La ocurrencia de «Jesusea» como termómetro de la tensión identitaria
La propuesta de que los católicos funden su propio país en Cisjordania, bautizado como «Jesusea», ha reavivado en ciertos círculos digitales una discusión recurrente: el lugar del catolicismo en la identidad española y europea. Más allá del tono provocador, la idea encierra preguntas incómodas sobre religión, historia y soberanía.
En el origen del debate, un usuario lanza la idea con sarcasmo: que los católicos se trasladen a la zona donde nació Jesucristo, compartan Jerusalén con los judíos y establezcan su capital espiritual en Belén. La propuesta, evidentemente irrealizable, funciona como detonante de posturas encontradas.
Por un lado, hay quien sostiene que el catolicismo ha sido el cimiento de las naciones europeas. Un argumento recurrente es que casi todos los países históricos de Europa fueron fundados por católicos, y que España misma es un proyecto católico. Desde esta perspectiva, la fe no sería un añadido, sino la argamasa de la identidad nacional. Algunos llegaron a plantear la necesidad de «expulsar a moros, judíos y herejes» para recuperar la esencia perdida.
En la otra trinchera, se defiende que la religión católica es una imposición ajena a las tradiciones europeas precristianas. «Las religiones monoteístas semíticas nos son ajenas, impuestas», se argumenta, y se equipara el peso de la Iglesia con el de otras ideologías importadas. El debate se extiende incluso a si el ateísmo es natural en Europa o también llegó de Oriente con el marxismo.
La discusión deriva en ataques personales y descalificaciones, pero el núcleo del asunto sigue siendo la tensión entre quienes ven el catolicismo como seña de identidad y quienes lo consideran un lastre histórico. No hay datos cuantitativos en el intercambio, pero sí un pulso entre dos concepciones de España y Europa.
¿Hay espacio para la convivencia o es una fractura insoluble?
El tono del intercambio revela que, a día de hoy, la cuestión religiosa sigue siendo un campo de minas. Mientras unos defienden la tolerancia y la evolución de la Iglesia hacia posiciones más abiertas, otros exigen una laicidad radical que borre cualquier vestigio confesional. La ocurrencia de un Estado católico en Tierra Santa no es más que el reflejo de una incomodidad profunda: la imposibilidad de imaginar una identidad común que integre a creyentes, agnósticos y ateos sin que unos se sientan secuestrados por la historia de los otros.
Al final, el debate se atasca en la misma pregunta de siempre: ¿qué significa ser español (o europeo) y cuánto pesan en esa definición los 15 siglos de cristianismo? La respuesta sigue sin consenso, y propuestas como «Jesusea» solo sirven para subir la temperatura de una conversación que no encuentra salida.