El doble rasero ante la violencia política
¿Es lo mismo matar a un propagandista en un restaurante de San Petersburgo que pegarle un tiro en la nuca a un guardia civil en España? La muerte del bloguero prorruso Vladlen Tatarsky en un local de la ciudad rusa, con
16 heridos además del fallecido, ha reabierto una discusión que lleva años enquistada: la de quién tiene derecho a decidir qué atentado es condenable y cuál se puede justificar. La explosión, ocurrida en un establecimiento, ha servido para que distintas corrientes de opinión muestren sus cartas.
Qué pasó en el restaurante de San Petersburgo
El bloguero había participado en el acto de anexión de los territorios ucranianos ocupados en septiembre del año anterior, donde pronunció una frase que ahora circula por todas partes:
«Venceremos a todos, mataremos a todos, robaremos a todos los que haga falta». El artefacto explosivo estalló en un local lleno de gente. No fue, insisten algunas voces, un atentado indiscriminado: había un objetivo concreto y quienes estaban allí, se argumenta, no eran ajenos al personaje ni a su causa.
Ese razonamiento —que un objetivo justifica los daños colaterales— es exactamente el que se ha utilizado históricamente para justificar atentados etarras. Un guardia civil no era un civil cualquiera, decían; era un objetivo. La simetría no se le escapa a nadie que haya seguido el asunto con un mínimo de atención.
La comparación con ETA que divide a unos y otros
El paralelismo con la banda terrorista española se ha convertido en el eje del enfrentamiento. Hay quien sostiene que la comparación es tramposa: Ucrania es un Estado independiente invadido por otro, mientras que el País Vasco nunca fue territorio ocupado. La diferencia de contexto, argumentan, invalida cualquier analogía. Otros responden que el terrorismo es terrorismo lo haga quien lo haga, y que en conflictos armados es un arma habitual del contendiente más débil.
La discusión deriva rápidamente hacia el terreno de la hipocresía. Se señala que quienes ahora justifican la explosión ponían cara compungida ante los atentados de Hipercor o de ETA, cuando en realidad —se dice— les daba igual. La misma gente que exigía condena para unos, busca ahora coartadas para otros. Las caretas, repiten, se han caído.
El precedente de Dugin y la memoria selectiva
No es la primera vez. El asesinato de la hija de Alexander Dugin ya sirvió de ensayo general. Entonces, como ahora, se discutió si el objetivo era legítimo, si los daños colaterales eran aceptables y si la autoría —atribuida al servicio secreto ucraniano según algunos mensajes— cambiaba algo. La ofensiva rusa no se detuvo por aquel atentado, señalan algunos. Este tampoco lo hará.
La memoria, sin embargo, es selectiva. Hay quien recuerda a comentaristas jaleando a unidades chechenas famosas por violar y masacrar población civil, o justificando la muerte de una gimnasta de once años. Esas cosas, dicen, no se olvidan. El listón moral se aplica con distinta altura según quién mate.
Qué dicen los datos y qué dicen las tripas
En el terreno factual, lo que hay es un muerto y dieciséis heridos. Un artefacto explosivo en un local con público. Un objetivo que había pedido públicamente matar y robar a quien hiciera falta. Y una autoría que, a la fecha de esta discusión, no había sido reivindicada formalmente por nadie.
El resto es interpretación. La pregunta de fondo —si un objetivo legítimo convierte en aceptable un atentado con daños colaterales— no tiene respuesta técnica. Tiene respuesta política, y cada cual elige la suya según de qué lado cree que está la razón. Lo que sí queda claro es que el doble rasero funciona en ambas direcciones: los mismos que hoy justifican, ayer condenaban, y viceversa.
Al final, la única conclusión honesta es que nadie quiere mirarse en el espejo. Porque el espejo, según cómo se incline, devuelve la imagen de un terrorista o la de un luchador por la libertad. Y eso, queridos lectores, depende enteramente de quién tenga la pluma.