Finlandia castiga a Sanna Marin y gira a la derecha
¿Por qué pierde unas elecciones la primera ministra mejor valorada de Europa? Sanna Marin llegó a las legislativas finlandesas con un
60-65% de aprobación y las perdió. La conservadora Coalición Nacional se impuso, los socialdemócratas cayeron al tercer puesto —la ultraderecha les superó por unas décimas y
tres escaños— y el país cambia de gobierno. Finlandia se suma así a la lista de países donde la economía pesa más que cualquier relato.
Qué pasó en las elecciones legislativas finlandesas
El resultado fue de foto finish. La Coalición Nacional se llevó el
20,8% de los votos; la ultraderecha, el 20,1%, y los socialdemócratas de Marin, el 19,9%. Apenas unas décimas separaron al segundo del tercero. Una cuarta formación de corte liberal se quedó en el 11,3%, y el sistema finlandés,
prácticamente cien por cien proporcional, convirtió esa diferencia mínima en un vuelco de escaños considerable.
El trasvase fue notable. Los conservadores ganaron
diez asientos y la ultraderecha, siete. Los socialdemócratas, pese a perder el gobierno, sumaron tres. Quienes se hundieron fueron los socios del ejecutivo saliente: el partido de centro perdió ocho escaños y los verdes, siete; otra formación situada a su izquierda, cinco. La suma de conservadores y ultraderecha, con
94 asientos, dejaba abierta la posibilidad de pactar con los liberales para alcanzar la mayoría.
Marin no se fue con las manos vacías: subió en votos y en escaños. El problema le vino de fuera. Sus socios de coalición se desinflaron y los dos partidos a su derecha crecieron más.
¿Por qué perdió Sanna Marin si tenía un 60-65% de aprobación?
La paradoja finlandesa tiene explicación. La primera ministra socialdemócrata llegó a las urnas con una valoración personal enorme, sostenida por tres factores: la guerra de Ucrania, la amenaza rusa y el éxito de haber metido al país en la OTAN. Ese combo la convirtió en figura internacional.
Pero se vota con la cartera, no con la geopolítica. La campaña giró en torno a la economía, la
inflación y el
endeudamiento público. En los países nórdicos, el nivel de deuda del Estado es un asunto de primer orden, no un tecnicismo de despacho. La factura doméstica acabó pesando más que la foto exterior. Hay una lectura casi mecánica de lo ocurrido: la ciudadanía aprobaba el giro atlantista, el giro se ejecutó, la economía se resintió por ese nuevo encaje y el electorado pasó la cuenta en la siguiente cita con las urnas.
Finlandia y la OTAN: el asunto que llegó cerrado a las urnas
Uno de los ejes del debate fue la OTAN, y con un matiz importante: cuando se votó, la decisión ya estaba tomada. La entrada de Finlandia en la Alianza era un hecho desde unos días antes, con el voto favorable de Turquía. Solo
ocho diputados votaron en contra y otros tres no acudieron. El grueso del arco parlamentario respaldó la adhesión.
Petteri Orpo, el ganador de las elecciones, dijo que su prioridad era la integración en la OTAN. Llegaba tarde a su propia prioridad. Con el asunto ya atado, el nuevo gobierno tendrá que centrarse en lo que está por venir y no en lo que ya está hecho. La disyuntiva sobre la Alianza era agua pasada, cerrada por el ejecutivo saliente.
El desgaste de la residencia oficial
A la factura económica se sumó el desgaste de imagen. La residencia oficial de los jefes de Gobierno finlandeses,
Kesäranta, fue escenario de una polémica después de que se difundiera en redes sociales una imagen subida de tono de dos amigas de la primera ministra. En la fotografía, difundida a través de TikTok, aparecían dos mujeres besándose con el torso casi desnudo y ocultando sus pechos con un cartel donde se leía «Finlandia», con un fondo azul similar al de las ruedas de prensa oficiales.
El episodio alimentó el relato del deterioro de la figura pública de Marin, aunque su impacto electoral real es discutible: la líder socialdemócrata subió en votos y en escaños. La polémica quedó como ruido de fondo.
La lectura estructural: el cambio de gobierno que no cambia nada
Más allá del resultado, una parte del análisis deslizó una tesis más amplia: que el cambio de gobierno finlandés no alteraría el fondo. La idea, recurrente, sostiene que todos los partidos relevantes —conservadores incluidos— comparten el mismo encaje internacional y que la alternancia es cosmética. En la nueva cámara, todos los grupos salvo uno se declaraban pro-OTAN.
Otra corriente pone el foco en el reparto de poder real y en el peso que atribuye a los fondos de inversión, la banca y los grandes medios sobre los partidos occidentales. Desde ahí, la conclusión es que votar cada cuatro años no cambia las reglas del juego, sino solo a los actores. La abstención, en esa lectura, sería el único gesto con sentido.
Y una última lectura ve en el giro finlandés un castigo a quien había apostado por el alineamiento. El país había mantenido una posición neutral durante décadas, con empresas que vendían en Rusia y acceso a energía barata. Ahora ni vende en Rusia ni consigue energía barata, y tendrá que invertir en armamento.
Al final, la lección finlandesa es la de siempre: se puede ganar el relato internacional, salir en todas las portadas y tener una valoración personal de récord. Y aun así perder el gobierno por culpa del recibo de la luz.