Dos semanas y decenas de solicitudes: ninguna oferta con 23 años
El reportaje se publica con dos cifras que no encajan entre sí. Sostiene que España cerró 2023 con una tasa de paro juvenil del
28,36% —casi medio millón de jóvenes de 16 a 24 años— y, unos párrafos después, afirma que el país tiene el paro juvenil más alto de Europa, un
11,3%. Mismo concepto, dos porcentajes, y ni una línea que explique la diferencia. Sobre ese suelo movedizo se levanta el experimento: una periodista de 23 años, con tres días de camarera en un festival y unos meses de redacción, se lanza a buscar empleo en Madrid durante dos semanas para comprobar si los jóvenes no quieren trabajar o no pueden.
El resultado no sorprende a nadie que haya enviado currículums últimamente.
Rechazo tras rechazo.Qué encontró tras dos semanas de solicitudes
El currículum era corto: tres días como camarera en un festival de música y los meses trabajando como periodista. Desde ahí, LinkedIn para todo lo relacionado con periodismo y comunicación audiovisual, y después la ronda de siempre: dependienta en una gran multinacional de ropa —todas las tiendas de Madrid, a tiempo completo—, tiendas deportivas, grandes almacenes, librerías, supermercados, cajera, reponedora, comida rápida y una ronda final en una empresa de recursos humanos para puestos de azafata comercial y acompañante de rutas escolares.
Las respuestas llegaron en dos días. «Antes que nada, muchas gracias por tu interés en trabajar con nosotros», y a continuación que el perfil no se ajusta. La única puerta que se abrió fue una sesión informativa de unos grandes almacenes:
unas 50 personas en una sala, vídeo corporativo, formulario con datos y disponibilidad, test psicotécnico. Una semana después de aquello, nada.
¿Por qué rechazan a una candidata que ya tiene trabajo?
Aquí aparece el argumento menos sentimental y más incómodo. En términos de selección, el perfil juega en contra por dos vías: poca experiencia —tres días de camarera no resisten ninguna criba— y un contrato ya activo, lo que convierte cada proceso en un coste para la empresa. Los procesos de selección son largos, caros y consumen tiempo y recursos, y nadie los abre a alguien que no necesita el puesto. Quien más lo simplifica lo dice así: pocos se arriesgan a contratar a una candidata con tres días de experiencia de camarera.
Frente a eso, la explicación más repetida es de manual: pocas oportunidades y mucha demanda producen malas condiciones, y un joven al que no le compensa aceptarlas se queda en casa de sus padres. De ahí sale la tesis de la generación infantilizada, con una lectura incómoda: no es que no quiera trabajar, es que no quiere trabajar por lo que se paga.
El mercado que sí tiene vacantes: construcción, oficios y almacén
Existe un relato alternativo, y también trae números. Faltan camioneros, mozos de almacén, carretilleros, fontaneros, electricistas, carpinteros, cuidadores de ancianos, limpieza y jardineros. La construcción, según esta versión, coge peones al momento, y quien es espabilado pasa a albañil a los seis meses y a maestro en dos o tres años, con algo más de
2.000 euros brutos; por cuenta propia, con clientes propios, se habla de 3.000 a 5.000 euros, siempre con el riesgo de las épocas sin trabajo y de los clientes que no pagan.
La objeción llega por el lado de los requisitos y del salario. Varios de esos oficios exigen título, tarjeta profesional y formación presencial, no un curso exprés de fin de semana; y en limpieza, cuidado de mayores o jardinería abundan las subcontratas con sueldos bajos. Es decir: hay vacantes y hay condiciones que mantienen esas vacantes vacías.
Dos semanas de búsqueda no son un año de paro
El reproche más justo al experimento es su duración. Dos semanas es el tiempo que tarda el mercado en decirte que no, no el tiempo que tarda en decirte que sí. El calendario pesa: en verano o en campaña de Navidad entran contratos temporales que en octubre no existen. Si el objetivo era demostrar algo, había que aguantar tres meses.
Y hay un reproche simétrico. Una periodista de 23 años con un puesto en una redacción nacional no es el mejor termómetro del paro juvenil: su caso mide el mercado de entrada en Madrid, una de las regiones con menos paro del país. En provincias y en la España vaciada la búsqueda es otra cosa. No es que te rechacen, es que no hay nada a lo que apuntarse.
El sueldo que se quedaba en el 30% del alquiler
La comparación generacional es la que más duele. Hace tres décadas, un trabajo de poca monta pagaba en torno a
90.000 pesetas —unos 560 euros— y un piso normalito de dos habitaciones costaba 30.000 pesetas, unos 180 euros. El
alquiler se comía menos de un tercio del sueldo. El menú del día, 500 pesetas; el litro de gasolina, 80.
Hoy la queja no es solo el sueldo: es la vivienda. Sin trabajo y sin acceso a un techo, la ecuación se cierra sola y la bronca intergeneracional se retroalimenta. Unos sostienen que la culpa es de quienes tragan; otros, que los que ya están dentro se limitan a proteger lo suyo. Y una parte de la conversación deriva hacia la inmigración y el dumping salarial, con afirmaciones que se repiten sin datos que las sostengan.
¿Cuántas semanas de búsqueda harían falta para distinguir una queja de un diagnóstico?