten sin respaldo probatorio y que no deben darse por buenas: lo único verificable, admiten incluso quienes las lanzan, es si alguien figura como votante, no qué votó.
Ahí está el núcleo del asunto. Un sistema con lista de firmas, sobres sellados y recuento manual es tan engorroso que cualquier manipulación masiva exige cómplices en cadena. Que sea difícil no significa que sea imposible; significa que la carga de la prueba no puede recaer en un tuit.
La abstención que no mueve nada
El argumento que más incomoda a la épica abstencionista no es moral, es comparativo. En las elecciones locales del Reino Unido la participación se quedó en el 30% y no se hundió ningún sistema. En comicios europeos se han registrado participaciones del 40% o menos sin que cambiaran ni los corruptos ni las políticas. Y a nadie le consta una movilización real de abstencionistas capaz de tumbar un gobierno.
La advertencia histórica también circula: con participación baja, el extremo se cuela por la puerta democrática. Es el viejo fantasma de los años treinta. Y luego está el argumento de principios: si menos de la mitad del censo participa, lo ilegítimo no es votar, es el resultado y el reparto de poder que sale de él.
Con el voto por correo cuestionado, la abstención estable y el fraude sin sentencia firme, la pregunta no es si el sistema falla. Es si alguno de los dos bandos sabe qué hacer cuando falla.