Los comunistas rusos llaman «guerra» a Ucrania y exigen movilización general
En Rusia, llamar «guerra» a lo que ocurre en Ucrania está prohibido. Se llama operación militar especial, y punto. Hasta que el líder del Partido Comunista,
Gennadi Ziuganov, subió a la tribuna de la Duma Estatal y soltó la palabra maldita. «¿En qué se diferencia una operación militar especial de una guerra?», preguntó a los diputados. «Se puede detener la operación militar en cualquier momento. No puedes detener la guerra, termina en victoria o derrota».
El detonante fue la ofensiva ucraniana de Járkov, que obligó a Rusia a abandonar casi toda esa región. Con el tabú roto, la segunda formación política del país pidió lo que nadie se atrevía a formular en voz alta:
movilización total. «Hay una guerra y no tenemos derecho a perderla», dijo ante la cámara baja. «No hay que asustarse. Necesitamos una movilización completa del país, necesitamos leyes completamente diferentes».
El mensaje lleva firma comunista, pero el cálculo es de Estado. Y ahí empieza el problema.
De la carta de reclutamiento al frente de verdad
Movilizar a un millón de hombres es fácil, sobre el papel. La objeción más repetida al anuncio de Ziuganov no es ideológica ni patriótica, es logística. Reclutar se resuelve enviando una carta y fijando una fecha. Lo difícil llega después:
equipar, armar, mover, alimentar y alojar a esa masa. El razonamiento que circula lo resume con retranca: se manda la carta, ya están movilizados, y a partir de ahí comienza lo verdaderamente caro.
La consecuencia práctica es incómoda para el relato oficial. La pregunta no es cuántos hombres puede alistar Rusia, sino cuántos puede sostener en un frente activo. Hay quien sostiene que sumar
300.000 o 400.000 soldados de infantería a los que ya están desplegados no acelera una victoria: solo engorda la lista de bajas.
¿Cuántos soldados más puede sostener Rusia en el frente?
Nadie da una cifra cerrada, y esa es justamente la señal. Los escenarios que se manejan van de los
300.000 infantes a los
dos millones de efectivos. Una horquilla tan ancha delata improvisación, no un plan. Y cuando se improvisa en una guerra, se pierde.
La lista de requisitos es tan larga como previsible: aviones, artillería, tanques operativos, munición. Los aviones, se sostiene, Rusia prefiere guardarlos. De los tanques se duda de cuántos quedan realmente en condiciones. La artillería, sin precisión, sirve para hacer ruido. Con ese inventario, mandar más gente al frente no cambia la ecuación: la complica.
La «marcha verde»: cruzar la frontera a pie en masa
Cuando falta material, alguien propone sustituirlo por volumen humano. La idea más comentada es la de una
«marcha verde»: que decenas de millones de rusos crucen la frontera norte de Ucrania y desborden al ejército contrario por puro número. El análisis la desmonta sola. Sin tanques, aviones ni artillería de apoyo, una marea humana no ocupa territorio: se convierte en objetivo.
La comparación que reaparece una y otra vez es incómoda. Esto se parece menos a una guerra del siglo XXI y más a
la Primera Guerra Mundial. Trincheras, desgaste y cifras de bajas propias de otro siglo. Con la
OTAN entrenando, armando y compartiendo inteligencia con Ucrania, la masa deja de ser ventaja y pasa a ser un pasivo.
El coste humano y económico que no sale en televisión
Hay un ángulo que el anuncio esconde: quién acaba en primera línea. La sospecha recurrente es que los primeros en ser enviados al frente no serán los propios comunistas que piden la movilización ni sus hijos. Y hay un segundo coste, más silencioso: los empleos que dejan quienes se incorporan a filas. Si los movilizados salen de sectores necesarios para la economía, la movilización se come a sí misma.
Sobre el fondo ideológico, la lectura más fría es que los comunistas rusos son rusos antes que comunistas. Ziuganov no habla para recuperar el Soviet, habla para que Rusia no pierda. Que el partido que un día enterró a los zares sea hoy el que pide la guerra total tiene su ironía. También tiene su lógica: quien grita más alto en tiempos de derrota suele acabar mejor colocado cuando toque repartir culpas.
¿Existe una salida negociada al conflicto?
Hay quien pone sobre la mesa un escenario de manual: una suerte de
paz de Praga que congele el frente. Putin dejaría el mando, algo que ese análisis da casi por hecho, y Rusia volvería al
statu quo de 2014, con concesiones federales a las regiones de Donbás y Lugansk. No es lo que pide Ziuganov, que habla de victoria o derrota sin término medio. Es, precisamente, lo que le contradice.
El detalle que más se repite es el equilibrio interno del poder ruso. Ziuganov aparecía siempre como el radical; a su lado, Putin pasa por moderado. La duda no es si Putin cae, sino quién viene después y con qué temple. Esa incógnita importa a Europa más que el propio frente.
Rusia puede llamar a un millón de hombres a filas con un decreto. Lo que no puede es fabricar un millón de fusiles, de raciones y de camiones la semana siguiente. ¿Se gana una guerra sin eso? Ziuganov sostiene que hay que intentarlo ya. El frente, de momento, no opina.